domingo, 15 de octubre de 2017

Conforme el caballo galopaba a toda prisa a través de las pesadas dunas del desierto, los recuerdos recientes de Shira se apelotonaban en su mente cada vez de forma más clara. Todo había ocurrido tan deprisa, que se hacía demasiado difícil de procesar. ¿Cómo y de qué manera habían llegado a aquella situación? La imagen de su esposo con rostro descompuesto, la cara de horror de Hadassa, el bebé... Shira no pudo soportarlo y gritó. No podía contener el llanto ni podía frenar el de Haim. -Ishamel... tengo... tengo que ir... Ishamel está allí- murmuró entre lágrimas. El Medjay se negó rotundamente. No pensaba parar la carrera. Si volvían, los matarían a los tres. -Pero... Ishamel...- El silencio del hombre que la ayudaba a escapar, denotaba más significado que cualquier otra palabra que pudiese decir. -No... ¡No!- Shira abrazó a Haim, ocultando su cabeza en su pecho, totalmente desconsolada. Rajay sintió la situación, pero advirtió que al menos ellos habían tenido suerte. Shira no dijo nada al respecto. No sabía qué decir ni mucho menos que pensar. No podía hablar. Estaba tan destrozada... que de estar sola se hubiese echado a las arenas. Pero debía mantenerse, con Haim en brazos y aquel hombre herido... que no sabía aún por qué la había ayudado. Se permitió echar una mirada atrás y lo que contempló fue los exteriores de Tebas en llamas. Una nube de humo negro se extendía hasta ser casi indistinguible en la oscuridad de la noche, mientras que a pie del Nilo, el fuego se comía todos los recuerdos, las promesas, los sacrificios y las vidas que allí antes habitaban. La imagen era desoladora y no incitaba a otra cosa que preguntarse ¿Por qué? ¿Por qué había ocurrido aquello? Shira cerró los ojos y bajó el rostro. Lo había perdido todo.

La carrera continuó durante una hora más hasta que la arena se sintió densa al galope. La montura fue perdiendo velocidad poco a poco, hasta que, sin que pudiesen evitarlo, Rajay, Shira y el niño cayeron del caballo cuando éste se arrojó al suelo. El Medjay maldijo la caída, pero con un alarido que no parecía emerger de un solo golpe. Agarrándose el brazo, comprobó que la mujer y el crío estuviesen bien. Shira había caído de espaldas por su propia voluntad, pues tuvo reflejos para ladearse y que Haim cayese sobre ella en vez de al contrario, por lo que el golpe, no había causado ningún estrago. -¿Que pasa? ¿Por qué se ha caído?- quiso saber. Rajay no dijo nada, sólo comprobó que, tal y como sospechaba, el animal tenía herida las patas traseras. Había recibido varios flechazos y no podía aguantar más. -¿Está... está sufriendo?- La montura se quejaba, se retorcía sin aliento. Había corrido a toda velocidad, soportando el dolor, sobrepasando su límite. Rajay suspiró. No podían hacer nada. Sin previo aviso, tomó su khopesh y le asestó un tajo en el cuello al animal, que se desangró rápido y dejó de sufrir a la misma par. Haim había dejado de llorar. Contemplaba la escena tan asustado como Shira, en silencio. -Tú... tú también estás herido- señaló esta última al contemplar varias heridas a las espaldas del hombre. Sin lugar a duda, las había recibido durante la huida. Al estar sentando en el caballo a las espaldas de ella, él había recibido todas las flechas que habían enviado para los tres. -¿Estás bien?- Rajay asintió, empapado en sudor y con rostro preocupado. Tendió la mano a la mujer para que ésta se pusiera en pie, a la par que afirmaban que debían continuar el camino a pie. -Pero... ¿A donde vamos?- A su poblado. Shira no dijo nada. Podría haber preguntando por qué, incluso haber temido del sitio al que la llevaba, pero. ¿Por que lo haría? Estaba sola, sin un lugar al que ir, sin un hombre que la guiase.  Rajay advirtió que debían darse prisa y aprovechar la noche. Cuando llegase el día, el sol no tendría clemencia con ellos. Por ello, dejando el cuerpo del animal atrás, continuaron con el camino, a pesar de que poca luz les guiaba ya el camino.

Amanecía lentamente. Los primeros haces de luz podían otearse al horizonte y la pareja, aún no había dejado de caminar. Estaba exhaustos, cansados y sedientos. No habían hablado entre ellos, tampoco habían descansado ni un solo instante. El sudor decoraba sus cuerpos con gotas brillantes, perladas. Shira tenía los cabellos pegados al rostro y cuello, ocultos bajo el velo que pretendía impedir que el nuevo sol provocase estragos en ella. Y como era de esperar, poco a poco, el ambiente comenzó a caldearse. El sudor se intensificó, así como los jadeos de cansancio empezaron a brotar de entre los labios del hombre, lo que preocupó a Shira, pues hasta entonces no se había quejado ni una sola vez -Rajay ¿Estas bien? ¿No podemos descansar?- Él se negó. Si descansaban, estarían muertos. Estimaba que quedaba algo de camino aún para llegar a su aldea y tenía la esperanza de poder llegar sin problemas si seguían con aquel mismo ritmo. Haim volvió a llorar. Estaba hambriento y golpeaba con sus brazos a Shira para hacérselo saber. Aquello colmó los ánimos de la chica, que nada podía hacer por él. Sus pequeñas manos agarraron el pecho de la mujer, en un reflejo de los gestos que hacía con su verdadera madre cuando deseaba alimento. Buscaba algo que ella no podía darle, algo que jamás nacería de sus pechos. Temió que Rajay la abroncase por no darle al niño lo que quería, pero no dijo nada, porque tras unos minutos, cayó al suelo desplomado, casi de la misma forma que el caballo lo había hecho antes. -¿Rajay? ¿Qué te pasa? ¿Por qué te has caído? ¿Que ocurre?- Shira se arrodilló en la arena para comprobar que ocurría. Era como agarrarse a un clavo ardiendo. Rajay era su única esperanza, y si le pasaba algo, estarían perdidos. El Medjay balbuceó. Sudaba mucho más que ella y tenía la ropa empapada de sangre. Cuando se quejó de dolor, Shira supo que cuando anteriormente le preguntó si estaba bien, él mintió. -Rajay... vamos. Aguanta un poco más, por favor. Vamos. No... No me dejes aquí sola. No tengo a nadie. ¡Por favor!- le gritó zarandeándole. Rajay dejó de responder, a pesar de que se mantenía con los ojos abiertos, observando a la chica aún en su estado, envuelto en temblores. Ella pasó la mano por su rostro. Estaba ardiendo -No... Rajay... ¡Vamos!- no obtuvo demasiada respuesta, más que quejidos. -No... no me hagas esto, no me abandones ahora, por favor- musitó, a la par que tomaba a Haim con un solo brazo -Rajay, colabora, por favor. Escúchame, ¿De acuerdo? Voy, voy a cogerte y vas a apoyarte en mi. Me vas a decir hacia donde hay que ir y nada más. Vamos... vamos a guiar... nos van a ayudar a llegar. Tengo fe. Vamos- Con enormisimo esfuerzo de ambos, Shira consiguió cargar el costado del Medjay sobre su hombro. Ahora, carhaba al crío y al hombre. Sería un enormísimo esfuerzo, más que el que ya hacía, pero debían llegar a ese poblado. Rajay alzó ligeramente la mano y señaló hacia el frente. -¿Por allí? Vale, vamos allí. Mantente despierto, por favor. Aguanta- Las pisadas se quedaron marcadas durante segundos tras sus pasos, hasta que la arena las hizo desaparecer, y ellos, desaparecieron con la arena.

Shira no supo cuantas horas continuó caminando. Sólo supo, que poco a poco, Rajay dejaba de responder con gestos o jadeos, y que tanto ella como Haim, cada vez aguantaban menos la situación. El niño no dejaba de llorar. Sus llantos y gritos eran un martillo en los oídos y una asfixia en el corazón por no poder hacer nada. Finalmente, Shira cayó al suelo mientras escalaba una duna. Rajay resbaló arena abajo, pero ella, consiguió sostenerse con Haim. Tenía los labios secos, no sentía apenas la lengua, más que un grave dolor en la garganta, la cual sentía llena de arena. Casi no podía respirar. -¡Ra...Rajay!- sentada sobre la arena, de deslizó duna abajo hasta llegar donde él estaba. Intentó ponerse en pie para volver a sostenerle, pero no pudo. El hombre estaba inconsciente. -¡Rajay!- Shira colocó su cabeza sobre su pecho, el cual apenas se movía -No...- las lágrimas que cayeron sobre su rostro, limpiaron el polvo y la piel quemada por el sol. Falta de esperanzas, se sentó junto al hombre y se observó los pies, quemados, llenos de pústulas, a causa de pisar descalza la arena ardiente. -Haim...- lo tomó de nuevo entre sus brazos y lo abrazó -Lo siento... lo siento muchísimo- el niño ya no lloraba. Estaba medio adormilado, fiebroso. No iba a soportar la calor mucho más. La mujer se recostó boca arriba en la duna, mirando al cielo y al sol abrasador. Ya está. Todo había terminado. Los dos morirían y ella lo haría poco después. -¿Y qué he hecho yo...?- murmuró -¿Que he hecho yo para que este sea el final que me tenías deparado?- le habló al cielo. Nadie sabría decir si era delirio o una muestra de última confianza -Yo... yo confiaba en ti. No me quejé... no te maldije por hacerme vacía- lloró -Pero no merecíamos esto... ¡¡¡Nadie merecía esto!!!- sus ojos se hundían en lágrimas, se ahogaba en llanto -¡¡¡Nos has abandonado!!! ¡¡¡Has abandonado a tu pueblo!!!- tras gritar, tosió. Quizás fue su sensación, pero sintió que tosía auténtica arena, de ahí a que apenas pudiese respirar más -Tú... tú no eres un Dios bondadoso... No eres el Dios de nadie...- terminó por decir. Los ojos le pesaban. Tenía sueño. Sentía que si cerraba los ojos, dejaría de sentir calor. Por ello, se dejó abandonar, abrazando a Haim siendo lo único que en su vida tenía ya. Lo cubrió con sus ropas, se lo apegó a la piel de su pecho y le dio un último beso. Lo último que vio fue un halcón, surcando los cielos sobre sus cabezas. Después, ya no había nada más.


