Shira, junto con el resto de mujeres, observó apartada de la escena como los hombres ayudaban a aquel joven a sentarse sobre una de las sillas. Parecía mareado, dócil. No representaba ningún peligro aparente, y sin embargo, todos aguardaron la tensión allí. -Shira, sirve cerveza- ordenó Ishamel sin si quiera mirarla. La mujer tomó el jarro que había traído de su propio hogar, sirviendo el líquido sobre un plato de barro. Por primera vez. el hombre se movió por sí mismo. Tomó el cuenco y se lo llevó a los labios ante la atónita mirada de todos los presentes, que aún no sabían que pensar.
-¿Qué le ha pasado?- quiso saber la mujer
-Parece que se ha caído... del techo- respondió su esposo, algo confundido con sus propias palabras.
-¿Del techo? ¿Qué hacía ahí arriba?-
-Ha dicho algo de un pájaro...-
-Es un espía- medió Jeziel -No queda otra. No es de los nuestros. Los que no son de los nuestros están ocupados esta noche- al decir aquello, el invitado elevó la vista, algo más repuesto. Sólo dijo que se estaban equivocando con él -¡¿Equivocando?! ¡¿Quien eres tú entonces?!- el ánimo crispado de Jeziel asustó levemente a los niños, por lo que Maryam se encargó de encerrarlos a todos en la habitación. Incluso Shira estaba asustada, y eso es algo que Ishamel pudo comprobar solo con mirarla. Decidió apartarse del hombre y acercarse a ella, solo por si acaso. De mientras, el joven, se presentó como Rajay, un Medjay. Al decir aquello, el silencio reinó en el hogar. Shira tragó saliva, y no era la única que sabía quienes eran los Medjay. Poblados del desierto, como a los que una vez ella perteneció, con la diferencia de servir a Egipto, y a Faraón, como letales soldados, bajo el amparo de sus falsos dioses.
-Ishamel...- murmuró la mujer. El hombre interpuso su brazo entre ella y el invitado, por si ocurriese lo peor. Sin embargo, antes de que todo pudiese llegar a ser un malentendido, el joven volvió a hablar, aclarando que no estaba trabajando para Faraón en aquel momento. -¿Y que hacías ahí fuera? A las orillas del Nilo hay...- se atrevió a hablar la chica, que rápidamente sintió una leve presión en su pecho, llevada por el brazo de su esposo, quien le indicaba que se mantuviese en silencio. Calló, pero no evitó que ese tal Rajay respondiese a la pregunta. Expresando una media sonrisa, aseguró que la fiesta que ellos celebraban parecía mucho más entretenida que la que se estaba llevando a cabo en pleno centro de Tebas.
-No estamos celebrando ninguna fiesta- aclaró Ishamel -Sólo cenábamos entre vecinos- Rajay asintió. Se disculpó por haber estropeado la cena entonces, pues aquella no había sido su intención. Sólo paseaba, aprovechando la soledad de las calles, cuando un halcón le molestó, haciéndole caer del tejado.
-No suena nada convincente- añadió Jaziel, que echaba chispas por las orejas, exasperado.
-Ishmael- susurró la mujer, consiguiendo que su esposo prestase atención e inclinase la cabeza -Si quisiese hacernos algún mal... ¿No habría llamado a los soldados? ¿No nos habría sacado de aquí arrastras ya?- volvió a susurrar, esperando que nadie la oyese. Sin embargo, pudo darse cuenta de que Rajay la estaba observando, y por eso enmudeció. Ishamel, por su parte, reflexionó. El joven se puso en pie en aquel momento, dispuesto a marcharse. Agradeció la comida y la ayuda recibida por la caída. Cuando se dio la vuelta, todos observaron que tenía una leve herida que emanaba un hilillo de sangre el cual empezaba a mezclarse entre los cabellos despeinados. -Está herido...-
-Espera, Medjay- Ishamel dio un paso adelante. -Tienes una herida en la cabeza- Rajay se llevó la mano a la zona y la descubrió manchada de sangre. -Ha tenido que ser una caída pesada. Come más. Las puertas de nuestro hogar están abierta a los que las necesiten. Si Jeziel no lo desea, tienes la mía a tu servicio- Al decir aquello, Ishmael provocó que todos le mirasen. Shira, con una sonrisa en los labios, sintiendo el corazón cálido por los gestos de su esposo. Jeziel, por su parte, más ofuscado si cabía, sintiendo que le estaba dejando en evidencia ante los ojos de Dios.
