martes, 10 de octubre de 2017

Y efectivamente, cuando cayó la noche, Tebas se sumió en un inmenso silencio conforme las huestes de Faraon salían por las grandes puertas en pos del caudal del Nilo, donde comenzarían a hacer sus ofrendas y celebrarían el descanso en la muerte de sus seres queridos, empezando por el propio monarca egipcio, quien debía su corona a la muerte de su padre no hacía más de un año. Prácticamente era aún un novato a pesar de tener edad más que suficiente para ser Faraon. Hor era su nombre, en honor a Horus. Un hombre enorme, de piel morena y cabellos largos, oscuros, ondulados. Sus ojos eran fieros como los de un león y tal era su sonrisa. No era extraño, por tanto, que de vez en cuando escaparan de palacios algunos cuchicheos que lo calificaban de "hermoso", aunque de ello poco o nada sabía Rash, que había dejado a su caballo atado en una caballeriza y deambulaba por las sombrías calles nocturnas de la inmensa capital. La ausencia casi total de personal era algo abrumador. El muchacho se cuestionó si merecía la pena por una simple festividad. Los menos favorecidos tenían la total y absoluta facilidad para entrar en domicilios ajenos a robar. Incluso podría robar al propio Faraón si así lo quisiera el propio Rash, pero por fortuna para ese grandullón, el Medjay no era en absoluto de esa clase de personas. Deambuló pues durante largos minutos, observando las casas como otras veces había hecho. Se permitió asomarse al interior de alguna sólo para ver cómo estaba distribuida y cómo se respiraba el ambiente familiar que, en el fondo, él anhelaba. Estaba cansado, en sus 30 años, de cabalgar, cruzar mares de arena y manejar el khopesh y el arco como modo de vida. Se maldecía a sí mismo y en ocasiones a los dioses, aunque fuese entre dientes por si así no le oían, por ser el hijo del jefe de la tribu Medjay. Estaba seguro de que si fuese hijo de Ator, Ahotep o Inharut no tendría por qué haber soportado un incansable entrenamiento día tras día. Suspiró y sacó la cabeza de aquella casa de clase media egipcia para seguir con su paseo nocturno. El silencio era abrumador y eso que no era total y absoluto. Aún si afinaba el oido podía oir lejanas pisadas de alguna pequeña patrulla que había quedado para proteger las calles y por supuesto, quedarían soldados en el hogar de Faraón para que no ocurriese tropelía alguna. Por otra parte, algo que también creyó oir, eran unas lejanas voces, muy, muy lejanas. Tan atenuadas eran que tuvo que escalar hasta los tejados de aquellas casas de clase media y prestar atención. Voces, risas... había gente ¿Pero quién? Los únicos que no habrían acudido son los soldados designados y aquellos que no comparten sus costumbres: hebreos ¿Pero y esas risas? Rash sabía la clase de vida que llevaban esas pobres almas. Esclavos, poco más, simples trabajadores, herramientas... ¿Y tenían ganas de reir? El muchacho sintió curiosidad de a qué venía semejante templaza en aquellos afligidos corazones. Sonrió y de salto en salto, fue cambiando de tejados rumbo a las viviendas hebreas, donde debía de encontrar el motivo de aquel buen humor.

Mientras tanto, en la casa de Jeziel, tal y como se había acordado, comenzaron a aglomerarse las distintas familias a las que podía invitar, mientras otras se reunían en otras y así, hasta que aquella noche ningún esclavo la pasaría solo. A Jeziel le hacía compañía su esposa Maryam y sus hijos Saul y Abel. Las risas en esa casa provenían precisamente de un efusivo saludo que Ishmael y Jeziel se permitieron, con un fraternal abrazo alegre como nunca pensaron que volverían a darse. Un día casi libres de trabajos. Casi ni recordaban los mordiscos del látigo en ese momento. Después de Ishmael, que acudía con Shira y Hadassa junto al pequeño Haim, llegaron un par de familias más que cabrían en la mesa para hablar, reir y dar gracias al cielo -Parece ser que vamos a estar algo justos de espacio- rió Jeziel -Espero que no os importe. Lo lamento-
-Oh, amigo mío, hermano mío, de verdad que no tienes nada que lamentar- sonrió Ishmael -Estamos de verdad muy agradecidos por tu hospitalidad, en esta noche de celebración familiar con nuestro señor-
-Amén- dijo Isaac, el cabeza de familia de otra de las familias
-Hemos traido cerveza, recién hecha de hoy mismo- añadió Ishmael señalando con el brazo hacia su esposa, que amable y sonriente depositó un enorme jarro sobre la mesa sobre la que se reunían
-Alabado sea- palmeó Ada, la esposa de Jeziel -Con los nervios se me pasó por completo hacer un poco- era una mujer aproximádamente de la edad de Shira y a pesar de eso, ya tenía arrugas en el rostro y canas sueltas por su hermoso cabello castaño. Era una sufridora, de las de verdad. Su hija Judit estaba enferma y aunque nadie hablaba de ello, las miradas que se depositaban en la joven, unos años mayor que Haim, eran tristes como una noche sin estrellas. A pesar de su edad apenas se movía, macilenta, como un gran trozo de ceniza sentada junto a su madre. Sonreía sin embargo, quizá inconsciente del castigo que Dios había dejado caer sobre ella por razón ninguna aparentemente. Shira quizá se sintió empática porque no tardó en restar importancia. Haría toda la que hiciese falta. Eran una comunidad que debían protegerse mutuamente, porque si algo estaba claro es que nadie más, salvo Elohim, lo haría. La más cruda de las verdades era, sin embargo, que en el silencio tenebroso que habita en el corazón de todo ser humano, había muchísimas dudas sobre la veracidad de la benevolencia de Dios y si habían sido abandonados a su suerte bajo la sombra de los falsos dioses egipcios
-En serio, Shira. De verdad, muchas gracias-
-Nosotros hemos molido el grano y traemos algo de pan. Unas gachas bien ricas- dijo la mujer de Isaac
-Por nuestra parte lo que hemos traido son sillas y otra mesa, de nuestra casa- dijo avergonzado Jeremía, el último en llegar con su esposa y tres hijos revoltosos -Para que haya espacio y... eso. También hemos traido pan-
-Sois todos fantásticos. Por favor, dejad de anunciar vuestras ofrendas, que no estáis aquí para eso. Hemos venido a celebrar este día, para rezar por los que ya no están y por nosotros, por nuestra salud y nuestra seguridad- el ambiente comenzó a relajarse y a hacerse jovial mientras unos se miraban a los otros con total comodidad, en armonía -Demosle las gracias a Él-