jueves, 12 de octubre de 2017

Un nuevo día, una vez más el mismo tormento. Apenas los hebreos formaban filas para proceder nuevamente con el trabajo a los pocos minutos de poder vislumbrar la aurora en el horizonte, comenzaban los gritos y los latigazos. Cada vez era peor, cada nuevo día, parecía que se proponían una nueva forma de torturarles, de hacerlo más arduo. Ishmael estaba demasiado cansado a esas alturas, ya no sólo físicamente, sino psicológicamente. Días después de haber sucedido aquel numerito en orillas del nilo, su mente aún no descansaba; sí, había conseguido calmarse en lo que respectaba a Shira, pero no podía borrar esa imagen confiada, socarrona y cruel de aquel joven monarca, que no conocía en absoluto el significado del dolor, el sufrimiento y la pérdida. Ese hombre jamás sudaría, a no ser que fuese acostándose con alguna de todas las mujeres que pudiese desear en su vida y aún así, Ishmael lo ponía severamente en duda. Jeziel, con su avanzada edad, seguía trabajando como los niños de 15. En otras filas de transporte de piedras, había también otras tandas de ancianos. El endurecimiento del trabajo y del castigo por languidecer estaba haciendo que ellos, los más débiles, se quebraran cada vez más y más. Conforme pasaban los minutos, sus piernas ancianas les fallaban, o sus huesos les traicionaban y se rompían con facilidad. En cuestión de días Ishmael había visto cómo hombres hasta de su propia edad terminaban con los dedos deformes, con los huesos triturados por aplastamiento o simplemente por sobrecarga y esfuerzo. Los oía gritar, los veía llorar mientras recibían el mordisco del látigo en su encallecida y quemada piel por el sol. Veía la sangre... No, olía la sangre. El campo de trabajo hedía a barro, sudor y sangre y él, simplemente, no podía más. Estaba al límite de sus fuerzas. Deseaba poder ser tan paciente y enérgico como los más ancianos que lo soportaban sin venirse abajo, pero quizá él era el eslabón débil. Quizá Dios así lo hizo, así lo quiso. Un hombre incapaz de hacer nada, ni siquiera para sí mismo. Incapaz de proteger a nadie aguantando un mínimo dolor. Fueron estos pensamientos los que abotargaron su mente durante horas y horas y terminaron arrancándole un pesado suspiro, que hizo que se detuviese un instante de tirar de las cuerdas que transportaban los pesados cubos pedregosos sobre la ristra de troncos -¡¿Qué haces!?- vociferó un capataz -¡Al trabajo, vamos!- el látigo le chasqueó directamente en uno de los gemelos. Un visible corte apareció, con la piel abierta como si fuese un papiro desembuelto. La sangre caliente no tardó en llegarle a los pies, donde la sintió caliente y húmeda. Debido a su fragilidad momentanea, en lugar de seguir trabajando, se arrugó en dolor -¿Qué?- se acercó el capataz -¿Esto es todo? ¿Eh? ¿Ya no puedes soportar más?- Ishmael lo miró con ojos acuosos, empapados de lágrimas de sufrimiento y agonía. Apenas tendría la edad de Shira, ese muchacho, cargado con el látigo y con la cofia blanca que caía sobre sus hombros a modo de símbolo de poder sobre los esclavos. Maldito sea, no temió pensarlo, maldito sea él y toda la estirpe egipcia, sucios herejes que adoraban estatuas de falsos dioses que ellos mismos habían inventado y creado con poco más que barro y arcilla. No eran nadie. Jamás serían nadie. Ishmael rezó para sus adentros sabiendo que Dios algún día habría de castigarlos a todos ellos, sin que quedase alguno en pie. La ira se extendía en su interior como una ponzoña -¿¡Vas a levantarte de una maldita vez!?- alzó el látigo. Ishmael cerró la mano entorno a un trozo de piedra y lo miró con fiereza. No iba a golpearle una vez más con el látigo, porque sabía que si lo hacía se volvería loco, pero si le detenía... -¡Que te levantes!- bajó entonces el brazo con fuerza, lanzando el látigo. Lo que Ishmael no esperó fue que el anciano brazo de Jeziel se interpusiera, cansado y sudoroso, recibiendo la cola del arma que se enrolló entorno a su brazo con sumo dolor, apretando, cortándole la circulación -¿Pero qué...?-
-Ya basta... No más dolor...- suplicó con lágrimas corriéndole por los ojos -Ya es... suficiente...-
-¿Un esclavo diciendo que es suficiente?- se sorprendió el capataz -Vuelve a la fila, ponte a trabajar, apártate de mi camino y quizá esta noche vuelvas a casa aunque sea faltándote dedos en la mano por esta interrupción, viejo-
-No más... por favor...-
-Jeziel...- Ishmael estaba sorprendido por lo que estaba viendo. Jeziel, ese anciano afable, tenía la mirada perdida ¿Acaso, él ya...?
-Mi Señor, óyeme, pues tu humilde servidor te está suplicando...- musitó con voz quebrada
-Malditos seais, sucios extranjeros...- el capataz agarró a Jeziel y lo arrojó al suelo con furia. El resto de esclavos hacía lo posible por presenciar lo que ocurría
-¡Déjalo!- gritó Ishmael, horrorizado, desesperado por ayudar al anciano, pero el látigo le golpeó la mano cuando la extendió hacia Jeziel y fue tan repentino y letal, que el dedo meñique se le destrozó en pedazos, en una posición antinatural. Ishmael gritó de dolor
-Elohim... Señor... Padre...- mascullaba Jeziel bajo el sol de la mañana, que cada vez más se alzaba y comenzaba a abrasar -Acógeme, acógenos, salva a tu pueblo, que muere de hambre y dolor...- los latigazos resonaban casi al compñas de sus palabras. Uno tras otro, adornaban la espalda, los brazos, los hombros, el cuello y las piernas de Jeziel con marcas rojas y supurantes de sangre. Sin embargo, el anciano no parecía mostrar dolor alguno. Estaba ido, completamente ido. Estaba saturado de sufrimiento, abotargado de ansiedad y pesar. Su mente ya ascendía al reino de Dios, mientras que su cuerpo aguardaba su turno -Oh, Señor nuestro...- cerró los ojos despacio -Libéranos...- y así, no dijo nada más. Jeziel exhaló su último aliento bajo el yugo de los latigazos, que no cesaban, aunque su corazón había dejado de latir. El capataz se excedía de forma monstruosa, cebándose con el cuerpo del difunto. Ishmael montó en cólera. No podía soportarlo más. Había llegado el día en el que por fin, no había muerto un hermano por ancianidad o por sobreesfuerzo: Jeziel había sido asesinado. Ishmael se puso en pie, ignorando el dolor del meñique, haciendo acopio de fuerzas para propinar un puñetazo al capataz y derribarlo al suelo. El escándalo no tardó en formarse. Todos los esclavos que estaban cerca de Ishmael corrieron hacia él mientras él tomaba el fragmento de piedra del suelo y lo alzaba
-¡Este es el último día en que la tiranía de Faraón es consentida por nuestro pueblo!- estuvo a punto de abrirle la cabeza al muchacho con la piedra, pero para sorpresa desagradable de Ishmael, el resto de hebreos no acudieron para ayudarle, sino para detenerle. Entre varios lo aferraron de los brazos y lo apartaron de encima del capataz, que se puso en pie ipso facto. Un soldado de la guardia acudió, khopesh en mano, dispuesto a impartir justicia. Ayudó al capataz a levantarse y éste, con mirada furiosa, miró a Ishmael
-¿Quién ha sido?- preguntó el soldado -Malditos esclavos, os enseñaré cual es vuestro lugar-
-¡No, por favor, clemencia!- se arrodilló un hebreo, otro de los ancianos, a los pies del capataz -El sufrimiento es más que suficiente ¡Por favor, piedad! ¡El sol es inclemente, quema nuestra piel, hiere nuestros pensamientos! ¡El cansancio nos impulsa a cometer errores! ¡Por favor, no más muertes! ¡Trabajaremos de sol a sol, pero no más dolor!- lloraba el viejo, incapaz de ablandar el corazón del soldado. Fue el capataz el que lo detuvo, asegurando que antes de hacer nada, quería hablar con Faraón. El soldado asintió, de modo que acompañó al capataz hasta palacio, donde intentarían tener una audiencia con el monarca. Otro de los capataces que había cerca se encargaría de vigilar al grupo de Ishmael, quienes mantenían un ojo encima del hombre en todo momento para que no volviera a cometer una locura. No podían odiarle, pues hizo algo que todos estaban deseando hacer, pero había sido apresurado y podían pagar todos por el error de uno. La mayoría era silenciosa y sabían que Jeziel e Ishmael junto a otros llevaban tiempo intentando detener el maltrato que recibían a pesar de que trabajaban sin descanso y en horribles condiciones. Ishmael había tenido una grandísima suerte de que no le hubiesen cortado la cabeza ahí mismo, y lo sabía. El hombre lloraba desconsolado mientras trabajaba sin permitirse desfallecer. Cruelmente, el soldado había dejado el cuerpo de Jeziel ahí tirado, muerto y embarrado, como recordatorio.

Hor disfrutaba de la música, la comida, el vino y la cerveza, mientras deleitaba sus ojos con el sensual baile de dos hermosas muchachas muy jóvenes que contoneaban sus cuerpos al son de una música enigmática y atrapante. Eran nuevos regalos de un comerciante que aseguraba venir de Memphis en busca del favor de Faraón para establecer sus negocios en Tebas también. Las dos chicas eran sus hijas, de 14 y 15 años cada una. Habían sido favorecidas por Isis, pensaban todos, pues a pesar de su edad, eran tan atractivas en lo físico como una mujer de 20, desarrolladas, de piel suave y dorada por el sol. Bailaban moviendo las cadernas, las piernas y rozándose las una con la otra, prácticamente desnudas. El baile concluyó con ambas besándose y tocándose los cuerpos como muestra de efusividad, sensualidad y entrega, una simple muestra de lo que Faraón obtendría del trato de ambas muchachas. Ambas terminaron mirando a Faraón, que aplaudía con una carcajada de entusiasmo. Las dos sabían que podían ganar mucho si lo satisfacían, pues habían oido que Hor no era como los demás. Era un Faraón joven, entusiasta y que desafiaba las leyes antiguas. Se rumoreaba que si le parecía lo bastante atractiva, era capaz de hacer esposa a la mujer más común y corriente aún sin tener ninguna clase de sangre real, pues él era Horus en la tierra y podía hacer cuanto quisiera -Espléndido, realmente maravilloso. Un espectáculo que sin duda espero volver a ver muy pronto- sonrió Hor
-Si Faraón quisiera, esta misma noche- dijo una de las hermanas
-O en unos minutos- comentó la otra
-En privado- dijeron ambas a la vez
-Uthetom... te has ganado de sobra mi beneplácito- se carcajeó Hor, obviando que en todo momento, a su lado en pie, estaba Nefer, manteniendo el rostro estoico y fingiendo que no se sentía gravísimamente insultada por ese comportamiento de su hermano -Que las lleven a preparar, coman y beban algo y dentro de un rato las atenderé- cuando las chicas y el padre de ambas se retiraron con su victoria, los siguientes fueron el capataz y el soldado, que se aventuraron a toda prisa hacia Faraón
-Faraón, tenemos problemas con los esclavos- aseguró el soldado
-Se están revelando. Uno de ellos ha muerto hoy al resistirse a los latigazos. Cada vez son más agresivos y trabajan menos. Uno de ellos llegó a agredirme- su labio sangrante atestiguaba por él
-¿Creen que pueden reclamar algo que no les pertenece, entonces?- aseveró -Bien. Entonces me temo que tendremos que enseñarles una lección que no olvidarán- miró a uno de sus sacerdotes -Envía un mensaje a los Medjay de Somu He y reclama uno de sus servicios para cuando caiga la noche. No volverán a tener el valor de intentar revelarse- sonrió, sin más, con la sangre fría que le caracterizaba.

Y así fue, tal y como Faraón ordenó. El sol se ocultaba ya en el horizonte preparando la llegada de la noche. La ciudad mayormente se mostraba silenciosa y no muchas eran las luces que decoraban sus calles. En especial, en el barrio donde los hebreos vivían, más alejados del nilo y del palacio de Faraón, los esclavos llegaban a sus maltrechas casas con el alma deshecha y los cuerpos molidos. Ishmael entró en su hogar con lágrimas en los ojos. Haim corrió a sus brazos pero el hombre pasó de largo como un espectro. Hadassa no mostró atención, pero diferente fue el caso de Shira. La esposa del hebreo se acercó a él con prisa para tomarle del brazo ¿Qué le pasaba? Ishmael la miró a los ojos, le acarició la mejilla y le besó la frente con dulzura -Shira... tú, Hadassa y Haim...- suspiró -Debéis marcharos- Shira no entendía qué quería decir. Hablaba triste, ceniciento, apagado -Idos... tomad lo que necesitéis, algo de pan y agua y fugaos. Ahora, a estas horas, quizá logréis escapar si lleváis cuidado- Shira realmente no comprendía a qué venía ese plan. Además, los soldados... -Los soldados... ya vienen- sonrió desgarrado a la vez que derramaba lágrimas -Es culpa nuestra, de Jeziel, mía... de todos, realmente- alzó la mirada -Y también tuya... por no oirnos...- Shira quiso preguntar de nuevo a qué clase de juego jugaba Ishmael o si se estaba volviendo loco simplemente por el arduo trabajo, hasta que se oyeron los primeros gritos. Haim se asustó y empezó a llorar
-¿Qué pasa?- Hadassa salió al exterior por un instante para ver que efectivamente, eran hebreos, vecinos, no muy lejos, gritando de terror y dolor. Humo, olor a quemado. Fuego -Santo Señor... no...-
-Marchaos, ahora. Ya- ordenó Ishmael, tomando un pañuelo con el que hizo una suerte de bolsa y metió pan con un odre de agua -¡Corred!- se lo entregó a Shira -¡Corred lo más rápido que podáis!- casi las empujó a ambas y al niño al exterior -Tomad este camino, callejead, manteneos en las sombras, nunca sabremos cuando...- el cielo comenzó a iluminarse conforme la última luz del sol se apagó por completo en el horizonte. Flechas llameantes comenzaron a llover por doquier. Los gritos se intensificaron, ya no sólo eran hebreos heridos, sino soldados de Faraón. Era a todas luces una invasión a su pequeño barrio humilde y esclavizado -¡Huid!- Shira quiso saber qué pasaría con él ¿Cómo iba a dejarlo atrás? -¡Serviré como distracción! Todo esto es culpa mía y del resto de hombres... Shira, confía en mí ¡Obedece a tu esposo!- aguantando las lágrimas y con la barbilla encogida, asintió
-Shira, vamos- exigió Hadassa -Por favor- se llevó la mano al vientre para apelar a su corazón. La chica asintió y por fin, con el niño, echaron a correr lo más sigilosamente posible. Ishmael se quedó ahí, en la puerta, mirando al cielo, las estrellas primeras en brillar
-Si de verdad te importamos lo más mínimo Señor, cuida de ellas. Cuida de Haim. Cuida de mi próximo hijo...-
-Aquí estás...- dijo la voz reconocida del capataz, que venía con varios soldados pasando a través de las calles, peinándolas. Ishmael se giró para mirarle, para ver cómo a sus vecinos los sacaban a rastras de las casas y los apaleaban vivos con mazos y látigos, mientras que a los niños los degollaban delante de sus padres con khopesh, sin piedad alguna. Quemaban sus casas y sus pocos enseres. Las mujeres a las que dejaban vivas también eran menos que los hombres -¿Preparado para pagar por tus crímenes, hebreo?- llevaba un mazo en la mano
-No hay mayor crimen que asesinar al prójimo, pues todos somos hermanos, hijos de un único Dios...- masculló
-Veo que aún tienes ganas de rebelarte contra la realidad...- el capataz se acercaba
-Señor, Elohim, mi Dios...- alzó la mirada al cielo -Por favor, atiende a mi plegaria...- su visión se oscureció en cuanto el pesado mazo del capataz se estrelló contra su cabeza.