-No, que se quede aquí, en mi casa. ¿No soy yo el anfitrión? Yo tampoco le negaré la comida y el techo a quien lo necesite... y crea en lo que crea- murmuró. Ante aquellas palabras, Rajay se detuvo, sonriente. Asintió y aceptó de buena gana aquella hospitalidad, no sin antes dar las gracias a quienes se la ofrecían. Volvió a tomar asiento, y con él, todos los demás, para terminar una cena que aún no había acabado. Aunque ahora, iba a ser bien distinta.
Los allí presentes comieron y bebieron, así como alimentaron a sus hijos cuando estos salieron, pero en el más completo de los silencios. Todos parecían ver cada vez más, que el Medjay era inofensivo, y sin embargo, ninguno se atrevía a hablar más de la cuenta en presencia de él. Y Rajay, se dio cuenta de ello. Quizá por ello, comenzó a hablar. Explicó que era la primera vez que compartía comida con hebreos, así como era la primera vez que mantenía una conversación fluida con los mismos. -Y espero que tu experiencia sea agradable- dijo Ishamel -No todos los egipcios desean hacer lo que tu haces, menos aun en los tiempos que corren- explicó. -Ojalá tengas la buena voluntad de decirlo entre los tuyos. Quizá ayudes a que... toda esta situación se relaje- Todos los hombres miraron a Ishamel con ojos llenos de intención. Rajay asintió. Estaba de acuerdo, tanto de ello, como del buen sabor de la cerveza -La ha hecho mi mujer, esta misma tarde. No está hecha del grano con el que cuentas, eso seguro, pero sus manos dan sabor- explicó. Shira sonrió ante aquel cumplido, avergonzada. Sin embargo, su sonrisa se apagó cuando el Medjay se excedió al desear unas manos tan habilidosas cerca de él. Realmente, era un comentario sin malicia alguna, pero pudo notar como su esposo se tensaba levemente junto a ella.
-Puedes comer lo que quieras, Rajay. No te cortes, por favor. No es demasiado laborioso hacer más- murmuró.
-Está claro que mi esposa es demasiado humilde. Realmente, se pasa toda una tarde trabajando para que la cerveza tome ese sabor- Todos rieron ante aquel comentario, excepto ella, pues su atención fue a parar a Haim. Una vez más, tiraba de su falda pidiendo comer. Shira lo colocó sobre su regazo, dándose cuenta de que el niño, cada vez dependía menos de su madre y más de ella. Hadassa estaba situada a una esquina de la mesa, con cara de aburrida. Realmente, no había dicho ni aportado nada en toda la noche. Sólo sabía quejarse. Pero ahora que Rajay estaba presente, lo seguía haciendo, pero para sus adentros.
