miércoles, 11 de octubre de 2017

La aurora estaba asomando por el horizonte de dunas cuando las pisadas ahogadas de Senua, la yegua de Rash, llegaba por fin al campamento donde la tribu se asentaba. El cielo aún tenía ese color lilaceo que daba paso a un hermoso naranja cuando el muchacho descabalgó y suspiró ampliamente. Dirigió un rápido vistazo al espectacular escenario que se estaba pintando en el cielo, como si el sol, la barca de Ra, estuviese descomponiéndose como si fuese simple pintura derramada sobre el cielo como si fuese el propio nilo. Se quedó ensimismado durante largos minutos, pensando en el color que comenzaba a formar el tono naranja y rojizo del amanecer, convirtiendo el cielo lilaceo aún semi nocturno, poco a poco, en un tono azul que le recordaba a los ojos de aquella chica. Qué mirada, pensaba. Jamás había visto ojos semejantes. Con todo el respeto que podía profesar, que era mucho, no quiso ni tuvo la menor intención de acercarse de más a aquella hebrea que, por supuesto, estaba casada, pero no pudo evitar y Ra le debía perdonar por ello, que por unos instantes cuando la miró a los ojos deseó haber podido hablar con ella durante unos momentos, conocer mejor qué hay detrás de unos ojos tan claros, detrás de ese extraño brillo que parecía tener en mitad de las familias que había presentes en la sala. Ishmael, aquel hombre que era su marido, debía de saberlo. Su actitud protectora hacia la chica era más que evidente por lo que debía de constarle sobradamente lo hermosa que era su mujer y por tanto, debía ser consciente de cuando un hombre, hebreo o egipcio, posaba su mirada en ella. Acariciando a Senua con cariño, se obligó entonces a dejar esos pensamientos de lado. Había sido algo fortuito. No volvería a pasar. No volvería a ver a la chica y con suerte ella viviría bien sin recordarle, igual que él, posiblemente, se olvidaría de ella en cuestión de tiempo. Anduvo hacia su propia tienda con calma, sin ánimo de hacer ruido. Entonces le llamó la atención que estando ya amaneciendo, aún hubiese fuego en la hoguera. Llamas pequeñas que danzaban y crepitaban con dificultad mientras una fina columna de humo blanco ascendía hasta los cielos. Era la señal de que no la habían apagado. Alguien, que estaba allí sentado frente al fuego, había estado aguardando toda la noche frente a esa hoguera. Ese hombre era su padre, Ossar, que le miraba ya desde lejos con ceño fruncido y ojos brillantes, reflejando aún las escasas ascuas de la hoguera. Rash suspiró pesadamente al verlo y se dirigió hacia él hasta que ambos quedaron separados por la moribunda hoguera y las volutas de humo -¿No has dormido?- preguntó Rash confuso
-Un padre no puede dormir cuando su hijo se pierde en las dunas del desierto cuando ni siquiera hay sol- declaró el hombre
-No me perdí. Supe perfectamente hacia dónde iba. Ya conozco el desierto, padre-
-Entonces podrás decirme dónde demonios te metiste, Rajay- lo miró a los ojos con lentitud
-Estuve saciando mi curiosidad- contestó sin más, sin inmutarse lo más mínimo ante aquella mirada, que sabía, horadaría el alma de cualquiera
-¿Y cómo sacia mi hijo su curiosidad? De hecho, quiero saber ¿De qué sientes tú curiosidad, Rajay?-
-Del mundo- dijo encogiéndose de hombros -Me gusta descubrir qué hay más allá-
-Más allá...- repitió Ossar poniéndose en pie, despacio -¿Sabes, Rajay? Como padre que soy, debería de preocuparme mucho más por tu bienestar y tu felicidad, pero las circunstancias que rodean a mi vida, a nuestra familia, son diferentes a las del resto de egipcios, distinto a Tebas y a Faraón, distinta vida de aquellos de Memphis y de cualquier otra parte del mundo-
-La misma historia de siempre, padre. Yo estoy harto de decirte ya que la vida que uno tiene la puede elegir, al menos, en cierta medida- se corrigió al recordar a los hebreos -Nadie te obliga a formar parte de la Orden, nadie te obliga a querer hacer de mí una réplica de arcilla de lo que no pudiste hacer tú- el ambiente comenzó a crisparse entre ambos