Mientras tanto, en el exterior, una sombra se extendía sobre el quicio de uno de los ventanucos. Oía las voces, las risas, las conversaciones, los rezos y las alabanzas. Rash no compartía su religión y estaba completamente convencido de que el dios hebreo no existía. De por sí, no era excesivamente devoto a sus propios dioses ya que siempre permanecían callados y ajenos a todo, pero ¿Un sólo dios que se ha ocupado de crearlo todo, de dar forma a todo y puede ocuparse de todo sin nada más? Rash lo negó por completo ¿Qué clase de dios disfrutaría de la soledad, cuando todo lo que sabe hacer es crear y destruir? Ambos conceptos son sólo divertidos cuando lo hacías en compañía, o esa era el pensamiento del medjay. Aún así, permanecía callado y en la oscuridad, amparado por la misma, atendiendo a las distintas costumbres del pueblo esclavo a las egipcias en cuestión de celebraciones. Hasta cantaban canciones a su dios. Rash llegó un poco a la conclusión de que si él fuera el dios de ese pueblo hebreo, le satisfacería que le cantasen canciones tan alegres y hermosas -Eres un cabronazo retorcido si no tienes intención de mover un dedo por esta gente- musitó echando un vistazo al gigantesco cielo estrellado -Nut... si el dios hebreo de verdad está ahí arriba, dile eso de mi parte- suspiró. Estuvo por apartarse de la ventana y marcharse, desanimado sólo por la idea de que no había experimentado nunca reuniones en comunidad de esa índole, en la que parecía haber buena voluntad y diversión inocente, por el mero hecho de disfrutar. Una presencia repentina fue la que impidió a Rash marcharse. Un aleteo inesperado casi lo sobresaltó, cuando alzó la cabeza para ver que ese miserable halcón acosador estaba en el techo de la casa de los esclavos, mirándole con suma curiosidad -¿Qué demonios haces aquí?- le masculló Rash al pájaro -¡Vete, largo!- el halcón ladeó la cabeza -Eso, lo que te digo. Lárgate de aquí. Vuela a tu casa- el ave castañeó el pico y lo miró atentamente -Mucho me temo que no eres consciente de tu situación. No me hagas echar mano del arco, rata voladora- le lanzó una piedrecita del suelo, que surcó el viento a gran velocidad pero le pasó de largo al pájaro. No tenía intención de herirle, realmente. El ave, aún así, se asustó y abrió las alas. Rash se sintió victorioso -Eso es, eso es. Vete, venga- tomó el arco y una flecha del carcaj y le apuntó, victorioso -Ra, Horus... patrañas. Simplemente eres un pájaro al que le gusta tocar las pelotas, pero no a mí- sonrió -¿Quién es el dios aquí, estúpido animal?- de pronto sintió el impacto pegajoso y blancuzco, el restallido de las heces del ave que se le había estampado por completo en la frente -¡Serás...!- le estaba costando mucho, demasiado, contener el tono de voz para no alarmar a nadie. Afortunadamente la animada charla en el interior de la casa prevenía el hecho de que fuese oido. El halcón de nuevo aterrizó con gracia sobre el tejado de la casasucha, donde se dedicó, nuevamente, a examinar al medjay. Rash trató de limpiarse pero no lo consiguió, no del todo al menos. Se quitó la inmundicia suficiente para que no le chorreara por la cara y miró al animal, esta vez sorprendido. La inteligencia que denotaba su mirada era colosal. Juraría que realmente era más listo que él mismo. Sin embargo, también apretó la mandíbula. Si no fuera porque era un estúpido pájaro, pensaría que con esa mirada ligeramente encogida y la forma de su pico de frente, se estaba desternillando a su costa, burlesco -Ahora sí que sí...- apuntó con la flecha y disparó. Una vez más, sus verdaderas intenciones no eran herir al ave, de forma que la flecha pasó silvando junto al plumaje del animal que se mantuvo quieto como una estatua, sin espantarse. Sólo miraba distraidamente de un lado a otro y castañeaba el pico -Oh... ¡Oh, jo, jo, jo! Eso sí que no ¿Ahora me ignoras? ¿Quién te crees que eres? ¿Maat?- soltó el carcaj, el arco y el khopesh en una esquina ensombrecida, oculto -Muy bien, mano a mano. Te reto, maldito pájaro. Sigue ignorándome, que voy a por ti- con sumo cuidado, Rash comenzó a trepar por la fachada de la casucha y trepó lentamente para no hacer ruido. Cuando llegó al tejado, el halcón estaba allí, moviendo las plumas de la cola con gracia y acicalándose las plumas de las alas como todo un faraón -Eso es... eso es... quieto...- un paso, dos, tres... le faltaba uno sólo para poder cogerlo. Estaba distraido y se aprovecharía. Una vez en sus garras, serviría para un riquísimo estofado. O eso pensaba, el iluso de Rajay. Cuando lanzó las manos hacia el ave éste abrió las alas y revoloteó con furia, gruñendo y graznando con enfado al rededor de Rash. El remolino de plumas y los arañazos ocasionados por las garras del halcón le hicieron perder conciencia del espacio y terminó resvalando. Gritó al sentir que caía. Un gran impacto contra el suelo embarrado. Rajay sentía lentamente cómo iba perdiendo la capacidad de ver con claridad. Se le aguaban y emborronaban, perdía la consciencia por el golpe. Sin embargo, juraría ante un tribunal de dioses, que ese halcón seguía allí, sobre el techo de la casa, observándole con ojos burlescos y divertidos.