Shira, Hadassa y el pequeño Haim serpenteaban entre las estrechas calles del barrio hebreo evitando a los soldados, pero cada vez se hacía más difícil. El ligero viento ayudaba a propagar el viento entre las viviendas y los hombres de Faraón tenían rodeado el barrio. No tardaron en ver con sus propios ojos las monstruosidades que estaban llevándose a cabo. Encontraron cuerpos ensangrentados sin cabeza, cabezas sin cuerpo. Niños y niñas calcinados entre las llamas, rostros que antaño fueron amigos ahora irreconocibles. Shira podía oir a esos monstruos, a esos soldados, reirse y burlarse mientras hacían toda clase de troperías. Una mujer pedía ayuda mientras era arrastrada hacia el exterior de la casa, arrojada contra la pared, apaleada y posteriormente violada. El corazón de las jóvenes se encogía mientras buscaban la forma de que Haim no hiciese ruido al llorar. El pequeño estaba conmocionado. Su mente infantil no procesaba ni un ápice de lo que estaba ocurriendo, pero el fuego, los gritos, los lamentos... -¡Alto!- gritó la voz de un soldado, que las encontró -En nombre de Faraón, vosotros los habreos, debéis de ser castigados por enfrentaros a las leyes sagradas y divinas de nuestro rey ¡Osais agredir a los hombres de nuestro señor!- Shira se interpuso ante Hadassa y Haim, caminando hacia atrás, hasta que toparon con una pared. El soldado se acercaba amenazante khopesh en mano, que goteaba una pesada y ennegrecida sangre casi coagulada ¿A cuantos habría matado ya? Shira suplicó que no les hiciera daño -No debisteis creeros con poder para rebelaros contra un imperio que os da de comer, zorras hebreas- entonces el soldado alzó la vista -Ah, el asesino- Shira alzó la mirada por instinto para ver la figura sombría recortada contra la luz roja de los incendios. Un hombre encapuchado con la capa al viento los observaba desde el tejado
-Te encontré- dijo, simplemente
-¿Me buscabas?- preguntó extrañado el soldado. El llamado asesino saltó del tejado hacia el suelo con agilidad, cayó flexionando las rodillas, desenvainó velozmente su propia espada khopesh y segó el cuello del soldado de una rápida y limpia pasada. El hombre no pudo ni gritar. Cayó fulminado al suelo, impregnándolo de sangre. Cuando volteó el asesino, se quitó la capucha, para ver el sorprendido rostro de Shira
-Sí... soy yo- la mujer quiso saber qué era lo que estaba pasando -No hay tiempo, debemos huir. Yo os cubriré, vamos- el Medjay comenzó a dirigir el camino -Seguidme de cerca. Ese soldado no estaría solo. No perdáis ni por un momento mi rastro- ante la confusión, Shira decidió seguirle ciegamente, mientras que Hadassa no tardó en quejarse ante la idea de seguir a un egipcio, dado lo que estaban haciendo -Si quieres vivir, muchacha, calla y síguenos- Rajay se conocía las calles de tanto visitarlas en solitario y de camino a buscar a Shira, había hecho un mapa mental de las calles que ya no estaban frecuentadas por los soldados, aunque sí regadas de cadáveres. Continuaron serpenteando entre calles buscando la salida y, gracias al Medjay, eludieron a varios soldados. Ya estaban cerca de la salida, Rajay lo sabía. Pronto darían con la gran puerta al exterior de Tebas y podrían huir con Senua y robar quizá otro caballo más. Estaban cerca. Muy cerca, sólo era cuestión de minutos...

[Ancient Egypt Music (Hymn to the sun) - Hino ao sol - Marcus viana -]

Rajay se detuvo en una esquina para observar si el camino estaba despejado y así fue -Vamos- indicó a las mujeres, siendo el primero en pasar. Pero fue al torcer del todo la esquina cuando un soldado se interponía. Los había estado siguiendo desde otra calle. Lanzó un espadazo que Rajay interceptó con su khopesh  y entablaron un rápido duelo del que el Medjay salió victorioso al cortarle cruzando el pecho, pero ese soldado consiguió que bajaran la guardia. Un grito ahogado se oyó desde la espalda del Medjay. Al girarse, tanto él como Shira comprobaron cómo una lanza perforaba y atravesaba a Hadassa, que con rostro repleto de dolor, agarraba la lanza saliente de su estómago. El espectáculo fue sangriento y sobrecogedor. Demasiada sangre. Demasiada sangre y carne sesgada para ser sólo una mujer. La lanzada mató al bebé, destrozó las tripas de la mujer y puso fin a la vida de la chica. Shira gritó de horror y Rajay de rabia. Una flecha voló directa al ojo del soldado que asesinó a Hadassa de manos de Rajay -¡CORRED!- ordenó a Shira, que afortunadamente, era quien llevaba a Haim de la mano. La chica se quedó helada sin embargo y el niño lloraba -¡MUJER!- gritó Rajay, agarrándola del hombro para apartarla a ella y al niño, al tiempo que una flecha llameante se clavaba en el hombro del Medjay -¡Ugh...!- el daño recibido por el muchacho hizo que Shira reaccionara -¡A las puertas, vamos!- Shira tomó al niño en brazos y corrió todo lo aprisa que podía mientras Rajay se arrancaba la flecha que le quemaba la piel. Preparó sus propias flechas y disparó una y otra vez a los soldados que había sobre los tejados antes de que consiguieran alcanzar a Shira. El Medjay fue retrocediendo tanto como podía, mientras irremediablemente, sufría el daño de alguna que otra flecha que le arañaba los brazos y el torso, aunque no lo suficiente para impedir su huida. Parapetándose con los muros y las viviendas ya de los civiles egipcios, consiguieron salir del barrio y huir al exterior de Tebas, pero Senua no estaba allí -Maldita sea... Senua... ¿Dónde...?-
-¡Huyen, atrapadlos!- se oían las voces de los soldados
-Maldición...- agarró a Shira del brazo, que estaba completamente asustada y ausente, para arrastrarla a una caballeriza cercana junto a las puertas. Robaron un caballo donde afortunadamente cabían los tres gracias a que Haim era pequeño. Rajay dejó que la mujer estuviera delante para rodearla con los brazos e impedir que ni ella ni el niño cayeran debido a la conmoción -¡Vamos, vamos!- azoró al caballo, que ranqueó y relinchó antes de romper a cabalgar , dejando atrás la ceniza, el fuego y el humo, mientras más flechas volaban hacia ellos desde todas direcciones. Seguir el curso del nilo era peligroso, de modo que Rajay decidió huir hacia su propio hogar, rumbo al desierto salvaje. Debían llegar antes de que amaneciera o estarían en serios problemas, porque ponía en duda que Shira y el niño pudiesen llegar a resistirlo. Tras ellos, dejaron la estela de la muerte y la desesperación. El miedo y el poder de Faraón. Columnas de humo negro se alzaban desde ese area de Tebas. Aún se oían gritos apagados desde la distancia, movidos por el viento. Mientras, desde un balcón de palacio, una mujer que aspiraba a cambiar egipto observaba con ojos apagados la desolación que había desatado su hermano, al que escuchaba reir y gemir de placer a través de su habitación con aquellas dos hermanas. Nefer se aferró a la baranda del balcón con furia, apretó los dientes y aguardó ahí, inherte, hasta que llegó el alba y se apagaron los fuegos. Las dificultades que aguardaban, eran para los tres fugitivos en el desierto...

miércoles, 11 de octubre de 2017

Shira no supo que hacer más que desear que las enfangadas tierras que pisaban sus pies desnudos, la engullesen en ese preciso instante. Sentía la mirada de su pueblo clavada en ella, y entre esas miradas, no había ninguna de compasión o empatía. -Ishmael...- murmuró el nombre de su esposo, quien contenía ojos de rabia que parecían estar a punto de estallar. La mujer lo sintió. Estaba furioso, demasiado. No era la primera vez que le veía así, pero sí era la primera vez que lo estaba, de alguna manera, por su culpa.
-Déjame. Has hecho suficiente- gruñó, dándole la espalda y volviendo a trabajar.
-Ishamel, escúchame-
-¿Que te escuche? ¿A caso tienes algo que explicar?-
-Sí... no... no se lo que estás pensando, pero te juro que todo esto... no...-
-Vete a casa-
-Pero...-
-¡He dicho que te vayas!- gritó, esta vez sí, encarándola como si fuese a saltar sobre ella en ese momento para después apalizarla. Shira se quedó congelada, así como el resto de miradas resentidas que había a su al rededor.  -Me estas dejando en vergüenza, maldita sea-
-¡Eh! ¡Tú! ¡Vuelve al trabajo! ¡¿A caso quieres más golpes?!- gritó un soldado cercano a ellos que portaba una fusta en la mano.
-¿Más...? ¿Que te han hech...?-
-Shira, ya. Lárgate. Hablaremos en casa-
-¡Hebreo, vuelve a tu puesto!- se acercó el soldado. En ese instante, Ishamel dejó de hablar. Le dio la espalda a su mujer y se encaminó hacia los rodillos. Fue entonces, cuando Shira pudo contemplar las marcas diagonales rojizas en su piel, algunas supurantes, otras ya amarillentas. ¿Por qué? ¿Desde cuando? Se hubiese lanzado y le hubiese sacado las respuestas, pero no podía, no en aquella situación. Ocultando el rostro bajo su velo, se marchó rápido del lugar, preguntándose por qué le había ocurrido algo así.

Ya había llegado la noche. Shira no hizo nada en todo el días más que pensar en su mala suerte, sentada en la silla al lado de la puerta a las esperas de que Ishamel llegase. Y lo hizo, a la hora habitual, pero esta vez, sin mediar palabra alguna. Haim corrió para saludar a su padre, esperando que éste le tomase en brazos, pero no lo hizo. Con la mano, apartó al chiquillo, quien acabó marchándose triste, con la sensación de que había sido ignorado. De mientras, Shira no sabía como actuar ni qué decir. En su lugar, fue Hadassa quien habló, siendo partícipe del ambiente tenso que se respiraba. -¿Ocurre algo?-
-Nada que te incumba- respondió Ishamel tajante.
-¿No... vamos a cenar?-
-Coge a Haim y ve a la cama-
-¿Qué? ¿Por qué?-
-Haz lo que te digo. Shira y yo tenemos que hablar- La joven no se atrevió a decir más. Tomó a su hijo entre los brazos y desapareció tras la cortina que separaba las estancias. Después, ni Ishamel ni Shira hablaron. Ella sólo le miraba a él, y él, no sabía hacia donde mirar.
-Ishamel, no se qué estás pensando para estar así, escúchame primero-
-¿Que quieres que piense después de ver a mi esposa en la barca de Faraón, como si fuese una de sus fulanas?- la pregunta iba cargada de veneno y resentimiento. Los ojos del hombre ardían acusosos y su pulso, temblaba constantemente. Shira se puso en pie, inquieta.
-Yo no quería-
-¡¿Que no querías?! ¡¿Codearte con el hombre más poderoso de todo Egipto?! ¡¿Entonces como diantres llegaste ahí?!-
-Estaba caminando cerca de la orilla. Llevaba pan recién hecho. Te fuiste sin comer nada y quise llevártelo-
-Pero no llegaste por tus propios pasos-
-No, porque la barca de Faraón pasó cerca. Yo... ni si quiera la vi, Ishamel. Se acercó, no se de que manera me vio. Yo me arrodillé. No quise ni tan siquiera mirarle, pero me preguntó por el motivo del paseo y me dijo que me acompañaría-
-¡Y tú aceptaste!-
-¡¿Que otra cosa querías que hiciera?! ¡¿Quien le niega algo a Faraón y sale vivo para contarlo?!-
-¡¿Y como se fijo en ti?! ¡¿Como llegó a la conclusión de que te quería con él en esa barca, Shira?! ¡Eres una hebrea! ¡Una maldita hebrea infértil! ¡¿Como y de qué forma se fija el Dios de Egipto, el ser más vanidoso y cruel de ésta tierra, en una esclava sucia y mugrienta?!- Shira se quedó sin palabras. De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas. Se sintió sumamente incomprendida, repleta de problemas que nadie entendía, los cuales avenían por una suerte horrible.
-Ishamel... te juro que...-
-¡¿Como le miraste?! ¡¿Qué le dijiste?! ¡¿De que forma te insinuaste?!- Al acusarla, la tomó del brazo con una fuerza extrema. No estaba siendo consciente de la violencia con la que la sujetaba. Ella sintió que el brazo iba a partirse en dos, pero no se quejó. Simplemente lloró.
-Yo no hice nada... no hice nada, Ishamel... Yo solo te quiero a tí...- Por un instante, ambos se miraron a los ojos. Ishamel quiso encontrar un ápice de mentira en ella, una señal, algo que le dijese que su mujer estaba siendo infiel a él y a sus propios principios, pero no lo encontró. Tras bufar, la soltó y Shira cayó al suelo. Aprovechó la situación para arrodillarse, de una forma mucho más inclinada que cuando se inclinó ante Faraón. Apoyó la cabeza sobre el suelo, y con las manos, tomó los tobillos de Ishamel de forma temblorosa -Créeme... no pude hacer nada... yo no quería...- El hombre, al verla de aquella manera, se reblandeció. La conocía desde hacía muchos años, sabía como era ella y sabía de su actitud. A él mismo le costaba imaginarla... provocando a Faraón o cualquier otro hombre. Sin embargo, estaba demasiado rabioso, demasiado cansado como para pensar con raciocinio. La espalda le dolía lo suficiente como sentir en la piel el recuerdo de cada latigazo que había recibido durante todo el día. Latigazos de crueldad, de esclavitud e indiferencia por ser hebreo y adorar a Dios. Sin quererlo, volvió a encenderse. Y su furia, volvió a volcarse sobre su mujer.
-¿Como es traicionar tus creencias? ¿Te gustan los falsos Dioses de Egipto?-
-¡¡¡Ishamel!!! ¡¡¡No me acuses de algo que no he hecho!!!- gritó a pleno pulmón la mujer. Se oyó el llanto de Haim al otro lado de la estancia, así como las palabras tranquilizadoras de su madre, quien estaba oyendo todo lo que decían.  -No digas... que he dejado de lado a mi Dios...-
-Quizás no a tu Dios, pero sí a mí, a tu marido-
-¡Que no!- volvió a gritar entre llantos -Ishamel... yo solo te quiero a ti. Yo jamás... jamás miraría a otro hombre de la forma en la que te miro a ti. Vivo y me sacrifico por ti. Créeme ¡Créeme!- suplicó, aferrada a los pies del hombre. Su llanto no cesaba, y por ello, los ánimos de Ishmael volvieron a relajarse. De cierta manera, se sintió culpable. Se deshizo del agarre de la mujer y se apartó de ella.
-Voy a dormir. No sabes lo que he trabajado... no sabes lo que he sufrido hoy- murmuró. No la invitó a acompañarle, ni si quiera la miró. Ishamel desapareció tras la cortina, y al hacerlo, Hadassa fue quien apareció. Sin bien la mujer tenía un carácter indiferente en la mayoría de las situaciones, al igual que Shira, nunca podría negar que eran primas, y por tanto, compartían sangre. Apiadándose de ella, Hadassa se arrodilló y abrazó a su prima, manteniendo la postura hasta que ésta consiguió calmarse pasadas las horas. Aquella noche, Shira no fue al lecho con su esposo. Se sentía culpable, como si hubiese cometido un acto atroz, irreparable. Se mantuvo toda la noche sentada en la silla, de brazos cruzados, preguntándose una vez más por qué su vida estaba tan castigada, cuando ella, solo vivía para los demás.

