miércoles, 11 de octubre de 2017

Shira no supo que hacer más que desear que las enfangadas tierras que pisaban sus pies desnudos, la engullesen en ese preciso instante. Sentía la mirada de su pueblo clavada en ella, y entre esas miradas, no había ninguna de compasión o empatía. -Ishmael...- murmuró el nombre de su esposo, quien contenía ojos de rabia que parecían estar a punto de estallar. La mujer lo sintió. Estaba furioso, demasiado. No era la primera vez que le veía así, pero sí era la primera vez que lo estaba, de alguna manera, por su culpa.
-Déjame. Has hecho suficiente- gruñó, dándole la espalda y volviendo a trabajar.
-Ishamel, escúchame-
-¿Que te escuche? ¿A caso tienes algo que explicar?-
-Sí... no... no se lo que estás pensando, pero te juro que todo esto... no...-
-Vete a casa-
-Pero...-
-¡He dicho que te vayas!- gritó, esta vez sí, encarándola como si fuese a saltar sobre ella en ese momento para después apalizarla. Shira se quedó congelada, así como el resto de miradas resentidas que había a su al rededor.  -Me estas dejando en vergüenza, maldita sea-
-¡Eh! ¡Tú! ¡Vuelve al trabajo! ¡¿A caso quieres más golpes?!- gritó un soldado cercano a ellos que portaba una fusta en la mano.
-¿Más...? ¿Que te han hech...?-
-Shira, ya. Lárgate. Hablaremos en casa-
-¡Hebreo, vuelve a tu puesto!- se acercó el soldado. En ese instante, Ishamel dejó de hablar. Le dio la espalda a su mujer y se encaminó hacia los rodillos. Fue entonces, cuando Shira pudo contemplar las marcas diagonales rojizas en su piel, algunas supurantes, otras ya amarillentas. ¿Por qué? ¿Desde cuando? Se hubiese lanzado y le hubiese sacado las respuestas, pero no podía, no en aquella situación. Ocultando el rostro bajo su velo, se marchó rápido del lugar, preguntándose por qué le había ocurrido algo así.

Ya había llegado la noche. Shira no hizo nada en todo el días más que pensar en su mala suerte, sentada en la silla al lado de la puerta a las esperas de que Ishamel llegase. Y lo hizo, a la hora habitual, pero esta vez, sin mediar palabra alguna. Haim corrió para saludar a su padre, esperando que éste le tomase en brazos, pero no lo hizo. Con la mano, apartó al chiquillo, quien acabó marchándose triste, con la sensación de que había sido ignorado. De mientras, Shira no sabía como actuar ni qué decir. En su lugar, fue Hadassa quien habló, siendo partícipe del ambiente tenso que se respiraba. -¿Ocurre algo?-
-Nada que te incumba- respondió Ishamel tajante.
-¿No... vamos a cenar?-
-Coge a Haim y ve a la cama-
-¿Qué? ¿Por qué?-
-Haz lo que te digo. Shira y yo tenemos que hablar- La joven no se atrevió a decir más. Tomó a su hijo entre los brazos y desapareció tras la cortina que separaba las estancias. Después, ni Ishamel ni Shira hablaron. Ella sólo le miraba a él, y él, no sabía hacia donde mirar.
-Ishamel, no se qué estás pensando para estar así, escúchame primero-
-¿Que quieres que piense después de ver a mi esposa en la barca de Faraón, como si fuese una de sus fulanas?- la pregunta iba cargada de veneno y resentimiento. Los ojos del hombre ardían acusosos y su pulso, temblaba constantemente. Shira se puso en pie, inquieta.
-Yo no quería-
-¡¿Que no querías?! ¡¿Codearte con el hombre más poderoso de todo Egipto?! ¡¿Entonces como diantres llegaste ahí?!-
-Estaba caminando cerca de la orilla. Llevaba pan recién hecho. Te fuiste sin comer nada y quise llevártelo-
-Pero no llegaste por tus propios pasos-
-No, porque la barca de Faraón pasó cerca. Yo... ni si quiera la vi, Ishamel. Se acercó, no se de que manera me vio. Yo me arrodillé. No quise ni tan siquiera mirarle, pero me preguntó por el motivo del paseo y me dijo que me acompañaría-
-¡Y tú aceptaste!-
-¡¿Que otra cosa querías que hiciera?! ¡¿Quien le niega algo a Faraón y sale vivo para contarlo?!-
-¡¿Y como se fijo en ti?! ¡¿Como llegó a la conclusión de que te quería con él en esa barca, Shira?! ¡Eres una hebrea! ¡Una maldita hebrea infértil! ¡¿Como y de qué forma se fija el Dios de Egipto, el ser más vanidoso y cruel de ésta tierra, en una esclava sucia y mugrienta?!- Shira se quedó sin palabras. De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas. Se sintió sumamente incomprendida, repleta de problemas que nadie entendía, los cuales avenían por una suerte horrible.
-Ishamel... te juro que...-
-¡¿Como le miraste?! ¡¿Qué le dijiste?! ¡¿De que forma te insinuaste?!- Al acusarla, la tomó del brazo con una fuerza extrema. No estaba siendo consciente de la violencia con la que la sujetaba. Ella sintió que el brazo iba a partirse en dos, pero no se quejó. Simplemente lloró.
-Yo no hice nada... no hice nada, Ishamel... Yo solo te quiero a tí...- Por un instante, ambos se miraron a los ojos. Ishamel quiso encontrar un ápice de mentira en ella, una señal, algo que le dijese que su mujer estaba siendo infiel a él y a sus propios principios, pero no lo encontró. Tras bufar, la soltó y Shira cayó al suelo. Aprovechó la situación para arrodillarse, de una forma mucho más inclinada que cuando se inclinó ante Faraón. Apoyó la cabeza sobre el suelo, y con las manos, tomó los tobillos de Ishamel de forma temblorosa -Créeme... no pude hacer nada... yo no quería...- El hombre, al verla de aquella manera, se reblandeció. La conocía desde hacía muchos años, sabía como era ella y sabía de su actitud. A él mismo le costaba imaginarla... provocando a Faraón o cualquier otro hombre. Sin embargo, estaba demasiado rabioso, demasiado cansado como para pensar con raciocinio. La espalda le dolía lo suficiente como sentir en la piel el recuerdo de cada latigazo que había recibido durante todo el día. Latigazos de crueldad, de esclavitud e indiferencia por ser hebreo y adorar a Dios. Sin quererlo, volvió a encenderse. Y su furia, volvió a volcarse sobre su mujer.
-¿Como es traicionar tus creencias? ¿Te gustan los falsos Dioses de Egipto?-
-¡¡¡Ishamel!!! ¡¡¡No me acuses de algo que no he hecho!!!- gritó a pleno pulmón la mujer. Se oyó el llanto de Haim al otro lado de la estancia, así como las palabras tranquilizadoras de su madre, quien estaba oyendo todo lo que decían.  -No digas... que he dejado de lado a mi Dios...-
-Quizás no a tu Dios, pero sí a mí, a tu marido-
-¡Que no!- volvió a gritar entre llantos -Ishamel... yo solo te quiero a ti. Yo jamás... jamás miraría a otro hombre de la forma en la que te miro a ti. Vivo y me sacrifico por ti. Créeme ¡Créeme!- suplicó, aferrada a los pies del hombre. Su llanto no cesaba, y por ello, los ánimos de Ishmael volvieron a relajarse. De cierta manera, se sintió culpable. Se deshizo del agarre de la mujer y se apartó de ella.
-Voy a dormir. No sabes lo que he trabajado... no sabes lo que he sufrido hoy- murmuró. No la invitó a acompañarle, ni si quiera la miró. Ishamel desapareció tras la cortina, y al hacerlo, Hadassa fue quien apareció. Sin bien la mujer tenía un carácter indiferente en la mayoría de las situaciones, al igual que Shira, nunca podría negar que eran primas, y por tanto, compartían sangre. Apiadándose de ella, Hadassa se arrodilló y abrazó a su prima, manteniendo la postura hasta que ésta consiguió calmarse pasadas las horas. Aquella noche, Shira no fue al lecho con su esposo. Se sentía culpable, como si hubiese cometido un acto atroz, irreparable. Se mantuvo toda la noche sentada en la silla, de brazos cruzados, preguntándose una vez más por qué su vida estaba tan castigada, cuando ella, solo vivía para los demás.