-Rajay... eres lo bastante mayor para comprender que eso que dices no es realmente así, hay un compromiso más allá del mero hecho de formar parte de un plan mayor. Alguien tan curioso como tú, debería de sentir la necesidad de conocer la verdad tras todo esto ¿Por qué quieres saber lo que hay más allá del horizonte, sin siquiera saber lo que hay delante de tus ojos?-
-Conozco lo que hay delante de mis ojos, padre. De igual modo que conozco lo que no hay- Ossar advirtió aquel tono de réplica en la voz de Rajay -Hay muchas cosas... que no hay, y sí hay allí fuera-
-Tu madre...- suspiró largamente -Sé que ella lo hubiese hecho mucho mejor si aún siguiese viva, Rajay, pero así lo quisieron los dioses...-
-Así lo quisiste tú- acusó, apretando los puños -Porque fue para ti más importante cumplir "ese plan más grande" del que siempre hablas, antes que simplemente cuidar de tu esposa enferma- tembló
-Rajay- advirtió con la voz Ossar -Controla tu tono-
-Lo haré cuando deba, porque no te cansas de meter el dedo en la puta herida- gruñó -Siempre has hecho cuanto te importaba a ti sin tener en cuenta a los demás-
-¡BASTA! No toleraré que un insolente como tú tenga la desfachatez de culparme de lo mismo que haces ¿Dónde has estado, te vuelvo a preguntar? Hemos necesitado tu ayuda y desapareciste, precisamente, para hacer lo que te daba la gana, preocupándote por tí mismo sin considerarnos a los demás de la tribu ¡A tu familia!- gruñó por fin
-¿Q-qué...?- Rash alzó las cejas sorprendido. Entonces se percató de que había un silencio inusual en las tiendas. Estaban despiertos, todos ellos. Escuchaban atentamente.
-Maati enfermó ayer. Gravemente- declaró -Fiebre, debilidad- comentó el hombre
-¿Maati...?- Rash sintió un ligero nudo en el estómago. Maati era una de las niñas más jóvenes de la aldea, de los pocos niños que había. Era buena, dulce, alegre y siempre se había llevado bien con absolutamente todos, por ello era que debía ser la merecedora portadora del nombre de Maat, la madre de toda cración, del mismo cosmos y el universo
-Nos dispersamos cuantos pudimos en busca de agua, alimento fresco, de alguna hierba medicinal que pudiera... aliviar su dolor- Ossar miró a Rash con dureza -Salvo tú ¿Tienes idea de lo útil que hubieses sido, Rajay? ¿Tienes idea de cuanto añoramos al más jóven y hábil de los exploradores que tenemos en la tribu?-
-¿Cómo está ella?- preguntó abatido. Ossar frunció los labios
-Aún enferma, pero estable. Pero no gracias a ti. Akeno se rompió un brazo y su caballo murió por sobreesfuerzo por llegar a tiempo con alguna clase de medicamento y aún así la pequeña no se ha recuperado. Quizá tú podrías haber encontrado algo... mejor-
-¿Puedo verla?-
-No- inquirió veloz Ossar -No puedes verla. Déjala descansar. Si quieres disculparte será en otro momento y con acciones. Sólo recuerda esto que te cuento, hijo. Quizá algún día otra vida dependerá de acción rápida, aquello que nos caracteriza. Para poder ser eficientes necesitamos todo el músculo necesario y trabajar para aquellos que nos requieran a cambio de comida y suministros. No podemos permitirnos que uno de los nuestros y el más jóven de los exploradores y guerreros Medjay desaparezca cuando le venga en gana- aquella lección fue suficiente para Ossar, que volteó para volver a su tienda y tratar de dormir un poco. Rajay, por su parte, se limitó a sentarse en la arena, abatido por el golpe de realidad ¿Era realmente su destino estar encadenado a los designios de los dioses para con su tribu? ¿Sólo debía vivir por y para protegerlos? ¿Limitarse a estar disponible en todo momento? Si no fuera por los niños... pero Rajay no podía perdonarse la posibilidad de que uno de los pequeños muriese por culpa de que él pudo haber ayudado y no lo hizo. Era una idea que le perseguiría por los días venideros.