Los días pasaron lentos desde aquella noche. El trabajo era arduo y las palabras fueron pocas. El ambiente tenso y oscurecido no se marchó de aquel lugar en el que, el único que parecía no darse cuenta de nada, era Haim, quien había acostumbrado a jugar distraidamente a los pies de Shira mientras ésta trabajaba. La joven apenas llamaba la atención, vagando por el hogar como un alma en pena desamparada, en silencio. Hadassa, apartó sus improperios durante aquellos días, dedicándose a cuidarse a sí misma y su embarazo en solitario, a la vez que lanzaba miradas de lástima de vez en cuando a su prima. La creía, claro que la creía. Cualquiera que la conociese, la creería. Pero Ishamel... Ishamel era demasiado influenciable de sus propios pensamientos.

Aquella mañana, Shira amaneció muy separada del lugar que ocupaba Ishamel en el lecho. Fue ella quien se despertó antes, con una extraña sensación en el pecho tras haber tenido unas pesadillas poco claras e inconexas. Al ponerse en pie y salir de la estancia, despertó a Ishamel, quien recorrió sus pasos después. No intercambiaron palabra alguna mientras el hombre tomaba algo de comida y se disponía a partir. Shira, al contrario, no podía dejar de mirarle, y eso fue algo que el hombre notó. -Tened cuidado, las dos-
-Y tú también...-
-Sé cuidar de mí mismo- respondió, como siempre hacía, como era ya normal. Sin embargo, esta vez le interrumpió su mujer.
-Ya no es suficiente que sepas hacerlo- murmuró, tomándole la mano, tocándole después de varios días. El miedo con el que Shira tomó su mano, fue suficiente para que el corazón de Ishamel se ablandase y se sintiese miserable.
-Shira...- pronunció su nombre cuando llevó la mano a su rostro, marchito a pesar de tener sólo una veintena de años. Quiso decir algo más, pero quizá su orgullo, o sus pensamientos, se lo impidieron. La chica aprovechó la ocasión para hacer lo mismo, acariciarle, pero ésta vez en el cuello. Despacio, apartó las telas que cubrían su hombro y descubrió varias heridas de latigazos. Ahí estaban, heridas que Shira no había podido apreciar en la oscuridad del lecho ni en la sofocante luz del día, al estar envueltas en ropajes. Ella ya lo temía, lo sabía, por lo que no pudo hacer nada más que lamentarse. La situación, la esclavitud... cada vez estaba todo peor. -Shira, te juro que tendrás la vida que te prometí... dame tiempo. Te juro que no moriré sin antes dártela... Es una promesa- Las palabras de Ishamel sonaron rotas. No había nada que añadir a aquella utopía. La mujer abrazó a su esposo y éste hizo lo mismo justo antes de partir al alba, el alba de un nuevo día.
La aurora estaba asomando por el horizonte de dunas cuando las pisadas ahogadas de Senua, la yegua de Rash, llegaba por fin al campamento donde la tribu se asentaba. El cielo aún tenía ese color lilaceo que daba paso a un hermoso naranja cuando el muchacho descabalgó y suspiró ampliamente. Dirigió un rápido vistazo al espectacular escenario que se estaba pintando en el cielo, como si el sol, la barca de Ra, estuviese descomponiéndose como si fuese simple pintura derramada sobre el cielo como si fuese el propio nilo. Se quedó ensimismado durante largos minutos, pensando en el color que comenzaba a formar el tono naranja y rojizo del amanecer, convirtiendo el cielo lilaceo aún semi nocturno, poco a poco, en un tono azul que le recordaba a los ojos de aquella chica. Qué mirada, pensaba. Jamás había visto ojos semejantes. Con todo el respeto que podía profesar, que era mucho, no quiso ni tuvo la menor intención de acercarse de más a aquella hebrea que, por supuesto, estaba casada, pero no pudo evitar y Ra le debía perdonar por ello, que por unos instantes cuando la miró a los ojos deseó haber podido hablar con ella durante unos momentos, conocer mejor qué hay detrás de unos ojos tan claros, detrás de ese extraño brillo que parecía tener en mitad de las familias que había presentes en la sala. Ishmael, aquel hombre que era su marido, debía de saberlo. Su actitud protectora hacia la chica era más que evidente por lo que debía de constarle sobradamente lo hermosa que era su mujer y por tanto, debía ser consciente de cuando un hombre, hebreo o egipcio, posaba su mirada en ella. Acariciando a Senua con cariño, se obligó entonces a dejar esos pensamientos de lado. Había sido algo fortuito. No volvería a pasar. No volvería a ver a la chica y con suerte ella viviría bien sin recordarle, igual que él, posiblemente, se olvidaría de ella en cuestión de tiempo. Anduvo hacia su propia tienda con calma, sin ánimo de hacer ruido. Entonces le llamó la atención que estando ya amaneciendo, aún hubiese fuego en la hoguera. Llamas pequeñas que danzaban y crepitaban con dificultad mientras una fina columna de humo blanco ascendía hasta los cielos. Era la señal de que no la habían apagado. Alguien, que estaba allí sentado frente al fuego, había estado aguardando toda la noche frente a esa hoguera. Ese hombre era su padre, Ossar, que le miraba ya desde lejos con ceño fruncido y ojos brillantes, reflejando aún las escasas ascuas de la hoguera. Rash suspiró pesadamente al verlo y se dirigió hacia él hasta que ambos quedaron separados por la moribunda hoguera y las volutas de humo -¿No has dormido?- preguntó Rash confuso
-Un padre no puede dormir cuando su hijo se pierde en las dunas del desierto cuando ni siquiera hay sol- declaró el hombre
-No me perdí. Supe perfectamente hacia dónde iba. Ya conozco el desierto, padre-
-Entonces podrás decirme dónde demonios te metiste, Rajay- lo miró a los ojos con lentitud
-Estuve saciando mi curiosidad- contestó sin más, sin inmutarse lo más mínimo ante aquella mirada, que sabía, horadaría el alma de cualquiera
-¿Y cómo sacia mi hijo su curiosidad? De hecho, quiero saber ¿De qué sientes tú curiosidad, Rajay?-
-Del mundo- dijo encogiéndose de hombros -Me gusta descubrir qué hay más allá-
-Más allá...- repitió Ossar poniéndose en pie, despacio -¿Sabes, Rajay? Como padre que soy, debería de preocuparme mucho más por tu bienestar y tu felicidad, pero las circunstancias que rodean a mi vida, a nuestra familia, son diferentes a las del resto de egipcios, distinto a Tebas y a Faraón, distinta vida de aquellos de Memphis y de cualquier otra parte del mundo-
-La misma historia de siempre, padre. Yo estoy harto de decirte ya que la vida que uno tiene la puede elegir, al menos, en cierta medida- se corrigió al recordar a los hebreos -Nadie te obliga a formar parte de la Orden, nadie te obliga a querer hacer de mí una réplica de arcilla de lo que no pudiste hacer tú- el ambiente comenzó a crisparse entre ambos
-Rajay... eres lo bastante mayor para comprender que eso que dices no es realmente así, hay un compromiso más allá del mero hecho de formar parte de un plan mayor. Alguien tan curioso como tú, debería de sentir la necesidad de conocer la verdad tras todo esto ¿Por qué quieres saber lo que hay más allá del horizonte, sin siquiera saber lo que hay delante de tus ojos?-
-Conozco lo que hay delante de mis ojos, padre. De igual modo que conozco lo que no hay- Ossar advirtió aquel tono de réplica en la voz de Rajay -Hay muchas cosas... que no hay, y sí hay allí fuera-
-Tu madre...- suspiró largamente -Sé que ella lo hubiese hecho mucho mejor si aún siguiese viva, Rajay, pero así lo quisieron los dioses...-
-Así lo quisiste tú- acusó, apretando los puños -Porque fue para ti más importante cumplir "ese plan más grande" del que siempre hablas, antes que simplemente cuidar de tu esposa enferma- tembló
-Rajay- advirtió con la voz Ossar -Controla tu tono-
-Lo haré cuando deba, porque no te cansas de meter el dedo en la puta herida- gruñó -Siempre has hecho cuanto te importaba a ti sin tener en cuenta a los demás-
-¡BASTA! No toleraré que un insolente como tú tenga la desfachatez de culparme de lo mismo que haces ¿Dónde has estado, te vuelvo a preguntar? Hemos necesitado tu ayuda y desapareciste, precisamente, para hacer lo que te daba la gana, preocupándote por tí mismo sin considerarnos a los demás de la tribu ¡A tu familia!- gruñó por fin
-¿Q-qué...?- Rash alzó las cejas sorprendido. Entonces se percató de que había un silencio inusual en las tiendas. Estaban despiertos, todos ellos. Escuchaban atentamente.
-Maati enfermó ayer. Gravemente- declaró -Fiebre, debilidad- comentó el hombre
-¿Maati...?- Rash sintió un ligero nudo en el estómago. Maati era una de las niñas más jóvenes de la aldea, de los pocos niños que había. Era buena, dulce, alegre y siempre se había llevado bien con absolutamente todos, por ello era que debía ser la merecedora portadora del nombre de Maat, la madre de toda cración, del mismo cosmos y el universo
-Nos dispersamos cuantos pudimos en busca de agua, alimento fresco, de alguna hierba medicinal que pudiera... aliviar su dolor- Ossar miró a Rash con dureza -Salvo tú ¿Tienes idea de lo útil que hubieses sido, Rajay? ¿Tienes idea de cuanto añoramos al más jóven y hábil de los exploradores que tenemos en la tribu?-
-¿Cómo está ella?- preguntó abatido. Ossar frunció los labios
-Aún enferma, pero estable. Pero no gracias a ti. Akeno se rompió un brazo y su caballo murió por sobreesfuerzo por llegar a tiempo con alguna clase de medicamento y aún así la pequeña no se ha recuperado. Quizá tú podrías haber encontrado algo... mejor-
-¿Puedo verla?-
-No- inquirió veloz Ossar -No puedes verla. Déjala descansar. Si quieres disculparte será en otro momento y con acciones. Sólo recuerda esto que te cuento, hijo. Quizá algún día otra vida dependerá de acción rápida, aquello que nos caracteriza. Para poder ser eficientes necesitamos todo el músculo necesario y trabajar para aquellos que nos requieran a cambio de comida y suministros. No podemos permitirnos que uno de los nuestros y el más jóven de los exploradores y guerreros Medjay desaparezca cuando le venga en gana- aquella lección fue suficiente para Ossar, que volteó para volver a su tienda y tratar de dormir un poco. Rajay, por su parte, se limitó a sentarse en la arena, abatido por el golpe de realidad ¿Era realmente su destino estar encadenado a los designios de los dioses para con su tribu? ¿Sólo debía vivir por y para protegerlos? ¿Limitarse a estar disponible en todo momento? Si no fuera por los niños... pero Rajay no podía perdonarse la posibilidad de que uno de los pequeños muriese por culpa de que él pudo haber ayudado y no lo hizo. Era una idea que le perseguiría por los días venideros.