-Ya has comido, Haim. Hasta mañana no habrá más pan- intentó explicarle al crío, temiendo que este fuese a romper en llantos ante la negativa. Entonces, el Medjay se puso en pie. Tomó el pan que había a su lado y lo colocó junto a la mujer, asegurando que si el niño tenía hambre, el primero que debía comer era él. Lo dijo con seriedad, mirando a los ojos a la chica, que no pudo hacer otra cosa que asentir y tomar un trozo para dárselo en pedazos al niño. Rajay sonrió satisfecho, volviendo a sentarse en la silla. Preguntó si el crío era hijo de ellos. Aquella pregunta provocó un nuevo silencio entre todos los presentes. Por primera vez, Hadassa puso atención. Pero justo antes de que respondiese, Ishamel se adelantó para decir que era de ellos. Shira pestañeó confundida, pero no quiso decir nada. Todos allí sabían que ella no podía tener hijos. Ishamel había negado una realidad. -¿Tu tienes hijos, Rajay?- El Medjay negó con la cabeza. Ni los tenía ni los esperaba, de momento. No tenía mujer, y por tanto, tener descendencia aún no estaba en sus planes, aunque la idea no le pareciese desagradable -Vaya...- Shira no sabía qué decir. Los hombres quienes había conocido, vivían para trabajar y que sus mujeres tuviesen hijos, a poder ser varios varones. Ella misma se casó con Ishamel para dárselos. Era algo vital. La razón de la vida. Y sin embargo, el Medjay hablaba de ello como si fuese algo secundario. Era... extraño.
-No sabes lo que dices, muchacho- comentó Jeziel -Tan mayor y sin hijos ¡Já! Yo tuve a mi primer hijo a los dieciséis años. Ahora tengo sesenta y creo que quiero uno más...- comentó, haciendo que su esposa levantase las cejas, asombrada.
-¡Jeziel!-
-¿Qué, mujer? ¿Ya no quieres que tengamos hijos?-
-No creo que sea el momento de hablar de ello-
-¡¿Y qué momento si no?! Cuando vuelvo a casa, siempre estás dormida-
-¡¿Y que culpa tengo yo si te entretienes por el camino?!-
-¡Bah!-
Aquella banal discusión, pareció quitar hierro al asunto de forma rápida. Todos rieron al ver tal escena, lo que provocó que las tensiones se liberaran y todos cenasen algo más a gusto. Incluida Shira, que por alguna razón, no quitaba ojo del invitado.
Conforme las conversaciones cambiaban y se amoldaban a las opiniones de cada uno, la cerveza se fue terminando y el pan quedando seco. Los hombres hablaban del trabajo, de la labor, de la familia, mientras Rajay escuchaba, curioso. Sus ojos parecían brillar con un destello de vida que a Shira también le atrapaba. ¿Quien era él? ¿Como debía pensar aquella cabeza que se mantenía silenciosa, ajena a dar su punto de vista de todo lo que los vecinos comentaban? La mujer desearía haberse quedado más tiempo en aquella reunión, oyendo la charla y dejándose llevar por la velada. Lo hubiese hecho, de no ser porque Ishamel se puso en pie y la instó a hacer lo mismo, tomándola del brazo. -Bueno, es muy tarde. Me vais a disculpar, pero estoy demasiado cansado. Mañana será un día duro si no regreso ya al hogar- explicó.
-Oh... ¿Ya? Quería oír a Jeziel contar la historia de como perdió el meñique del pie- comentó Hadassa entre gruñidos. La chica se había espabilado con las risas y ahora no quería dejar aquel ambiente tan familiar. Shira la entendía. Hadassa debía estar recordando a su pueblo, tanto como lo había estado haciendo ella durante toda la noche.
-Quédate un rato más, si Jeziel te lo permite. Nosotros nos vamos ya- Shira tomó en brazos a Haim, que desde hacía un rato se había quedado dormido en su regazo tras comer. -Hasta mañana. Y Rajay, me alegro de que estés mejor- dijo, justo antes de marcharse. La mujer no pudo tan si quiera despedirse. Ambos se marcharon hacia el hogar con un aire algo extraño entre los dos.
Al llegar al hogar, la oscuridad rodeó a la pareja. No se molestaron en encender un fuego, cuando la única actividad que quedaba por hacer era dormir. Ninguno de los dos dijo nada conforme se desprendían de algunos ropajes. Shira se sentó sobre el lecho cuando dejó a Haim sobre el suyo, cerca de ellos. Había algo que no paraba de preguntarse y no lo pudo contener. -¿Por que le dijiste al Medjay que Haim era nuestro hijo?- quiso saber mientras se quitaba el velo de la cabeza.