Por otro lado, en la capital Egipcia, cuando el sol de la mañana ya estaba álgido y el cielo tenía una tonalidad celeste espléndida y libre de cualquier clase de nubosidad, las puertas de la habitación de Faraón se abrieron con sutileza. El monarca, tendido en su enorme lecho rodeado de cortinas semi transparentes tan blancas como la leche, veía cómo una figura deliciosa, femenina y contoneante caminaba hacia su posición. Una mano delicada comenzó a apartar el cortinaje para revelarse directamente ante el desnudo Faraón, que con su enorme tamaño y musculado cuerpo, imponía respeto y temor incluso en esas condiciones en las que a cualquiera se le consideraría vulnerable -¿Me has hecho llamar, Faraón?- preguntó la mujer con una sonrisa pícara, mientras con gestos felinos, se desajustaba el muy transparente traje que tenía atado al cuello. La prenda no tardó en deslizarse por su piel como agua derramada hasta llegar al suelo, revelando su desnudez. Faraón sonrió de la misma forma, recorriendo cada parte de su cuerpo con ojos lascivos, deteniéndose finalmente en sus senos
-Te he hecho llamar, mi reina- la llamo con un gesto de la mano y la mujer se reclinó sobre la cama, gateando de forma predatoria a través de las sábanas hasta alcanzar la boca de Hor, el nuevo Faraón de Egipto, para deborar sus labios con pasión. No eran muy dados a mediar palabras ni medias tintas. Hor ya la estaba esperando preparado y aquel intenso beso no hizo más que acrecentar su ya notoria dureza viril. Se sentó lo suficiente en el colchón para tomar a la reina de las nalgas y sentarla sobre su miembro, penetrándola sin demasiadas delicadezas. Nefer, su reina y hermana, gimió entre placer y dolor al notar la profundidad que Faraón alcanzaba en su interior. A partir de ahí, la mujer supo complacerle. Movió las caderas con lujuria para aumentar el placer mientras se aferraba con su torso al rostro de Hor, permitiéndole a este morder y lamer sus pechos mientras le apretaba con sus enormes y fuertes manos las nalgas a la hermosa mujer con la que ahora estaba casado y a la que había estado deseando desde su niñez. Fue rápido, fue intenso. Los jadeos de Nefer y sus gemidos se oyeron a lo largo de varios metros de pasillo mientras que llevado por la lujuria matutina y unos deseos irrefrenables, así como la enorme excitación que ella producía en su ser, no tardó muchos minutos en culminar con una explosión de su semilla en el interior de la mujer. Nefer no llegó a conocer el climax en ese instante, por lo que prosiguió moviéndose aún así sobre el pene de Hor, hasta que éste la detuvo -Suficiente, suficiente- rió él
-Oh... vamos... ¿No vas a ser un niño bueno...?- ella le mordía el cuello, los poderosos hombros, la oreja, los labios
-He dicho suficiente, Nefer- ipso facto, la mujer lo desmontó y se echó a su lado, con un rostro visiblemente airado y unos ojos furiosos. Cuando él la miró, como la mejor actriz del mundo, cambió su faz hasta ser la mujer más feliz y afortunada de la tierra
-¿Ha disfrutado mi Faraón?-
-Siempre. Te mueves como una serpiente y eso me encanta- le acarició el rostro maquillado
-Y muchas otras cosas que sé hacer- le besó, una vez más con pasión, pero Hor se levantó de la cama dejándola algo apartada. Tomó su blanco faldón y sus ornamentos dorados para vestirse como todo Faraón de su linaje hacía, a pesar de que no se puso la corona. Tomó el pequeño bastón heka que simblizaba el poder mágico y su divinidad y se dispuso a salir -¿Qué harás hoy, Faraón?-
