Las altas dunas de arena amortiguaban el paso ligero de los caballos, que torpemente se debatían a cada pocos metros por mantenerse en pie. La noche aún era oscura y poco más que las antorchas que portaban los jinetes eran suficiente para poder ver a a pocos metros a la redonda. Sin embargo, sabían de sobra hacia dónde se dirigían y la cercanía del alba ya permitía vislumbrar, en el horizonte, aquella pirámide. Colosal como sus hermanas en distintos lugares del imperio, aquella era el único objetivo del hombre que presidía la comitiva a caballo. Allí le esperaban sus hermanos, otros sacerdotes como él, versados en la magia, inteligentes, influyentes, poderosos. Desmontar fue todo un placer para sus músculos y huesos, que empezaban ya a estar bastante envejecidos, pues era alguien mayor aunque no se le reconociera con los vistosos ropajes que portaba. Se vestía con una larga túnica negra que le cubría absolutamente todo el cuerpo y su rostro lo protegía una máscara de faraón, antigua, negra, quebradiza. Una capucha ocultaba el resto de su cabeza. No había vestigio alguno de su identidad a disposición siquiera de sus guardianes, que le habían seguido a caballo y ahora aguardarían fuera de la gigantesca cripta, junto a otro grupo de hombres armados que esperaban fuera junto a varios caballos. Todos sus hermanos ya aguardaban dentro.
Atravesó los largos y hediondos pasillos tallados con cuidado con mil y un jeroglíficos que narraban hechos acontecidos, experiencias, vivencias y rezos por el alma del faraón antiguamente enterrado en esa pirámide, aunque poco más que un sarcófago vacío habitaba aquella gran recámara que era el núcleo de la pirámide. Ese mismo sarcófago les servía como referencia como centro de la sala y como punto de reunión. Siendo así, cuando el enmascarado alcanzó la sala con paso taimado, varias figuras ataviadas de la misma forma que él se giraron al unísono, fantasmagóricos, para dirigirle la mirada -Llegas tarde- dijo una voz serena, calmada, de hombre
-A veces el tiempo es inclemente, como lo es el desierto, al igual que el propio ciclo de la vida. Y el tiempo, hermano mio, mella mis cansados huesos- terció sereno el recién llegado
-Ya estamos todos entonces- dijo una voz de mujer tras una de las máscaras. Unos vivaces ojos avellana observaban a los presentes -¿Vamos a comenzar, por fin?-
-No será hoy, Serpiente- afirmó con rotundidad el recién llegado, negando con la cabeza -Pero pronto-
-Han transcurrido años desde que formo parte de esta asamblea y aún no hemos dado el primer paso hacia delante ¿Me estáis haciendo perder el tiempo, acaso?- masculló exasperada
-Los colmillos ponzoñosos de la sierpe comienzan a mostrarse- gruñó otro de los presentes. Seis en total
-Y son sólo mostrados para morder- ella miró al último en gruñir -¿Anhelas el veneno, Sobek?-
-Basta- terció el recién llegado, anciano y líder de la asamblea -Guarda tu lengua bífida y deja de lados tus siseos, Serpiente-
-Sigo sin estar conforme, Hastur, con que desconozcamos el nombre de esta mujer- se quejó Sobek -¿Por qué sólo tú? ¿Por qué la trajiste?-
-Ella es más valiosa y útil de lo que serás tú de momento, Sobek. Guarda silencio, respétala, y no la provoques. Ninguno sabréis tampoco su nombre hasta que llegue el momento-
-Así es- afirmó ella, altiva, alzando ligeramente el rostro con orgullo -Y por mi valía, sugiero que comenzemos de una vez con los preparativos. Quiero reformar Egipto. Quiero realzar este imperio de una buena vez-
-Todo se hace esperar, pero las ruedas giran como la barca de Ra cruza el cielo cada nuevo día. Sólo necesitamos al marcado y una portadora. Nuestro Dios no puede venir de cualquiera. Debe ser poderoso en el plano físico hasta que crezca y adquiera todos los dotes que posee en divinidad. Un cuerpo descendiente de alguien capaz de soportar la carga... y la Orden no deja de ponernos trabas-
-¿Nos han encontrado?- se ensombreció Anur, otro de los presentes -¿Saben quienes somos?-
-No- negó Hastur -Aún no, pero se mueven en las sombras como nosotros. Nuestra lucha de poder aún se decanta hacia nosotros, pero debemos apresurarnos- se hizo un breve silencio cuando, a partir de un pequeño recobeco entre las piedras que conformaba la pirámide, una fina linea de luz se coló en la cuasi total oscuridad de la cámara. Firmemente, el haz de luz solar iluminó por completo el sarcófago -Es hora de marchar- para ellos, simbolizaba el fin de la reunión
-Nos has hecho perder el tiempo, Hastur- terció Serpiente -Ha sido una pérdida de tiempo ¿Cuanto hemos estado reunidos? ¿Minutos?-
-Lo lamento, hermanos. La próxima vez estaré aquí el primero. Sólo aguardad- todos asintieron, salvo Serpiente. La mujer consideraba que si ella era la más valiosa del grupo, ella debía ser la líder. De hecho, estaba segura de que si ella liderara la asamblea, las cosas serían muy diferentes y posiblemente, ya habría una mujer esperando a dar a luz dentro del sarcófago al Dios que renovaría Egipto -Nos reuniremos en breve. Y esta vez tendremos las dos herramientas que nos faltan- dando pasos hacia atrás, hacia la oscuridad, alejándose del sol, cada miembro desapareció fundiéndose en la penumbra.