Por otro lado, en la capital Egipcia, cuando el sol de la mañana ya estaba álgido y el cielo tenía una tonalidad celeste espléndida y libre de cualquier clase de nubosidad, las puertas de la habitación de Faraón se abrieron con sutileza. El monarca, tendido en su enorme lecho rodeado de cortinas semi transparentes tan blancas como la leche, veía cómo una figura deliciosa, femenina y contoneante caminaba hacia su posición. Una mano delicada comenzó a apartar el cortinaje para revelarse directamente ante el desnudo Faraón, que con su enorme tamaño y musculado cuerpo, imponía respeto y temor incluso en esas condiciones en las que a cualquiera se le consideraría vulnerable -¿Me has hecho llamar, Faraón?- preguntó la mujer con una sonrisa pícara, mientras con gestos felinos, se desajustaba el muy transparente traje que tenía atado al cuello. La prenda no tardó en deslizarse por su piel como agua derramada hasta llegar al suelo, revelando su desnudez. Faraón sonrió de la misma forma, recorriendo cada parte de su cuerpo con ojos lascivos, deteniéndose finalmente en sus senos
-Te he hecho llamar, mi reina- la llamo con un gesto de la mano y la mujer se reclinó sobre la cama, gateando de forma predatoria a través de las sábanas hasta alcanzar la boca de Hor, el nuevo Faraón de Egipto, para deborar sus labios con pasión. No eran muy dados a mediar palabras ni medias tintas. Hor ya la estaba esperando preparado y aquel intenso beso no hizo más que acrecentar su ya notoria dureza viril. Se sentó lo suficiente en el colchón para tomar a la reina de las nalgas y sentarla sobre su miembro, penetrándola sin demasiadas delicadezas. Nefer, su reina y hermana, gimió entre placer y dolor al notar la profundidad que Faraón alcanzaba en su interior. A partir de ahí, la mujer supo complacerle. Movió las caderas con lujuria para aumentar el placer mientras se aferraba con su torso al rostro de Hor, permitiéndole a este morder y lamer sus pechos mientras le apretaba con sus enormes y fuertes manos las nalgas a la hermosa mujer con la que ahora estaba casado y a la que había estado deseando desde su niñez. Fue rápido, fue intenso. Los jadeos de Nefer y sus gemidos se oyeron a lo largo de varios metros de pasillo mientras que llevado por la lujuria matutina y unos deseos irrefrenables, así como la enorme excitación que ella producía en su ser, no tardó muchos minutos en culminar con una explosión de su semilla en el interior de la mujer. Nefer no llegó a conocer el climax en ese instante, por lo que prosiguió moviéndose aún así sobre el pene de Hor, hasta que éste la detuvo -Suficiente, suficiente- rió él
-Oh... vamos... ¿No vas a ser un niño bueno...?- ella le mordía el cuello, los poderosos hombros, la oreja, los labios
-He dicho suficiente, Nefer- ipso facto, la mujer lo desmontó y se echó a su lado, con un rostro visiblemente airado y unos ojos furiosos. Cuando él la miró, como la mejor actriz del mundo, cambió su faz hasta ser la mujer más feliz y afortunada de la tierra
-¿Ha disfrutado mi Faraón?-
-Siempre. Te mueves como una serpiente y eso me encanta- le acarició el rostro maquillado
-Y muchas otras cosas que sé hacer- le besó, una vez más con pasión, pero Hor se levantó de la cama dejándola algo apartada. Tomó su blanco faldón y sus ornamentos dorados para vestirse como todo Faraón de su linaje hacía, a pesar de que no se puso la corona. Tomó el pequeño bastón heka que simblizaba el poder mágico y su divinidad y se dispuso a salir -¿Qué harás hoy, Faraón?-
-Voy a dar un paseo en el nilo. Estoy algo aburrido de estar entre cuatro paredes- comentó desenfadado
-Me consta que son pocos los días en los que estás encerrado- comentó ella con burla
-Y buena información es la que tienes, pero hoy me apetece cambiar de aires-
-Disfruta de los nuevos aires pues, mi Faraón y que los dioses te guarden- tal como ella entró en la habitación, fue Hor el que se marchó. Nefer en ese instante se llevó una mano a la entrepierna, molesta, para luego mirársela. No había sangre, pero le dolía. Ese maldito obstinado de su hermano era una bestia en todos los sentidos. Poco o nada le importaba el bienestar de los demás y mucho menos el del pueblo. La chica frunció el ceño y se dispuso a vestirse. Estaba herida en el orgullo. A pesar de las apariencias, ella era mayor que Hor por un par tres años y aún así, recordaba como ya desde que él apenas tenía 12 y ella 15, la sobrepasaba en estatura y fuerza y se entretenía jugando con los recién formados pechos de Nefer. Ella le guardaba un increible rencor por ello. Se sentía su esclava desde la niñez y ahora, la había convertido en su reina, para hacerla de nuevo su esclava de una forma más oficial y menos indecorosa ¿Hacerla llamar para que lo cabalgase durante unos minutos y la dejara impregnada con su impronta? Maldito sea él y su padre, que los engendró a ambos. Maldita también la ley egipcia, que nominaba al trono al varón debido a que una mujer no podía ocupar el lugar de Horus. Sin embargo, cuando ya estuvo completamente vestida, salió de la habitación y asomó a la grandeza de toda Tebas que se abría ante ella desde un alto balcón. Sonrió y rompió después en risas, aferrándose a la baranda. Respiró con profundidad el aire, mezclado con la fragancia de la lavanda que crecía en los campos junto al nilo y el aire caliente que llegaba desde más allá del poderoso río, del desierto más inclemente. El olor de su tierra. el olor de Egipto. El aroma de un imperio que deseaba proteger y cuidar de forma como nunca lo haría su hermano. Miró al cielo azul, a las pirámides lejanas, a las imponentes figuras de los altos dioses que poblaban las calles principales de Tebas hasta la entrada de la ciudad. Pronto, muy pronto, todo iba a cambiar.

En su paseo por el nilo, la barca de Faraón brillaba casi con luz propia por tantos ornamentos dorados. El monarca se dejaba descansar en una tumbona mientras dos esclavos le aplicaban agradables abanicaciones para mermar el calor y una sirvienta le ofrecía frutas de todo tipo. Uvas, en especial, era lo que agradaba al Faraón. Uvas que le sabían a buen vino, apetitosas y brillantes. Mientras tanto, se deleitaba contemplando la poblada orilla del nilo, llena de vegetación y vida salvaje. Sabía que bajo su monárquico trasero había cocodrilos también, por lo que oteaba el agua esperando ver a alguno entrar en acción, pero poco o nada consiguió ver. Pronto llegaría a la zona donde los hebreos estaban trabajando en la construcción de nuevas edificaciones junto a la orilla. Esperaba poder supervisar desde la barca y ver el trabajo de los capataces, pero sería obra de los dioses que lo bendijeron con un entretenimiento mayor hasta llegar al lugar deseado. Una mujer joven caminaba cerca de la orilla, a paso acelerado. Faraón sonrió al verla y extendió su mano para señalarla. El barquero acercó aún más la pequeña nave a la orilla y un sacerdote de Faraón llamó la atención de la chica -Eh, hebrea- señaló con algo de disidia -Faraón se encuentra ante ti- cuando la chica volteó para ver que efectivamente la barca del monarca egipcio había aparecido a su lado junto al río, se quedó petrificada -¡Muestra respeto!- ordenó el sacerdote, a la vez que veía como una enorme figura masculina se alzaba de entre las sombras de una tumbona. Era él. Hor, el Faraón, realmente era él en persona y se dirigía hacia ella con paso firme. La chica no tardó en echarse sobre la hierba, arrodillada y con la cabeza casi tocando el suelo. No era quién para mirarle, aunque no compartiera sus creencias. Conocía, eso sí, lo que pasaba si lo contrariaba
-¿Qué hace una mujer joven, hebrea, paseando a las orillas del río nilo a estas horas?- preguntó Faraón con voz amable y masculina. Shira no respondió -Contéstame- pidió con amabilidad. La chica entonces, con voz temblorosa, afirmó que intentaba ir a ver a su marido un instante -¿Marido? Hebreo supongo ¿Eres consciente de que está trabajando y no debe ser molestado?- había algo en su forma de hablar. Era grave, poderosa su voz, pero sin embargo no sonaba cruel. Si hubiese que juzgar a Hor por su voz simplemente parecía una oveja con piel de lobo, pero era todo lo contrario. Shira asintió y se disculpó cinco veces seguidas. Hor entonces reparó en la pequeña cesta que llevaba -¿Qué llevas, mujer?- Shira aseguró que sólo era pan -¿Pan...?- Hor arqueó una ceja. Shira perjuró que lo había elaborado ella con las ganancias que Faraón amablemente ofrecía a los trabajadores hebreos -Oh, comprendo- sonrió -Aún queda para llegar a la zona de construcción. Ven, mujer, acompáñame en esta travesía-
-¡Mi Faraón!- exclamó el sacerdote, calvo, anciano y con barbita de chivo -¿Vas a permitir que te acompañe una hebrea? Tu divinidad se podría ver claramente manchada por su inmundicia-
-Athot...- suspiró Hor -¿Quién soy, entre todos los hombres?-
-Faraón, mi rey, el rey de Egipto. La personificación de Horus en esta tierra que humildemente te sirve- recitó
-Entonces haz lo que Faraón ordena. Dejadla subir- el sacerdote asintió a regañadientes. Hor, en toda su altura, se agachó para tomar a Shira de la barbilla y la obligó a alzar la cabeza -Mírame a la cara si vamos a hablar- ella obedeció, para ver cómo Hor era realmente joven, algo más mayor que ella, sí, pero aproximadamente debía de ser similar en cuanto edad a aquel Medjay aturdido de la noche anterior. La miraba con ojos de león, con intensidad -Dime tu nombre- decía, perdido en los ojos de la chica. Ella respondió -Shira. Es... bonito. Acompaña a Faraón- declaró, para llevarla de la mano hacia la barca. Ella no podía negarse. Hor se recostó en la tumbona y a ella le ofreció sentarse junto a sus piernas, habiéndole hecho un hueco. Sentarse en ese lugar hizo que el corazón de la joven se desbocara. Sentía las miradas juiciosas de los sirvientes y del sacerdote, en especial, que parecía estar deseando decapitarla con cualquier objeto que tuviese a mano. Estaba cuestionando la divinidad de Faraón al sentarse junto a él pero... era él quien la obligaba. Si se negaba, sería peor, aunque aceptar de por sí ya era suficientemente malo.

Así pues, Shira se embarcó, literalmente, en uno de los momentos más incómodos que jamás habría podido vivir y que seguramente jamás viviría otro hebreo. El silencio era la única paz que ella sentía, suplicando al cielo que por favor, Faraón no tuviese nada que decirle. Y no era por desconfiar de Él, pero la chica sabía que efectivamente no tardaría en empezar la conversación -Shira- dijo entonces Faraón, confirmando lo que ella temía -¿Tienes hambre?- ella negó con la cabeza -Mírame cuando te hablo, mujer- dubitativa, obedeció. Contempló el rostro de Faraón mientras él sólo miraba sus ojos -Eres una mujer bella. Muy, muy bella- Shira quiso hundirse con los cocodrilos en ese preciso instante -Y una belleza así debe ser cuidada. Come, mujer- con un gesto de la mano, la sirvienta se acercó a Shira, ofreciendo de mala gana la bandeja de frutas frescas. La hebrea no pudo evitar sentir ansiedad al ver semejante selección de alimentos llamativos y con un olor fresco fascinante. La sirvienta egipcia, sin embargo, la miraba con celos y envidia. Ojalá, pensaba, Faraón siquiera la mirara cuando le hablaba. Hor era un hombre que rara vez mostraba respeto ante nadie, como personificación divina de Horus que era -Come- ordenó de nuevo Faraón -Prueba las uvas- Shira no tuvo más opción que tomar una de ellas y llevársela a la boca ¿Estaría envenenada? Quién podría saberlo salvo Faraón, pero lo que estaba claro es que estalló el sabor similar al vino en la boca. Casi podría haberse sonrojado de pura excitación. Estaba, sencillamente, deliciosa. La punzada de culpabilidad sin embargo le llegó ipso facto, pero Faraón ya sonreía -Imaginaba que te gustaría. Son mis favoritas- entonces, vio como el hombre alargó su poderoso brazo y tomó la cesta. Tomó uno de los panes y lo comió con total insensibilidad -Mmm...- masticó despacio, saboreando. Shira deseó poder haberle dicho que era para su marido -Está seco ¿Esto es lo que hacéis con el grano que os doy?- la ilusión de que era un hombre amable comenzó a desvanecerse -Aún así... está bien- confirmó, sorprendentemente, devorando el pan como una plaga maldita. Poco dejó del mismo, apenas un pequeño trozo que no alcanzaría a llenar el estómago de un perro -No te preocupes- sonrió -Era digno de tu esposo, estoy seguro. A cambio, como parece ser que me he excedido al comerlo, lo compensaré con frutas. Estoy seguro de que estará feliz, igual que tú- y su mirada en ese instante se volvió fiera, predatoria, como el león que observa detenidamente a la gacela.

El temido momento llegó entonces, cuando la barca real llegó a la orilla nuevamente. Desde ahí se podía ver a todos los trabajadores sufriendo una gran agonía. Látigos, golpes, insultos, gritos... era una tortura sin igual. Los hebreos cargaban piedras enormes en grandes rodillos hechos con madera para poder desplazarlas mejor, pero eso no restaba cansancio y esfuerzo en sus ya de por sí malogrados cuerpos. Shira se preparó para bajar, pero Faraón aún tenía un último espectáculo que dar. Por sorpresa para ella, para los esclavos y para los que le acompañaban en la barca, se acercó a la orilla junto a Shira. Inmediatamente, los capataces y la guardia se percató de la presencia del monarca y no tardaron en lanzar latigazos y voces para que absolutamente todos se postraran ante Faraón. Sin embargo, hubo un momento de dudas en cuanto los ojos cansados de aquellos sufridores vieron a una hebrea junto a él. Una hebrea que tenía la gran mano de Faraón apoyada sobre uno de sus hombros -Pueblo hebreo, gente de bien, mis trabajadores- dijo con veneno en la voz -Esta mujer, llamada Shira, viene en busca de su marido. Si le conocéis, hacedle llamar o si directamente estás presente, muéstrate- de entre la multitud, hubo un hombre que anduvo como un fantasma hacia Faraón hasta destacar. Ishmael estaba ahí, descamisado, sudoroso, con heridas en el rostro, manos, brazos y espalda. Miraba a Shira con total incomprensión -¿Tú eres él?- Ishmael asintió y se postró automáticamente en el suelo -Ella venía a verte, te traía alimentos. He mostrado benevolencia y le he ahorrado el peligroso paseo por las orillas del nilo, pues los cocodrilos acechan- la empujó con suavidad -Trae algo de pan- se dio la vuelta, con su cetro heka en la mano como muestra enorme de poder -Ah, y algo de fruta que le he obsequiado. El pan que cocina estaba delicioso- volvió a subir a la barca y se echó en la tumbona mientras los sirvientes le limpiaban las sandalias hasta la saciedad -Vámonos- ordenó, sin decir nada más. La barca comenzó a alejarse y Shira sólo podía sentir la miriada de miradas acusatorias y dolidas hacia ella. Empezando por la de su marido.