-Voy a dar un paseo en el nilo. Estoy algo aburrido de estar entre cuatro paredes- comentó desenfadado
-Me consta que son pocos los días en los que estás encerrado- comentó ella con burla
-Y buena información es la que tienes, pero hoy me apetece cambiar de aires-
-Disfruta de los nuevos aires pues, mi Faraón y que los dioses te guarden- tal como ella entró en la habitación, fue Hor el que se marchó. Nefer en ese instante se llevó una mano a la entrepierna, molesta, para luego mirársela. No había sangre, pero le dolía. Ese maldito obstinado de su hermano era una bestia en todos los sentidos. Poco o nada le importaba el bienestar de los demás y mucho menos el del pueblo. La chica frunció el ceño y se dispuso a vestirse. Estaba herida en el orgullo. A pesar de las apariencias, ella era mayor que Hor por un par tres años y aún así, recordaba como ya desde que él apenas tenía 12 y ella 15, la sobrepasaba en estatura y fuerza y se entretenía jugando con los recién formados pechos de Nefer. Ella le guardaba un increible rencor por ello. Se sentía su esclava desde la niñez y ahora, la había convertido en su reina, para hacerla de nuevo su esclava de una forma más oficial y menos indecorosa ¿Hacerla llamar para que lo cabalgase durante unos minutos y la dejara impregnada con su impronta? Maldito sea él y su padre, que los engendró a ambos. Maldita también la ley egipcia, que nominaba al trono al varón debido a que una mujer no podía ocupar el lugar de Horus. Sin embargo, cuando ya estuvo completamente vestida, salió de la habitación y asomó a la grandeza de toda Tebas que se abría ante ella desde un alto balcón. Sonrió y rompió después en risas, aferrándose a la baranda. Respiró con profundidad el aire, mezclado con la fragancia de la lavanda que crecía en los campos junto al nilo y el aire caliente que llegaba desde más allá del poderoso río, del desierto más inclemente. El olor de su tierra. el olor de Egipto. El aroma de un imperio que deseaba proteger y cuidar de forma como nunca lo haría su hermano. Miró al cielo azul, a las pirámides lejanas, a las imponentes figuras de los altos dioses que poblaban las calles principales de Tebas hasta la entrada de la ciudad. Pronto, muy pronto, todo iba a cambiar.

En su paseo por el nilo, la barca de Faraón brillaba casi con luz propia por tantos ornamentos dorados. El monarca se dejaba descansar en una tumbona mientras dos esclavos le aplicaban agradables abanicaciones para mermar el calor y una sirvienta le ofrecía frutas de todo tipo. Uvas, en especial, era lo que agradaba al Faraón. Uvas que le sabían a buen vino, apetitosas y brillantes. Mientras tanto, se deleitaba contemplando la poblada orilla del nilo, llena de vegetación y vida salvaje. Sabía que bajo su monárquico trasero había cocodrilos también, por lo que oteaba el agua esperando ver a alguno entrar en acción, pero poco o nada consiguió ver. Pronto llegaría a la zona donde los hebreos estaban trabajando en la construcción de nuevas edificaciones junto a la orilla. Esperaba poder supervisar desde la barca y ver el trabajo de los capataces, pero sería obra de los dioses que lo bendijeron con un entretenimiento mayor hasta llegar al lugar deseado. Una mujer joven caminaba cerca de la orilla, a paso acelerado. Faraón sonrió al verla y extendió su mano para señalarla. El barquero acercó aún más la pequeña nave a la orilla y un sacerdote de Faraón llamó la atención de la chica -Eh, hebrea- señaló con algo de disidia -Faraón se encuentra ante ti- cuando la chica volteó para ver que efectivamente la barca del monarca egipcio había aparecido a su lado junto al río, se quedó petrificada -¡Muestra respeto!