-¿Chico? ¿Estás bien?- la voz sonaba hueca, reverberaba en su cabeza de forma dolorosa. Cuando abrió los ojos, se encontró rodeado por un grupo de personas. Los más próximos a él, eran cuatro hombres -¿Me oyes?- preguntaba Ishmael
-El pájaro... el pájaro maldito...- musitó
-¿Qué dice? ¿Está ebrio?- preguntó Isaac
-No huele a alcohol- señaló Ishmael
-Qué más da. Dejemosle ahí. Él sabrá lo que se hace- gruñó Jeziel
-¿Hablas con la verdad de tu corazón, Jeziel? ¿Dejarás al herido a su suerte? ¿Al juicio de los buitres?- preguntó Ishmael
-¿Qué buitres, Ishmael? Son altas horas de la noche y como mucho le dará un buen aguijonazo un escorpión incapaz de matar ni a una mosca. Es uno más de ellos ¿No lo ves? Es egipcio ¡Mira esa placa!- señaló a un brazalete que llevaba Rajay en el biceps izquierdo, dorado, con el emblema de Horus grabado en el mismo con sumo cuidado. Manos expertas hicieron ese brazalete, no un hebreo cualquiera. Obra de gente cercana al Faraón
-¿Un miembro de la guardia?- Ishmael se rascó la barba -No tiene pinta. Además no va vestido como los demás y no lleva su arma con él...-
-Volvamos adentro- terció Jeziel
-Jeziel por favor- suplicó Isaac -No podemos dejarle aquí-
-Elohim espera de nosotros humildad y ayuda al desfavorecido- suspiró Ishmael
-¿Llamas desfavorecido a un egipcio? ¿Tú, Ishmael?- Jeziel empezaba a montar en cólera -¿Es que acaso vas a echarte atrás?- aquella pregunta llamó la atención de Shira ¿Echarse atrás? ¿A qué se refería?
-Jeziel- corrigió velozmente Ishmael -No- dijo simplemente -Pero a este muchacho le ha ocurrido algo y no deberíamos dejarle a la interperie. Que entre, si me lo permites como buen amigo. Que beba de mi cerveza. Que se reponga y entonces se marche-
-¿Ninguno piensa en la posibilidad de que sea un plan de Faraón? ¿Un espía para ver si llevamos acabo, a su juicio, rituales herejes a nuestro falso Dios?- apretó los puños
-Que vea con sus ojos pues, que somos distintos a ellos, de ser así- sentenció el esposo de Shira
-Bah, haced lo que queráis, maldición...- blasfemó el hombre entrando en su casa, mientras Ishmael e Isaac ayudaban a Rash a ponerse en pie
-¿Puedes andar? ... ¿Y qué tienes en la frente, hijo mío?- se cuestionó alzando las cejas
-Ese... maldito pájaro...- murmuraba trastornado con la mirada perdida -Se burla de mí. Se burla de ti, se burla de todos...- finalmente Rash miró a los ojos a Ishmael, ensombrecido, como un loco -Me ha cagado en la cara, buen señor. Ese pájaro debe morir- hubo un instante de silencio
-...Ya. Pasa, chico, tómate algo y espabila. Te has debido de dar un buen golpe-

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