martes, 10 de octubre de 2017

Shira, junto con el resto de mujeres, observó apartada de la escena como los hombres ayudaban a aquel joven a sentarse sobre una de las sillas. Parecía mareado, dócil. No representaba ningún peligro aparente, y sin embargo, todos aguardaron la tensión allí. -Shira, sirve cerveza- ordenó Ishamel sin si quiera mirarla. La mujer tomó el jarro que había traído de su propio hogar, sirviendo el líquido sobre un plato de barro. Por primera vez. el hombre se movió por sí mismo. Tomó el cuenco y se lo llevó a los labios ante la atónita mirada de todos los presentes, que aún no sabían que pensar.
-¿Qué le ha pasado?- quiso saber la mujer
-Parece que se ha caído... del techo- respondió su esposo, algo confundido con sus propias palabras.
-¿Del techo? ¿Qué hacía ahí arriba?-
-Ha dicho algo de un pájaro...-
-Es un espía- medió Jeziel -No queda otra. No es de los nuestros. Los que no son de los nuestros están ocupados esta noche- al decir aquello, el invitado elevó la vista, algo más repuesto. Sólo dijo que se estaban equivocando con él -¡¿Equivocando?! ¡¿Quien eres tú entonces?!- el ánimo crispado de Jeziel asustó levemente a los niños, por lo que Maryam se encargó de encerrarlos a todos en la habitación. Incluso Shira estaba asustada, y eso es algo que Ishamel pudo comprobar solo con mirarla. Decidió apartarse del hombre y acercarse a ella, solo por si acaso. De mientras, el joven, se presentó como Rajay, un Medjay. Al decir aquello, el silencio reinó en el hogar. Shira tragó saliva, y no era la única que sabía quienes eran los Medjay. Poblados del desierto, como a los que una vez ella perteneció, con la diferencia de servir a Egipto, y a Faraón, como letales soldados, bajo el amparo de sus falsos dioses.
-Ishamel...- murmuró la mujer. El hombre interpuso su brazo entre ella y el invitado, por si ocurriese lo peor. Sin embargo, antes de que todo pudiese llegar a ser un malentendido, el joven volvió a hablar, aclarando que no estaba trabajando para Faraón en aquel momento. -¿Y que hacías ahí fuera? A las orillas del Nilo hay...- se atrevió a hablar la chica, que rápidamente sintió una leve presión en su pecho, llevada por el brazo de su esposo, quien le indicaba que se mantuviese en silencio. Calló, pero no evitó que ese tal Rajay respondiese a la pregunta. Expresando una media sonrisa, aseguró que la fiesta que ellos celebraban parecía mucho más entretenida que la que se estaba llevando a cabo en pleno centro de Tebas.
-No estamos celebrando ninguna fiesta- aclaró Ishamel -Sólo cenábamos entre vecinos- Rajay asintió. Se disculpó por haber estropeado la cena entonces, pues aquella no había sido su intención. Sólo paseaba, aprovechando la soledad de las calles, cuando un halcón le molestó, haciéndole caer del tejado.
-No suena nada convincente- añadió Jaziel, que echaba chispas por las orejas, exasperado.
-Ishmael- susurró la mujer, consiguiendo que su esposo prestase atención e inclinase la cabeza -Si quisiese hacernos algún mal... ¿No habría llamado a los soldados? ¿No nos habría sacado de aquí arrastras ya?- volvió a susurrar, esperando que nadie la oyese. Sin embargo, pudo darse cuenta de que Rajay la estaba observando, y por eso enmudeció. Ishamel, por su parte, reflexionó. El joven se puso en pie en aquel momento, dispuesto a marcharse. Agradeció la comida y la ayuda recibida por la caída. Cuando se dio la vuelta, todos observaron que tenía una leve herida que emanaba un hilillo de sangre el cual empezaba a mezclarse entre los cabellos despeinados. -Está herido...-
-Espera, Medjay- Ishamel dio un paso adelante. -Tienes una herida en la cabeza- Rajay se llevó la mano a la zona y la descubrió manchada de sangre. -Ha tenido que ser una caída pesada. Come más. Las puertas de nuestro hogar están abierta a los que las necesiten. Si Jeziel no lo desea, tienes la mía a tu servicio- Al decir aquello, Ishmael provocó que todos le mirasen. Shira, con una sonrisa en los labios, sintiendo el corazón cálido por los gestos de su esposo. Jeziel, por su parte, más ofuscado si cabía, sintiendo que le estaba dejando en evidencia ante los ojos de Dios.
-No, que se quede aquí, en mi casa. ¿No soy yo el anfitrión? Yo tampoco le negaré la comida y el techo a quien lo necesite... y crea en lo que crea- murmuró. Ante aquellas palabras, Rajay se detuvo, sonriente. Asintió y aceptó de buena gana aquella hospitalidad, no sin antes dar las gracias a quienes se la ofrecían. Volvió a tomar asiento, y con él, todos los demás, para terminar una cena que aún no había acabado. Aunque ahora, iba a ser bien distinta.

Los allí presentes comieron y bebieron, así como alimentaron a sus hijos cuando estos salieron, pero en el más completo de los silencios. Todos parecían ver cada vez más, que el Medjay era inofensivo, y sin embargo, ninguno se atrevía a hablar más de la cuenta en presencia de él. Y Rajay, se dio cuenta de ello. Quizá por ello, comenzó a hablar. Explicó que era la primera vez que compartía comida con hebreos, así como era la primera vez que mantenía una conversación fluida con los mismos. -Y espero que tu experiencia sea agradable- dijo Ishamel -No todos los egipcios desean hacer lo que tu haces, menos aun en los tiempos que corren- explicó. -Ojalá tengas la buena voluntad de decirlo entre los tuyos. Quizá ayudes a que... toda esta situación se relaje- Todos los hombres miraron a Ishamel con ojos llenos de intención. Rajay asintió. Estaba de acuerdo, tanto de ello, como del buen sabor de la cerveza -La ha hecho mi mujer, esta misma tarde. No está hecha del grano con el que cuentas, eso seguro, pero sus manos dan sabor- explicó. Shira sonrió ante aquel cumplido, avergonzada. Sin embargo, su sonrisa se apagó cuando el Medjay se excedió al desear unas manos tan habilidosas cerca de él. Realmente, era un comentario sin malicia alguna, pero pudo notar como su esposo se tensaba levemente junto a ella.
-Puedes comer lo que quieras, Rajay. No te cortes, por favor. No es demasiado laborioso hacer más- murmuró.
-Está claro que mi esposa es demasiado humilde. Realmente, se pasa toda una tarde trabajando para que la cerveza tome ese sabor- Todos rieron ante aquel comentario, excepto ella, pues su atención fue a parar a Haim. Una vez más, tiraba de su falda pidiendo comer. Shira lo colocó sobre su regazo, dándose cuenta de que el niño, cada vez dependía menos de su madre y más de ella. Hadassa estaba situada a una esquina de la mesa, con cara de aburrida. Realmente, no había dicho ni aportado nada en toda la noche. Sólo sabía quejarse. Pero ahora que Rajay estaba presente, lo seguía haciendo, pero para sus adentros.
-Ya has comido, Haim. Hasta mañana no habrá más pan- intentó explicarle al crío, temiendo que este fuese a romper en llantos ante la negativa. Entonces, el Medjay se puso en pie. Tomó el pan que había a su lado y lo colocó junto a la mujer, asegurando que si el niño tenía hambre, el primero que debía comer era él. Lo dijo con seriedad, mirando a los ojos a la chica, que no pudo hacer otra cosa que asentir y tomar un trozo para dárselo en pedazos al niño. Rajay sonrió satisfecho, volviendo a sentarse en la silla. Preguntó si el crío era hijo de ellos. Aquella pregunta provocó un nuevo silencio entre todos los presentes. Por primera vez, Hadassa puso atención. Pero justo antes de que respondiese, Ishamel se adelantó para decir que era de ellos. Shira pestañeó confundida, pero no quiso decir nada. Todos allí sabían que ella no podía tener hijos. Ishamel había negado una realidad. -¿Tu tienes hijos, Rajay?- El Medjay negó con la cabeza. Ni los tenía ni los esperaba, de momento. No tenía mujer, y por tanto, tener descendencia aún no estaba en sus planes, aunque la idea no le pareciese desagradable -Vaya...- Shira no sabía qué decir. Los hombres quienes había conocido, vivían para trabajar y que sus mujeres tuviesen hijos, a poder ser varios varones. Ella misma se casó con Ishamel para dárselos. Era algo vital. La razón de la vida. Y sin embargo, el Medjay hablaba de ello como si fuese algo secundario. Era... extraño.
-No sabes lo que dices, muchacho- comentó Jeziel -Tan mayor y sin hijos ¡Já! Yo tuve a mi primer hijo a los dieciséis años. Ahora tengo sesenta y creo que quiero uno más...- comentó, haciendo que su esposa levantase las cejas, asombrada.
-¡Jeziel!-
-¿Qué, mujer? ¿Ya no quieres que tengamos hijos?-
-No creo que sea el momento de hablar de ello-
-¡¿Y qué momento si no?! Cuando vuelvo a casa, siempre estás dormida-
-¡¿Y que culpa tengo yo si te entretienes por el camino?!-
-¡Bah!-
Aquella banal discusión, pareció quitar hierro al asunto de forma rápida. Todos rieron al ver tal escena, lo que provocó que las tensiones se liberaran y todos cenasen algo más a gusto. Incluida Shira, que por alguna razón, no quitaba ojo del invitado.

Conforme las conversaciones cambiaban y se amoldaban a las opiniones de cada uno, la cerveza se fue terminando y el pan quedando seco. Los hombres hablaban del trabajo, de la labor, de la familia, mientras Rajay escuchaba, curioso. Sus ojos parecían brillar con un destello de vida que a Shira también le atrapaba. ¿Quien era él? ¿Como debía pensar aquella cabeza que se mantenía silenciosa, ajena a dar su punto de vista de todo lo que los vecinos comentaban? La mujer desearía haberse quedado más tiempo en aquella reunión, oyendo la charla y dejándose llevar por la velada. Lo hubiese hecho, de no ser porque Ishamel se puso en pie y la instó a hacer lo mismo, tomándola del brazo. -Bueno, es muy tarde. Me vais a disculpar, pero estoy demasiado cansado. Mañana será un día duro si no regreso ya al hogar- explicó.
-Oh... ¿Ya? Quería oír a Jeziel contar la historia de como perdió el meñique del pie- comentó Hadassa entre gruñidos. La chica se había espabilado con las risas y ahora no quería dejar aquel ambiente tan familiar. Shira la entendía. Hadassa debía estar recordando a su pueblo, tanto como lo había estado haciendo ella durante toda la noche.
-Quédate un rato más, si Jeziel te lo permite. Nosotros nos vamos ya- Shira tomó en brazos a Haim, que desde hacía un rato se había quedado dormido en su regazo tras comer. -Hasta mañana. Y Rajay, me alegro de que estés mejor- dijo, justo antes de marcharse. La mujer no pudo tan si quiera despedirse. Ambos se marcharon hacia el hogar con un aire algo extraño entre los dos.

Al llegar al hogar, la oscuridad rodeó a la pareja. No se molestaron en encender un fuego, cuando la única actividad que quedaba por hacer era dormir. Ninguno de los dos dijo nada conforme se desprendían de algunos ropajes. Shira se sentó sobre el lecho cuando dejó a Haim sobre el suyo, cerca de ellos. Había algo que no paraba de preguntarse y no lo pudo contener. -¿Por que le dijiste al Medjay que Haim era nuestro hijo?- quiso saber mientras se quitaba el velo de la cabeza.
-¿A caso no lo es?- preguntó Ishamel con semblante serio.
-No... es tuyo, no mío-
-Pero vives bajo mi techo, comes el grano que traigo a casa y duermes en mi lecho. Ante los ojos de él, eres mi esposa. Y lo que haya aquí, en esta casa, es nuestro-
-No tiene nada que ver, Ishamel. Nunca presentas a Haim como hijo mío. Todos saben que yo... no puedo darte hijos- murmuró con rabia.
-¿Y que hay de malo en querer dar envidia a un egipcio que adora a unos dioses falsos?- se tendió en el lecho, observándola.
-¿Envidia...? Lo que has dicho es mentira.-
-No es mentira, sin embargo, que ese hombre te adoraba con sus ojos- aquella afirmación dejo a la mujer sin palabras.
-¿Qué?-
-Te miraba con el brillo con el que yo te miré cuando aún vivías en la casa de tu padre.- Shira sonrió.
-No te creo... Estoy sucia y despeinada. Hadassa es mas bella que yo-
-Pero tú eres única entre las demás mujeres-
-Así que estabas celoso- se carcajeó en voz baja.
-Sólo intentaba hacerle ver que yo soy más afortunado que él, aun siendo un esclavo- aseguró con voz fanfarrona. Aprovechando que Shira ya se había recostado, dio un rodeo y se colocó sobre ella. La besó con suma pasión y deseo, cosa que Ishamel no hacía desde hacía demasiados días. A ella le tomó por sorpresa aquella reacción. Llevó su mano al rostro del hombre que era su esposo. Más viejo, arrugado y canoso de lo que recordaba cuando se conocieron, pero su esposo a fin de cuentas. -Me castigo cada día por no ser capaz de hacerte feliz... si yo pudiera... si yo pudiera tan solo una sola vez...- murmuró -Todas las noches, desde hace años, le pido que me bendiga... pero él no me escucha-
-No te martirices más. Todo tiene una razón de ser. Él decide sobre nosotros. Si tu no puedes, Hadassa lo seguirá haciendo- aquellas palabras hicieron que Shira tragase saliva y cerrase los ojos. Definitivamente, Ishamel no llegaba a comprender su sufrimiento, ni tan si quiera un poco. Se lo hubiese explicado ella misma aquella noche, le hubiese dicho lo mal que se sentía, la miseria que sostenía, los celos, la envidia, la inaguantable sensación de ser una inútil en su vida, si no fuera porque Ishamel la calló a besos conforme la empezó a desnudar. Decidió guardar silencio, dado que aquellos momentos de intimidad ya eran raros entre ambos. Simplemente calló, una vez más.