-¿A caso no lo es?- preguntó Ishamel con semblante serio.
-No... es tuyo, no mío-
-Pero vives bajo mi techo, comes el grano que traigo a casa y duermes en mi lecho. Ante los ojos de él, eres mi esposa. Y lo que haya aquí, en esta casa, es nuestro-
-No tiene nada que ver, Ishamel. Nunca presentas a Haim como hijo mío. Todos saben que yo... no puedo darte hijos- murmuró con rabia.
-¿Y que hay de malo en querer dar envidia a un egipcio que adora a unos dioses falsos?- se tendió en el lecho, observándola.
-¿Envidia...? Lo que has dicho es mentira.-
-No es mentira, sin embargo, que ese hombre te adoraba con sus ojos- aquella afirmación dejo a la mujer sin palabras.
-¿Qué?-
-Te miraba con el brillo con el que yo te miré cuando aún vivías en la casa de tu padre.- Shira sonrió.
-No te creo... Estoy sucia y despeinada. Hadassa es mas bella que yo-
-Pero tú eres única entre las demás mujeres-
-Así que estabas celoso- se carcajeó en voz baja.
-Sólo intentaba hacerle ver que yo soy más afortunado que él, aun siendo un esclavo- aseguró con voz fanfarrona. Aprovechando que Shira ya se había recostado, dio un rodeo y se colocó sobre ella. La besó con suma pasión y deseo, cosa que Ishamel no hacía desde hacía demasiados días. A ella le tomó por sorpresa aquella reacción. Llevó su mano al rostro del hombre que era su esposo. Más viejo, arrugado y canoso de lo que recordaba cuando se conocieron, pero su esposo a fin de cuentas. -Me castigo cada día por no ser capaz de hacerte feliz... si yo pudiera... si yo pudiera tan solo una sola vez...- murmuró -Todas las noches, desde hace años, le pido que me bendiga... pero él no me escucha-
-No te martirices más. Todo tiene una razón de ser. Él decide sobre nosotros. Si tu no puedes, Hadassa lo seguirá haciendo- aquellas palabras hicieron que Shira tragase saliva y cerrase los ojos. Definitivamente, Ishamel no llegaba a comprender su sufrimiento, ni tan si quiera un poco. Se lo hubiese explicado ella misma aquella noche, le hubiese dicho lo mal que se sentía, la miseria que sostenía, los celos, la envidia, la inaguantable sensación de ser una inútil en su vida, si no fuera porque Ishamel la calló a besos conforme la empezó a desnudar. Decidió guardar silencio, dado que aquellos momentos de intimidad ya eran raros entre ambos. Simplemente calló, una vez más.
Cuando despertó, Ishamel ya no estaba. Había dormido demasiado tiempo, a pesar de que Hadassa aún seguía haciéndolo en su rincón de la habitación. Shira se puso en pie rápidamente y acudió a la pequeña despensa. Tal y como sospechó, su esposo no se había llevado pan con él porque ya no quedaba a penas de la noche anterior. Había decidido dejar el resto para ambas mujeres y su hijo, y cargar él con el hambre.
Shira no pudo hacer otra cosa que ponerse manos a la obra. Con los pocos ingredientes que le quedaban, comenzó a hacer pequeños bollos planos de pan a toda prisa. Con suerte, al medio día ya estarían terminados y, dejando la casa a cargo de Hadassa, le podría llevar uno a las construcciones donde Ishamel servía a Faraón. Quizá fue por el encuentro de la noche anterior, o por su propia voluntad de no dejarse llevar por sus pésimos pensamientos, que hicieron que pusiese un esmero en el elaborado que hacía meses que no encontraba ya. Tenía que darse prisa.
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