Esa misma mañana, mientras el sol ascendía, pintaba el cielo de Egipto de un azul tan hermoso, claro e intenso como pocas veces se había visto. Sí, Egipto era un lugar donde el sol brillaba con fuerza, pero el cielo muchas veces se veía embotado por su luz, por el calor y la fuerza de Ra. Sin embargo, ese día el Dios celeste debía estar calmado y de buen humor, pues una mañana preciosa daba los buenos días a toda persona que habitaba el imperio. Mas fue a Rajay, Rash para su familia y gente cercana, quien fue visitado por un buen o mal presagio. Despertó en su tienda de campaña, allí donde habitaba su tribu Medjay. Eran pocos, y cada vez menos. Al menos debía de haber unas 50 tiendas y pronto serían menos. Pocos niños formaban parte de la tribu y varios alcanzarían dentro de poco la ancianidad, sin posibilidad de poder trabajar demasiado para la convivencia. El muchacho se desperezó como solía hacerlo, estirando los brazos hacia el techo de la tienda mientras bostezaba con fuerza. Fuera se oía el deambular de los demás miembros de la tribu. Oía las risas y juegos de los pocos niños que había. De haber sido un día más, habría salido de la tienda como siempre iba vestido, con unos largos faldones blancos, arapientos y raidos y el torso desnudo, que a menudo cubría con una capa del mismo aspecto que los faldones. No obstante, lo retuvo algo. Un ligero movimiento. Un aleteo curioso y vivaz. Cuando giró el rostro para encarar a su invitado, se quedó helado. Un precioso halcón blanco con vetas doradas en las plumas lo miraba con curiosidad tan de cerca que el susto no se hizo esperar -¡Ra! ¡Horus!- vociferó. Su voz se oyó desde fuera. Apresuradamente, el padre de Rash, Ossar, entró en la tienda
-¿Qué ocurre, Rash? ¿¡Qué pasa!? ¿¡Qué...!? ¡Oh!- el halcón, asustado por los gritos de Rash y Ossar, comenzó a revolotear y a abofetearlos con sus gloriosas alas. Finalmente, el bello animal pudo salir al exterior, dejando a padre e hijo aturdidos en el interior de la tienda -Por los miembros incorruptos de Osiris ¿Qué hacía un halcón en tu tienda, muchacho? ¿Ahora te dedicas a cazar pájaros?-
-Yo no cazo aves- dijo de mala gana, sacudiéndose plumas de encima -No tengo ni la menor idea de cómo ha entrado. Cuando me acosté anoche no estaba aquí-
-El muy cernícalo buscaría refugio en la noche y...- decía mientras salía de la tienda Ossar, seguido por su hijo -Vaya...- se quedó helado viendo como el ave, de forma inteligente, los observaba posado sobre una estatua que habían construido en honor a Ra, el Dios celeste. Era una estatua mediana, del tamaño de un hombre adulto, esculpida con barro mayormente, al que solían rezar. Los miembros de la tribu rodeaban la estatua. Era como una señal divina. Algunos se arrodillaron y ofrecieron humildemente sus servicios al halcón, al que llamaban Ra, Horus y demás, sin mediar segundos pensamientos
-Eh, oid ¿Qué hacéis?-
-¡Oh, padre Ra! ¡Nuestro señor ha venido para bendecirnos!- reía uno de los ancianos -Bríndanos prosperidad, Gran Señor, bríndanos de la muerte la resurrección ¡Danos hijos, que perpetue nuestro pueblo!- rezaba el hombre, pero el halcón no quitaba vista de Rash. Giraba la cabeza a veces de forma graciosa, ahuecaba las alas y castañeaba el pico
-Ese pájaro...- arqueó la ceja el muchacho
-¿De verdad que no es tuyo, hijo?-
-Lo prometo. Yo no tengo más animales que a Senua- la señaló, su yegua, que distraidamente olfateaba la arena. El halcón, sin embargo, voló desde la estatua hacia el brazo señalante de Rash, posándose en él y dando un salto hacia el hombro
-Oh...- murmuraron los Medjay -Rajay... ¡Has sido elegido!-
-¿Eh?-
-¡Estás siendo bendecido por Ra!- señalaron muchos -¡La obeja negra será nuestra salvación!-
-Ha debido de hacer más calor de la cuenta en vuestras tiendas...-