Cuando despertó, Ishamel ya no estaba. Había dormido demasiado tiempo, a pesar de que Hadassa aún seguía haciéndolo en su rincón de la habitación. Shira se puso en pie rápidamente y acudió a la pequeña despensa. Tal y como sospechó, su esposo no se había llevado pan con él porque ya no quedaba a penas de la noche anterior. Había decidido dejar el resto para ambas mujeres y su hijo, y cargar él con el hambre.

Shira no pudo hacer otra cosa que ponerse manos a la obra. Con los pocos ingredientes que le quedaban, comenzó a hacer pequeños bollos planos de pan a toda prisa. Con suerte, al medio día ya estarían terminados y, dejando la casa a cargo de Hadassa, le podría llevar uno a las construcciones donde Ishamel servía a Faraón. Quizá fue por el encuentro de la noche anterior, o por su propia voluntad de no dejarse llevar por sus pésimos pensamientos, que hicieron que pusiese un esmero en el elaborado que hacía meses que no encontraba ya.  Tenía que darse prisa.


Y efectivamente, cuando cayó la noche, Tebas se sumió en un inmenso silencio conforme las huestes de Faraon salían por las grandes puertas en pos del caudal del Nilo, donde comenzarían a hacer sus ofrendas y celebrarían el descanso en la muerte de sus seres queridos, empezando por el propio monarca egipcio, quien debía su corona a la muerte de su padre no hacía más de un año. Prácticamente era aún un novato a pesar de tener edad más que suficiente para ser Faraon. Hor era su nombre, en honor a Horus. Un hombre enorme, de piel morena y cabellos largos, oscuros, ondulados. Sus ojos eran fieros como los de un león y tal era su sonrisa. No era extraño, por tanto, que de vez en cuando escaparan de palacios algunos cuchicheos que lo calificaban de "hermoso", aunque de ello poco o nada sabía Rash, que había dejado a su caballo atado en una caballeriza y deambulaba por las sombrías calles nocturnas de la inmensa capital. La ausencia casi total de personal era algo abrumador. El muchacho se cuestionó si merecía la pena por una simple festividad. Los menos favorecidos tenían la total y absoluta facilidad para entrar en domicilios ajenos a robar. Incluso podría robar al propio Faraón si así lo quisiera el propio Rash, pero por fortuna para ese grandullón, el Medjay no era en absoluto de esa clase de personas. Deambuló pues durante largos minutos, observando las casas como otras veces había hecho. Se permitió asomarse al interior de alguna sólo para ver cómo estaba distribuida y cómo se respiraba el ambiente familiar que, en el fondo, él anhelaba. Estaba cansado, en sus 30 años, de cabalgar, cruzar mares de arena y manejar el khopesh y el arco como modo de vida. Se maldecía a sí mismo y en ocasiones a los dioses, aunque fuese entre dientes por si así no le oían, por ser el hijo del jefe de la tribu Medjay. Estaba seguro de que si fuese hijo de Ator, Ahotep o Inharut no tendría por qué haber soportado un incansable entrenamiento día tras día. Suspiró y sacó la cabeza de aquella casa de clase media egipcia para seguir con su paseo nocturno. El silencio era abrumador y eso que no era total y absoluto. Aún si afinaba el oido podía oir lejanas pisadas de alguna pequeña patrulla que había quedado para proteger las calles y por supuesto, quedarían soldados en el hogar de Faraón para que no ocurriese tropelía alguna. Por otra parte, algo que también creyó oir, eran unas lejanas voces, muy, muy lejanas. Tan atenuadas eran que tuvo que escalar hasta los tejados de aquellas casas de clase media y prestar atención. Voces, risas... había gente ¿Pero quién? Los únicos que no habrían acudido son los soldados designados y aquellos que no comparten sus costumbres: hebreos ¿Pero y esas risas? Rash sabía la clase de vida que llevaban esas pobres almas. Esclavos, poco más, simples trabajadores, herramientas... ¿Y tenían ganas de reir? El muchacho sintió curiosidad de a qué venía semejante templaza en aquellos afligidos corazones. Sonrió y de salto en salto, fue cambiando de tejados rumbo a las viviendas hebreas, donde debía de encontrar el motivo de aquel buen humor.

Mientras tanto, en la casa de Jeziel, tal y como se había acordado, comenzaron a aglomerarse las distintas familias a las que podía invitar, mientras otras se reunían en otras y así, hasta que aquella noche ningún esclavo la pasaría solo. A Jeziel le hacía compañía su esposa Maryam y sus hijos Saul y Abel. Las risas en esa casa provenían precisamente de un efusivo saludo que Ishmael y Jeziel se permitieron, con un fraternal abrazo alegre como nunca pensaron que volverían a darse. Un día casi libres de trabajos. Casi ni recordaban los mordiscos del látigo en ese momento. Después de Ishmael, que acudía con Shira y Hadassa junto al pequeño Haim, llegaron un par de familias más que cabrían en la mesa para hablar, reir y dar gracias al cielo -Parece ser que vamos a estar algo justos de espacio- rió Jeziel -Espero que no os importe. Lo lamento-
-Oh, amigo mío, hermano mío, de verdad que no tienes nada que lamentar- sonrió Ishmael -Estamos de verdad muy agradecidos por tu hospitalidad, en esta noche de celebración familiar con nuestro señor-
-Amén- dijo Isaac, el cabeza de familia de otra de las familias
-Hemos traido cerveza, recién hecha de hoy mismo- añadió Ishmael señalando con el brazo hacia su esposa, que amable y sonriente depositó un enorme jarro sobre la mesa sobre la que se reunían
-Alabado sea- palmeó Ada, la esposa de Jeziel -Con los nervios se me pasó por completo hacer un poco- era una mujer aproximádamente de la edad de Shira y a pesar de eso, ya tenía arrugas en el rostro y canas sueltas por su hermoso cabello castaño. Era una sufridora, de las de verdad. Su hija Judit estaba enferma y aunque nadie hablaba de ello, las miradas que se depositaban en la joven, unos años mayor que Haim, eran tristes como una noche sin estrellas. A pesar de su edad apenas se movía, macilenta, como un gran trozo de ceniza sentada junto a su madre. Sonreía sin embargo, quizá inconsciente del castigo que Dios había dejado caer sobre ella por razón ninguna aparentemente. Shira quizá se sintió empática porque no tardó en restar importancia. Haría toda la que hiciese falta. Eran una comunidad que debían protegerse mutuamente, porque si algo estaba claro es que nadie más, salvo Elohim, lo haría. La más cruda de las verdades era, sin embargo, que en el silencio tenebroso que habita en el corazón de todo ser humano, había muchísimas dudas sobre la veracidad de la benevolencia de Dios y si habían sido abandonados a su suerte bajo la sombra de los falsos dioses egipcios
-En serio, Shira. De verdad, muchas gracias-
-Nosotros hemos molido el grano y traemos algo de pan. Unas gachas bien ricas- dijo la mujer de Isaac
-Por nuestra parte lo que hemos traido son sillas y otra mesa, de nuestra casa- dijo avergonzado Jeremía, el último en llegar con su esposa y tres hijos revoltosos -Para que haya espacio y... eso. También hemos traido pan-
-Sois todos fantásticos. Por favor, dejad de anunciar vuestras ofrendas, que no estáis aquí para eso. Hemos venido a celebrar este día, para rezar por los que ya no están y por nosotros, por nuestra salud y nuestra seguridad- el ambiente comenzó a relajarse y a hacerse jovial mientras unos se miraban a los otros con total comodidad, en armonía -Demosle las gracias a Él-

Mientras tanto, en el exterior, una sombra se extendía sobre el quicio de uno de los ventanucos. Oía las voces, las risas, las conversaciones, los rezos y las alabanzas. Rash no compartía su religión y estaba completamente convencido de que el dios hebreo no existía. De por sí, no era excesivamente devoto a sus propios dioses ya que siempre permanecían callados y ajenos a todo, pero ¿Un sólo dios que se ha ocupado de crearlo todo, de dar forma a todo y puede ocuparse de todo sin nada más? Rash lo negó por completo ¿Qué clase de dios disfrutaría de la soledad, cuando todo lo que sabe hacer es crear y destruir? Ambos conceptos son sólo divertidos cuando lo hacías en compañía, o esa era el pensamiento del medjay. Aún así, permanecía callado y en la oscuridad, amparado por la misma, atendiendo a las distintas costumbres del pueblo esclavo a las egipcias en cuestión de celebraciones. Hasta cantaban canciones a su dios. Rash llegó un poco a la conclusión de que si él fuera el dios de ese pueblo hebreo, le satisfacería que le cantasen canciones tan alegres y hermosas -Eres un cabronazo retorcido si no tienes intención de mover un dedo por esta gente- musitó echando un vistazo al gigantesco cielo estrellado -Nut... si el dios hebreo de verdad está ahí arriba, dile eso de mi parte- suspiró. Estuvo por apartarse de la ventana y marcharse, desanimado sólo por la idea de que no había experimentado nunca reuniones en comunidad de esa índole, en la que parecía haber buena voluntad y diversión inocente, por el mero hecho de disfrutar. Una presencia repentina fue la que impidió a Rash marcharse. Un aleteo inesperado casi lo sobresaltó, cuando alzó la cabeza para ver que ese miserable halcón acosador estaba en el techo de la casa de los esclavos, mirándole con suma curiosidad -¿Qué demonios haces aquí?- le masculló Rash al pájaro -¡Vete, largo!- el halcón ladeó la cabeza -Eso, lo que te digo. Lárgate de aquí. Vuela a tu casa- el ave castañeó el pico y lo miró atentamente -Mucho me temo que no eres consciente de tu situación. No me hagas echar mano del arco, rata voladora- le lanzó una piedrecita del suelo, que surcó el viento a gran velocidad pero le pasó de largo al pájaro. No tenía intención de herirle, realmente. El ave, aún así, se asustó y abrió las alas. Rash se sintió victorioso -Eso es, eso es. Vete, venga- tomó el arco y una flecha del carcaj y le apuntó, victorioso -Ra, Horus... patrañas. Simplemente eres un pájaro al que le gusta tocar las pelotas, pero no a mí- sonrió -¿Quién es el dios aquí, estúpido animal?- de pronto sintió el impacto pegajoso y blancuzco, el restallido de las heces del ave que se le había estampado por completo en la frente -¡Serás...!- le estaba costando mucho, demasiado, contener el tono de voz para no alarmar a nadie. Afortunadamente la animada charla en el interior de la casa prevenía el hecho de que fuese oido. El halcón de nuevo aterrizó con gracia sobre el tejado de la casasucha, donde se dedicó, nuevamente, a examinar al medjay. Rash trató de limpiarse pero no lo consiguió, no del todo al menos. Se quitó la inmundicia suficiente para que no le chorreara por la cara y miró al animal, esta vez sorprendido. La inteligencia que denotaba su mirada era colosal. Juraría que realmente era más listo que él mismo. Sin embargo, también apretó la mandíbula. Si no fuera porque era un estúpido pájaro, pensaría que con esa mirada ligeramente encogida y la forma de su pico de frente, se estaba desternillando a su costa, burlesco -Ahora sí que sí...- apuntó con la flecha y disparó. Una vez más, sus verdaderas intenciones no eran herir al ave, de forma que la flecha pasó silvando junto al plumaje del animal que se mantuvo quieto como una estatua, sin espantarse. Sólo miraba distraidamente de un lado a otro y castañeaba el pico -Oh... ¡Oh, jo, jo, jo! Eso sí que no ¿Ahora me ignoras? ¿Quién te crees que eres? ¿Maat?- soltó el carcaj, el arco y el khopesh en una esquina ensombrecida, oculto -Muy bien, mano a mano. Te reto, maldito pájaro. Sigue ignorándome, que voy a por ti- con sumo cuidado, Rash comenzó a trepar por la fachada de la casucha y trepó lentamente para no hacer ruido. Cuando llegó al tejado, el halcón estaba allí, moviendo las plumas de la cola con gracia y acicalándose las plumas de las alas como todo un faraón -Eso es... eso es... quieto...- un paso, dos, tres... le faltaba uno sólo para poder cogerlo. Estaba distraido y se aprovecharía. Una vez en sus garras, serviría para un riquísimo estofado. O eso pensaba, el iluso de Rajay. Cuando lanzó las manos hacia el ave éste abrió las alas y revoloteó con furia, gruñendo y graznando con enfado al rededor de Rash. El remolino de plumas y los arañazos ocasionados por las garras del halcón le hicieron perder conciencia del espacio y terminó resvalando. Gritó al sentir que caía. Un gran impacto contra el suelo embarrado. Rajay sentía lentamente cómo iba perdiendo la capacidad de ver con claridad. Se le aguaban y emborronaban, perdía la consciencia por el golpe. Sin embargo, juraría ante un tribunal de dioses, que ese halcón seguía allí, sobre el techo de la casa, observándole con ojos burlescos y divertidos.