- ordenó el sacerdote, a la vez que veía como una enorme figura masculina se alzaba de entre las sombras de una tumbona. Era él. Hor, el Faraón, realmente era él en persona y se dirigía hacia ella con paso firme. La chica no tardó en echarse sobre la hierba, arrodillada y con la cabeza casi tocando el suelo. No era quién para mirarle, aunque no compartiera sus creencias. Conocía, eso sí, lo que pasaba si lo contrariaba
-¿Qué hace una mujer joven, hebrea, paseando a las orillas del río nilo a estas horas?- preguntó Faraón con voz amable y masculina. Shira no respondió -Contéstame- pidió con amabilidad. La chica entonces, con voz temblorosa, afirmó que intentaba ir a ver a su marido un instante -¿Marido? Hebreo supongo ¿Eres consciente de que está trabajando y no debe ser molestado?- había algo en su forma de hablar. Era grave, poderosa su voz, pero sin embargo no sonaba cruel. Si hubiese que juzgar a Hor por su voz simplemente parecía una oveja con piel de lobo, pero era todo lo contrario. Shira asintió y se disculpó cinco veces seguidas. Hor entonces reparó en la pequeña cesta que llevaba -¿Qué llevas, mujer?- Shira aseguró que sólo era pan -¿Pan...?- Hor arqueó una ceja. Shira perjuró que lo había elaborado ella con las ganancias que Faraón amablemente ofrecía a los trabajadores hebreos -Oh, comprendo- sonrió -Aún queda para llegar a la zona de construcción. Ven, mujer, acompáñame en esta travesía-
-¡Mi Faraón!- exclamó el sacerdote, calvo, anciano y con barbita de chivo -¿Vas a permitir que te acompañe una hebrea? Tu divinidad se podría ver claramente manchada por su inmundicia-
-Athot...- suspiró Hor -¿Quién soy, entre todos los hombres?-
-Faraón, mi rey, el rey de Egipto. La personificación de Horus en esta tierra que humildemente te sirve- recitó
-Entonces haz lo que Faraón ordena. Dejadla subir- el sacerdote asintió a regañadientes. Hor, en toda su altura, se agachó para tomar a Shira de la barbilla y la obligó a alzar la cabeza -Mírame a la cara si vamos a hablar- ella obedeció, para ver cómo Hor era realmente joven, algo más mayor que ella, sí, pero aproximadamente debía de ser similar en cuanto edad a aquel Medjay aturdido de la noche anterior. La miraba con ojos de león, con intensidad -Dime tu nombre- decía, perdido en los ojos de la chica. Ella respondió -Shira. Es... bonito. Acompaña a Faraón- declaró, para llevarla de la mano hacia la barca. Ella no podía negarse. Hor se recostó en la tumbona y a ella le ofreció sentarse junto a sus piernas, habiéndole hecho un hueco. Sentarse en ese lugar hizo que el corazón de la joven se desbocara. Sentía las miradas juiciosas de los sirvientes y del sacerdote, en especial, que parecía estar deseando decapitarla con cualquier objeto que tuviese a mano. Estaba cuestionando la divinidad de Faraón al sentarse junto a él pero... era él quien la obligaba. Si se negaba, sería peor, aunque aceptar de por sí ya era suficientemente malo.