-Hijo- la mano poderosa de Ossar se posó sobre el hombro libre del muchacho. El halcón jugueteaba con el pelo de Rash -¿Estás planteándote lo que esto puede significar?-
-¿Que un pájaro molesto se ha encaprichado con algun bicho que tenga en el pelo? Estate quieto ¿Quieres?- regañó al halcón, apartándolo de su pelo. El ave graznó disconforme
-¡Respeta la voluntad de nuestro Dios!- gritó una mujer -¡No lo hagas enfurecer!-
-¡Que es sólo un pájaro dichoso!- se llevó una mano a la frente, exasperado, Rash
-Rajay, hijo mío. Esto puede ser lo que hemos estado esperando. Y tu gran momento. Ha llegado el día señalado por los Dioses para que formes parte de algo más grande...- decía convencido y complacido Ossar
-No pienso formar parte de algo más grande que no sea mi propia familia- contestó con inquina el joven
-Es el destino que te aguarda, Rash-
-Eso es lo que tú quisieras... Un momento, ahora lo entiendo- sonrió
-¿Qué?-
-Tú me has metido a este pájaro en la tienda ¿No?- de su padre, pasó a mirar a los demás -¿Esto es lo que planeabais? ¿Que me creyera un elegido del cielo? ¿Para que cumpliera con las expectativas de la tribu?-
-Te equivocas hijo-
-Ahora entiendo por qué el halcón es manso- con cuidado para no lastimarlo, Rash se lo quitó del hombro y lo soltó al vuelo. El ave volvió a la estatua, arrancando vítores y alabanzas a los Medjay. Rash suspiró
-Hijo, estás cometiendo un grave error si ignoras estas señales-
-¡Ya es suficiente!- se enfureció -No puede pasar ni un sólo día ¡Ni un maldito día! En el que no vengas detrás de mí intentando tentarme como un maldito demonio de las dunas para que siga tus pasos ¡No!- vociferó, acallando las alabanzas al halcón. Todos los ojos se posaron en Rash -No quiero formar parte de esta tribu. No quiero perpetuar la sangre de un pueblo nómada, surcadunas, que no tienen nada que llamar hogar o familia-
-Este es tu hogar, esta es tu familia- señaló Ossar a los demás miembros de la tribu
-Los Medjay ya no somos lo que éramos, padre- señaló serio Rash -Y esta no es la vida que quiero vivir- echó a caminar hacia Senua, su yegua. Cogió su khopesh, su arco y su carcaj de flechas, que se echó a las espaldas
-¡Rajay!- rugió esta vez su padre -¡En este mundo en que vivimos uno no está destinado a elegir la vida que vive, sino la que te ha sido otorgada! ¿Qué piensas hacer? ¿Ir a Tebas y decirle a Faraón que has decidido que no quieres ser un cazador y explorador, que prefieres sentarte en el trono de los dioses y ser el nuevo monarca de Egipto?-
-No hay más ciego que quien no quiere ver, padre- montó a la yegua -Tampoco pretendo ser Faraón. Antes me perdería en el desierto por el resto de mi vida, que dirigir todo un imperio de mentiras, luces y sombras- Ossar le miraba con ojos de fuego
-Desmonta ahora mismo y ven conmigo. Eres un maldito hombre, Rajay. Hace muchos años que eres un hombre y he sido permisivo contigo durante tantos años...- bufó -Si no tomas el camino que te ha sido destinado, me temo que serás forzado a ello. Nuestra gente nos necesita. Te necesitan-
-No- negó, burlesco -Tú me necesitas para continuar con un camino que tú has elegido. La tribu, la Orden, todo me da igual, padre. Lo que quiero no lo encontraré aquí, ni en el desierto, ni en el trono de Faraón. Algún día, quizá entiendas qué es lo que siempre he buscado y lo que seguiré buscando aunque tenga que hacerte frente por el resto de mis días- instó a la yegua a cabalgar y el animal empezó a moverse, alejándose de la tribu hacia el desierto. Los demás miembros murmuraban entre sí, como de costumbre, como cada nuevo día en que Rash y Ossar discutían sobre el futuro del hijo del líder de la tribu. Ossar, avergonzado, permaneció quieto viendo como la figura de su hijo se difuminaba en el abrasador horizonte de arena apretando los puños. Nadie se percató de que el halcón había desaparecido.
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