Los días pasaron lentos desde aquella noche. El trabajo era arduo y las palabras fueron pocas. El ambiente tenso y oscurecido no se marchó de aquel lugar en el que, el único que parecía no darse cuenta de nada, era Haim, quien había acostumbrado a jugar distraidamente a los pies de Shira mientras ésta trabajaba. La joven apenas llamaba la atención, vagando por el hogar como un alma en pena desamparada, en silencio. Hadassa, apartó sus improperios durante aquellos días, dedicándose a cuidarse a sí misma y su embarazo en solitario, a la vez que lanzaba miradas de lástima de vez en cuando a su prima. La creía, claro que la creía. Cualquiera que la conociese, la creería. Pero Ishamel... Ishamel era demasiado influenciable de sus propios pensamientos.

Aquella mañana, Shira amaneció muy separada del lugar que ocupaba Ishamel en el lecho. Fue ella quien se despertó antes, con una extraña sensación en el pecho tras haber tenido unas pesadillas poco claras e inconexas. Al ponerse en pie y salir de la estancia, despertó a Ishamel, quien recorrió sus pasos después. No intercambiaron palabra alguna mientras el hombre tomaba algo de comida y se disponía a partir. Shira, al contrario, no podía dejar de mirarle, y eso fue algo que el hombre notó. -Tened cuidado, las dos-
-Y tú también...-
-Sé cuidar de mí mismo- respondió, como siempre hacía, como era ya normal. Sin embargo, esta vez le interrumpió su mujer.
-Ya no es suficiente que sepas hacerlo- murmuró, tomándole la mano, tocándole después de varios días. El miedo con el que Shira tomó su mano, fue suficiente para que el corazón de Ishamel se ablandase y se sintiese miserable.
-Shira...- pronunció su nombre cuando llevó la mano a su rostro, marchito a pesar de tener sólo una veintena de años. Quiso decir algo más, pero quizá su orgullo, o sus pensamientos, se lo impidieron. La chica aprovechó la ocasión para hacer lo mismo, acariciarle, pero ésta vez en el cuello. Despacio, apartó las telas que cubrían su hombro y descubrió varias heridas de latigazos. Ahí estaban, heridas que Shira no había podido apreciar en la oscuridad del lecho ni en la sofocante luz del día, al estar envueltas en ropajes. Ella ya lo temía, lo sabía, por lo que no pudo hacer nada más que lamentarse. La situación, la esclavitud... cada vez estaba todo peor. -Shira, te juro que tendrás la vida que te prometí... dame tiempo. Te juro que no moriré sin antes dártela... Es una promesa- Las palabras de Ishamel sonaron rotas. No había nada que añadir a aquella utopía. La mujer abrazó a su esposo y éste hizo lo mismo justo antes de partir al alba, el alba de un nuevo día.

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