Así pues, Shira se embarcó, literalmente, en uno de los momentos más incómodos que jamás habría podido vivir y que seguramente jamás viviría otro hebreo. El silencio era la única paz que ella sentía, suplicando al cielo que por favor, Faraón no tuviese nada que decirle. Y no era por desconfiar de Él, pero la chica sabía que efectivamente no tardaría en empezar la conversación -Shira- dijo entonces Faraón, confirmando lo que ella temía -¿Tienes hambre?- ella negó con la cabeza -Mírame cuando te hablo, mujer- dubitativa, obedeció. Contempló el rostro de Faraón mientras él sólo miraba sus ojos -Eres una mujer bella. Muy, muy bella- Shira quiso hundirse con los cocodrilos en ese preciso instante -Y una belleza así debe ser cuidada. Come, mujer- con un gesto de la mano, la sirvienta se acercó a Shira, ofreciendo de mala gana la bandeja de frutas frescas. La hebrea no pudo evitar sentir ansiedad al ver semejante selección de alimentos llamativos y con un olor fresco fascinante. La sirvienta egipcia, sin embargo, la miraba con celos y envidia. Ojalá, pensaba, Faraón siquiera la mirara cuando le hablaba. Hor era un hombre que rara vez mostraba respeto ante nadie, como personificación divina de Horus que era -Come- ordenó de nuevo Faraón -Prueba las uvas- Shira no tuvo más opción que tomar una de ellas y llevársela a la boca ¿Estaría envenenada? Quién podría saberlo salvo Faraón, pero lo que estaba claro es que estalló el sabor similar al vino en la boca. Casi podría haberse sonrojado de pura excitación. Estaba, sencillamente, deliciosa. La punzada de culpabilidad sin embargo le llegó ipso facto, pero Faraón ya sonreía -Imaginaba que te gustaría. Son mis favoritas- entonces, vio como el hombre alargó su poderoso brazo y tomó la cesta. Tomó uno de los panes y lo comió con total insensibilidad -Mmm...- masticó despacio, saboreando. Shira deseó poder haberle dicho que era para su marido -Está seco ¿Esto es lo que hacéis con el grano que os doy?- la ilusión de que era un hombre amable comenzó a desvanecerse -Aún así... está bien- confirmó, sorprendentemente, devorando el pan como una plaga maldita. Poco dejó del mismo, apenas un pequeño trozo que no alcanzaría a llenar el estómago de un perro -No te preocupes- sonrió -Era digno de tu esposo, estoy seguro. A cambio, como parece ser que me he excedido al comerlo, lo compensaré con frutas. Estoy seguro de que estará feliz, igual que tú- y su mirada en ese instante se volvió fiera, predatoria, como el león que observa detenidamente a la gacela.

El temido momento llegó entonces, cuando la barca real llegó a la orilla nuevamente. Desde ahí se podía ver a todos los trabajadores sufriendo una gran agonía. Látigos, golpes, insultos, gritos... era una tortura sin igual. Los hebreos cargaban piedras enormes en grandes rodillos hechos con madera para poder desplazarlas mejor, pero eso no restaba cansancio y esfuerzo en sus ya de por sí malogrados cuerpos. Shira se preparó para bajar, pero Faraón aún tenía un último espectáculo que dar. Por sorpresa para ella, para los esclavos y para los que le acompañaban en la barca, se acercó a la orilla junto a Shira. Inmediatamente, los capataces y la guardia se percató de la presencia del monarca y no tardaron en lanzar latigazos y voces para que absolutamente todos se postraran ante Faraón. Sin embargo, hubo un momento de dudas en cuanto los ojos cansados de aquellos sufridores vieron a una hebrea junto a él. Una hebrea que tenía la gran mano de Faraón apoyada sobre uno de sus hombros -Pueblo hebreo, gente de bien, mis trabajadores- dijo con veneno en la voz -Esta mujer, llamada Shira, viene en busca de su marido. Si le conocéis, hacedle llamar o si directamente estás presente, muéstrate- de entre la multitud, hubo un hombre que anduvo como un fantasma hacia Faraón hasta destacar. Ishmael estaba ahí, descamisado, sudoroso, con heridas en el rostro, manos, brazos y espalda. Miraba a Shira con total incomprensión -¿Tú eres él?- Ishmael asintió y se postró automáticamente en el suelo -Ella venía a verte, te traía alimentos. He mostrado benevolencia y le he ahorrado el peligroso paseo por las orillas del nilo, pues los cocodrilos acechan- la empujó con suavidad -Trae algo de pan- se dio la vuelta, con su cetro heka en la mano como muestra enorme de poder -Ah, y algo de fruta que le he obsequiado. El pan que cocina estaba delicioso- volvió a subir a la barca y se echó en la tumbona mientras los sirvientes le limpiaban las sandalias hasta la saciedad -Vámonos- ordenó, sin decir nada más. La barca comenzó a alejarse y Shira sólo podía sentir la miriada de miradas acusatorias y dolidas hacia ella. Empezando por la de su marido.

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