-¿Chico? ¿Estás bien?- la voz sonaba hueca, reverberaba en su cabeza de forma dolorosa. Cuando abrió los ojos, se encontró rodeado por un grupo de personas. Los más próximos a él, eran cuatro hombres -¿Me oyes?- preguntaba Ishmael
-El pájaro... el pájaro maldito...- musitó
-¿Qué dice? ¿Está ebrio?- preguntó Isaac
-No huele a alcohol- señaló Ishmael
-Qué más da. Dejemosle ahí. Él sabrá lo que se hace- gruñó Jeziel
-¿Hablas con la verdad de tu corazón, Jeziel? ¿Dejarás al herido a su suerte? ¿Al juicio de los buitres?- preguntó Ishmael
-¿Qué buitres, Ishmael? Son altas horas de la noche y como mucho le dará un buen aguijonazo un escorpión incapaz de matar ni a una mosca. Es uno más de ellos ¿No lo ves? Es egipcio ¡Mira esa placa!- señaló a un brazalete que llevaba Rajay en el biceps izquierdo, dorado, con el emblema de Horus grabado en el mismo con sumo cuidado. Manos expertas hicieron ese brazalete, no un hebreo cualquiera. Obra de gente cercana al Faraón
-¿Un miembro de la guardia?- Ishmael se rascó la barba -No tiene pinta. Además no va vestido como los demás y no lleva su arma con él...-
-Volvamos adentro- terció Jeziel
-Jeziel por favor- suplicó Isaac -No podemos dejarle aquí-
-Elohim espera de nosotros humildad y ayuda al desfavorecido- suspiró Ishmael
-¿Llamas desfavorecido a un egipcio? ¿Tú, Ishmael?- Jeziel empezaba a montar en cólera -¿Es que acaso vas a echarte atrás?- aquella pregunta llamó la atención de Shira ¿Echarse atrás? ¿A qué se refería?
-Jeziel- corrigió velozmente Ishmael -No- dijo simplemente -Pero a este muchacho le ha ocurrido algo y no deberíamos dejarle a la interperie. Que entre, si me lo permites como buen amigo. Que beba de mi cerveza. Que se reponga y entonces se marche-
-¿Ninguno piensa en la posibilidad de que sea un plan de Faraón? ¿Un espía para ver si llevamos acabo, a su juicio, rituales herejes a nuestro falso Dios?- apretó los puños
-Que vea con sus ojos pues, que somos distintos a ellos, de ser así- sentenció el esposo de Shira
-Bah, haced lo que queráis, maldición...- blasfemó el hombre entrando en su casa, mientras Ishmael e Isaac ayudaban a Rash a ponerse en pie
-¿Puedes andar? ... ¿Y qué tienes en la frente, hijo mío?- se cuestionó alzando las cejas
-Ese... maldito pájaro...- murmuraba trastornado con la mirada perdida -Se burla de mí. Se burla de ti, se burla de todos...- finalmente Rash miró a los ojos a Ishmael, ensombrecido, como un loco -Me ha cagado en la cara, buen señor. Ese pájaro debe morir- hubo un instante de silencio
-...Ya. Pasa, chico, tómate algo y espabila. Te has debido de dar un buen golpe-

lunes, 9 de octubre de 2017

Los primeros rayos de sol se dejaron ver entre las cortinas raídas que decoraban las ventanas. Algunos, tropezaron con el rostro de Ishamel, quien dormía plácidamente junto su mujer. Aquellos rayos no eran más que una señal de que debía despertarse pronto y partir si no quería tener problemas. Tras fruncir el ceño varias veces y dar un par de vueltas sobre el lecho, se incorporó, despertando a Shira a su lado. -¿Ya te vas?- murmuró la mujer, quien aun no conseguía abrir los ojos por sí misma.
-Es tarde-
-Apenas a salido el sol-
-Lo sé, pero quizá él no, porque seguramente seguirá dormido- gruñó, rascándose la espesa barba que cada vez era más blanquecina que oscura.
-Espera... come algo antes de irte- Shira intentó salir del lecho, pero se vio rápidamente retenida por el brazo de Ishamel.
-Quédate un rato más. Si haces ruido, despertarás a Haim.- Shira dirigió rápidamente su mirada hacia un lado de aquel habitáculo. En un hueco profundo construído en la misma pared, dormía el pequeño con su madre, su verdadera madre. Shira suspiró pesadamente.
-No haré ruido- se soltó del agarre de Ishmael y se puso en pie con tranquilidad. Salió del habitáculo incluso antes que su esposo. Realmente, sabía que nada iba a despertar a Hadassa y su hijo, a no ser que fuese un ruido demasiado evidente. Tras desperezarse un segundo, acudió a la pequeña despensa que tenía la familia a un lado del fogón. De la misma, extrajo una cesta de mimbre lo suficientemente grande como para que su interior fuese pesado. La colocó sobre la mesa en la que comían y sacó de ella un pan ovalado y una cebolla dulce. -El pan es de ayer. Come un trozo y el resto llévatelo-
-Es tarde, Shira- insistió el hombre, que se estaba terminando de preparar para irse.
-Ishmael, por favor.-
-Shira...-
-¿Quieres desfallecer de hambre? ¿Quieres que los soldados de Faraón te traigan arrastras? O peor, ¿Que te dejen allí tirado a la espera de que yo deduzca que no puedes ni tan siquiera andar? ¿Es eso lo que quieres que vea Haim? ¿Que su padre no razona?- gruñó en voz baja, colocando las manos a cada lado de la cintura. Después, bufó. Estaba cansada y acababa de despertar. Desde que nació Haim, todos los días eran iguales, todas las mañanas eran similares. Siempre las mismas discusiones. Siempre igual. Ishamel, tras contemplar los ojos decididos de su esposa unos segundos, suspiró y terminó por ceder. -No te darán latigazos si lo comes por el camino, así no llegarás tarde- añadió. El hombre tomó el pan y la cebolla en silencio tras tomar un saco de tela. Introdujo los alimentos dentro y se lo colgó en el hombro. Shira lo acompañó hasta la puerta, donde pudo contemplar como todos los hombres de las viviendas colindantes ya partían y sus esposas les despedían. Ella no quería ser menos. - Ten cuidado-
-Sé cuidar de mi mismo-
-Tu sólo... tenlo ¿De acuerdo?- volvió a decir, esta vez con un deje preocupado, cruzada de brazos. Quizá aquel gesto ablandó el corazón de Ishmael, quien se inclinó para dar un beso a su mujer. Un beso corto, pero sincero. De esos que Shira apenas sentía últimamente. -Te echaré de menos-
-Cuidaos vosotras también- terminó por decir. El hombre se marchó, junto con la mayoría de los hebreos adultos y no tan adultos que marchaban a la par hacia el mismo lugar. Shira lo observaba, con el corazón encogido, como cada día, como todas las esposas, quienes sentían que algún día... todo iba a acabar mal.

El sol ya estaba en lo alto del cielo, brillando fuerte y despejado de toda nube, cuando Hadassa despertó, y con ella, Haim. El chiquillo, de apenas un año, correteaba por la vivienda lleno de vitalidad y salud, cosa que era agradable de ver, aunque no tanto como sus gritos y exigencias. Era un pequeño malcriado para la corta edad que tenía, pero Shira no le culpaba. Le observó mientras preparaba cerveza ensuciándose ambas manos. La educación no corría de su cargo, ni si quiera del de ella misma, sino del de su prima. La joven mujer se desperezaba conforme corría la cortina que separaba la habitación de la cocina. Tenía un rostro saludable y sus cabellos rizados eran brillantes, tanto, que Shira sintió celos, porque conservaba esa belleza a pesar de que se doblaba a sí misma, como si estuviese cargando un gran peso con ella. Su vientre estaba abultado, pero no tanto como para sentir aquella molestia. Sólo de pensarlo, Shira sintió un pellizco en el corazón. Un pellizco que aun no llegaba a controlar.
-¿Ya se ha ido Ishmael?- preguntó aun anonada.-
-¿Has visto donde está el sol? Hace horas que se marchó-
-No me he dado cuenta... supongo que el embarazo está provocándome demasiado sueño- se quejó, sentándose en la silla.- Al oírla, Shira puso los ojos en blanco aprovechando que estaba de espaldas a ella, trabajando en la cerveza. -¿Me traes pan?-
-Está ahí mismo, Hadassa. Puedes cogerlo tu sola-
-Me cuesta levantarme ¿No me ves?-
-Te veo cada día, prima. Descuida- Para sus adentros, pensó que no le quedaba más remedio que verla. -Pero si te fijas tú, tengo las manos sucias- Tras unos segundos en silencio, Hadassa chasqueó con la lengua y terminó por coger el pan ella misma.
-El niño va a nacer cansado- Shira tragó saliva. Cada vez le costaba mas contener la compostura. -Ishamel me culpará a mi, pero le diré que has sido tú. Se supone que estoy aquí por esto. Tienes que ayudarme con el embarazo-
-Hadassa, cállate... por favor, come en silencio-
-Yo no tengo la culpa de que no puedas comprenderme-
-Hadassa...-
-Si lo hubieses vivido, entenderías lo cansado que es-
-¡Prima, por favor!- esta vez si se volvió para mirarla. Estaba exasperada, cansada de oírla día tras día quejarse de todo y humillarla con esa falta de respeto. -Come en silencio- Hadassa puso mala cara y comió callada un poco de pan. Shira se dio la vuelta para volver a su labor. Sin embargo, sabía que el silencio no era una virtud que Dios le hubiese dado a la joven muchacha. De mientras, Haim comenzó a llorar. Tenía hambre y se lo dejaba ver a su madre con su llanto, pero ésta, parecía no hacerle caso. Estaba tan centrada en sus pensamientos, que ignoraba a su propio hijo.
-Me traíste hasta aquí porque no cumples tu función como mujer. Estoy lejos de mi familia porque estas vacía por dentro. ¿Y que tengo a cambio? Una vida de esclava, comiendo un pan que siempre está seco, y encima, sin contar con la ayuda de quien debería deberme su vida por lo que estoy haciendo-
-¡Hadassa! ¡¡¡Cállate!!!- Shira la miró con ojos furiosos y la mano cargada de mejunje a punto de convertirse en cerveza. Estuvo a punto de tirarselo a la cara, pero consiguió contenerse a pesar de todo. Sin embargo, lo que no pudo contener fue la intensidad del grito. Chilló tanto que Haim se asustó y su llanto se formó aún más intenso.
-Quizá Él te ha castigo por ser tan insolente- Tras lanzar aquella afirmación, se puso en pie sin esfuerzos y salió de la casa, abandonando a su hijo y el pan a medio comer. Shira bajó la mano e intentó controlar su respiración, pues sentía que se le iba a salir el corazón del pecho. Había estado a punto de agredir a su prima, a la madre de los hijos de su marido. ¿Que cara pondría él si la hubiese visto? Qué vergüenza.

Sintió que las manos de Haim tiraban de su vestido. Estaba hambriento y asustado, por lo que Shira lo tomó en sus brazos y tras sentarse en la silla, le colocó sobre su regazo. Aun temblando, despedazó el pan con las manos y se lo fue dando al niño por aquellas zonas donde mas blanda era la miga. Mientras comía, le acarició el pelo. Se parecía mucho a Ishmael y tenía mas bien poco de Hadassa. Los cabellos oscuros y los ojos del color de la noche, hacía que se reflejase como una imagen exacta de su marido, y aun así, no terminaba de sentir a Haim como suyo a pesar de que le quería. Porque no le había parido, porque no había salido de sus entrañas muertas, sino de las de su prima, tan jóvenes como ella. Se le escapó una lágrima rebelde que se derramó por su rostro. ¿Cuanto más podría aguantar?... ¿Cuanto más podría fingir?

Hadassa regresó a la vivienda para almorzar y esta vez sí, se mantuvo en silencio. Se dedicó durante toda la tarde a hacer nada, mientras que Shira solo trabajó en elaborar comida y tener la vivienda servicial para el regreso de Ishamel. Si bien no le esperaban ambas mujeres hasta la caída de la noche, a media tarde, él mismo abrió la puerta del hogar, sobresaltando a su mujer, quien se temió lo peor al verle allí. -¡Ishmael! ¿Que haces aquí? ¿Estas bien?- asustada, se acercó a él. Le despojó del pañuelo que tenía en la cabeza y le examinó concienzudamente. No tenía heridas. Al contrario, él sonreía.
-Los soldados nos han echado del campo-
-¿Echado? ¿Como es posible?- Dadas las voces, Hadassa apareció en la cocina para saber qué ocurría. -¿Que ha pasado?-
-No quieren que los hebreos estropeemos su preciosa fiesta. Sería una ofensa-
-Habla claro ¿Que ocurre?-
-Es luna nueva. Faraón ha elegido esta noche como propicia para adorar a sus falsos dioses. Por lo visto, hará una visita al Nilo y llevaran a cabo sus brujerías y sus malditas mentiras, por lo que tener a esclavos cerca sería algo así como... una imagen horrible-
-¿Entonces?- quiso saber Hadassa
-Tenemos el resto del día libre. Yo y todos.- sonrió con euforia, tomando a Haim y colocándoselo sobre los hombros -Los hombres y yo hablábamos mientras regresábamos de cenar esta noche todos juntos. Hay que dar las gracias por lo que tenemos y aprovechar para orar por lo que vendrá- explicó, dirigiendo la mirada al vientre abultado de Hadassa -¿Que os parece?-
-Bien, pero ¿Donde? ¿Donde nos vamos a reunir? ¿Y si los soldados nos descubren?-
-La casa de Jeziel es la mas grande. Y tranquila, los soldados estarán demasiado ocupados con Faraón- Shira sonrió aliviada. Por alguna razón, la idea le apetecía demasiado. Quería desconectar, pasar la noche sonriendo en compañía de su marido y nada más.
-Entonces... ¿Hay que llevar comida? Claro que sí. He hecho cerveza ¿Servirá?-
-Claro que sí, mujer- Inesperadamente, Ishamel tomó a su mujer de la cintura y se la apegó, gesto que a Shira le gustó. -Esta noche daré las gracias por teneros conmigo y pediré que esta tortura de vida termine pronto... Él nos oirá... Y tendremos la vida que te prometí- Shira sonrió, deseando que eso fuese verdad. -Él nos ayudara... algún día nos ayudará...-