domingo, 15 de octubre de 2017

Conforme el caballo galopaba a toda prisa a través de las pesadas dunas del desierto, los recuerdos recientes de Shira se apelotonaban en su mente cada vez de forma más clara. Todo había ocurrido tan deprisa, que se hacía demasiado difícil de procesar. ¿Cómo y de qué manera habían llegado a aquella situación? La imagen de su esposo con rostro descompuesto, la cara de horror de Hadassa, el bebé... Shira no pudo soportarlo y gritó. No podía contener el llanto ni podía frenar el de Haim. -Ishamel... tengo... tengo que ir... Ishamel está allí- murmuró entre lágrimas. El Medjay se negó rotundamente. No pensaba parar la carrera. Si volvían, los matarían a los tres. -Pero... Ishamel...- El silencio del hombre que la ayudaba a escapar, denotaba más significado que cualquier otra palabra que pudiese decir. -No... ¡No!- Shira abrazó a Haim, ocultando su cabeza en su pecho, totalmente desconsolada. Rajay sintió la situación, pero advirtió que al menos ellos habían tenido suerte. Shira no dijo nada al respecto. No sabía qué decir ni mucho menos que pensar. No podía hablar. Estaba tan destrozada... que de estar sola se hubiese echado a las arenas. Pero debía mantenerse, con Haim en brazos y aquel hombre herido... que no sabía aún por qué la había ayudado. Se permitió echar una mirada atrás y lo que contempló fue los exteriores de Tebas en llamas. Una nube de humo negro se extendía hasta ser casi indistinguible en la oscuridad de la noche, mientras que a pie del Nilo, el fuego se comía todos los recuerdos, las promesas, los sacrificios y las vidas que allí antes habitaban. La imagen era desoladora y no incitaba a otra cosa que preguntarse ¿Por qué? ¿Por qué había ocurrido aquello? Shira cerró los ojos y bajó el rostro. Lo había perdido todo.

La carrera continuó durante una hora más hasta que la arena se sintió densa al galope. La montura fue perdiendo velocidad poco a poco, hasta que, sin que pudiesen evitarlo, Rajay, Shira y el niño cayeron del caballo cuando éste se arrojó al suelo. El Medjay maldijo la caída, pero con un alarido que no parecía emerger de un solo golpe. Agarrándose el brazo, comprobó que la mujer y el crío estuviesen bien. Shira había caído de espaldas por su propia voluntad, pues tuvo reflejos para ladearse y que Haim cayese sobre ella en vez de al contrario, por lo que el golpe, no había causado ningún estrago. -¿Que pasa? ¿Por qué se ha caído?- quiso saber. Rajay no dijo nada, sólo comprobó que, tal y como sospechaba, el animal tenía herida las patas traseras. Había recibido varios flechazos y no podía aguantar más. -¿Está... está sufriendo?- La montura se quejaba, se retorcía sin aliento. Había corrido a toda velocidad, soportando el dolor, sobrepasando su límite. Rajay suspiró. No podían hacer nada. Sin previo aviso, tomó su khopesh y le asestó un tajo en el cuello al animal, que se desangró rápido y dejó de sufrir a la misma par. Haim había dejado de llorar. Contemplaba la escena tan asustado como Shira, en silencio. -Tú... tú también estás herido- señaló esta última al contemplar varias heridas a las espaldas del hombre. Sin lugar a duda, las había recibido durante la huida. Al estar sentando en el caballo a las espaldas de ella, él había recibido todas las flechas que habían enviado para los tres. -¿Estás bien?- Rajay asintió, empapado en sudor y con rostro preocupado. Tendió la mano a la mujer para que ésta se pusiera en pie, a la par que afirmaban que debían continuar el camino a pie. -Pero... ¿A donde vamos?- A su poblado. Shira no dijo nada. Podría haber preguntando por qué, incluso haber temido del sitio al que la llevaba, pero. ¿Por que lo haría? Estaba sola, sin un lugar al que ir, sin un hombre que la guiase.  Rajay advirtió que debían darse prisa y aprovechar la noche. Cuando llegase el día, el sol no tendría clemencia con ellos. Por ello, dejando el cuerpo del animal atrás, continuaron con el camino, a pesar de que poca luz les guiaba ya el camino.

Amanecía lentamente. Los primeros haces de luz podían otearse al horizonte y la pareja, aún no había dejado de caminar. Estaba exhaustos, cansados y sedientos. No habían hablado entre ellos, tampoco habían descansado ni un solo instante. El sudor decoraba sus cuerpos con gotas brillantes, perladas. Shira tenía los cabellos pegados al rostro y cuello, ocultos bajo el velo que pretendía impedir que el nuevo sol provocase estragos en ella. Y como era de esperar, poco a poco, el ambiente comenzó a caldearse. El sudor se intensificó, así como los jadeos de cansancio empezaron a brotar de entre los labios del hombre, lo que preocupó a Shira, pues hasta entonces no se había quejado ni una sola vez -Rajay ¿Estas bien? ¿No podemos descansar?- Él se negó. Si descansaban, estarían muertos. Estimaba que quedaba algo de camino aún para llegar a su aldea y tenía la esperanza de poder llegar sin problemas si seguían con aquel mismo ritmo. Haim volvió a llorar. Estaba hambriento y golpeaba con sus brazos a Shira para hacérselo saber. Aquello colmó los ánimos de la chica, que nada podía hacer por él. Sus pequeñas manos agarraron el pecho de la mujer, en un reflejo de los gestos que hacía con su verdadera madre cuando deseaba alimento. Buscaba algo que ella no podía darle, algo que jamás nacería de sus pechos. Temió que Rajay la abroncase por no darle al niño lo que quería, pero no dijo nada, porque tras unos minutos, cayó al suelo desplomado, casi de la misma forma que el caballo lo había hecho antes. -¿Rajay? ¿Qué te pasa? ¿Por qué te has caído? ¿Que ocurre?- Shira se arrodilló en la arena para comprobar que ocurría. Era como agarrarse a un clavo ardiendo. Rajay era su única esperanza, y si le pasaba algo, estarían perdidos. El Medjay balbuceó. Sudaba mucho más que ella y tenía la ropa empapada de sangre. Cuando se quejó de dolor, Shira supo que cuando anteriormente le preguntó si estaba bien, él mintió. -Rajay... vamos. Aguanta un poco más, por favor. Vamos. No... No me dejes aquí sola. No tengo a nadie. ¡Por favor!- le gritó zarandeándole. Rajay dejó de responder, a pesar de que se mantenía con los ojos abiertos, observando a la chica aún en su estado, envuelto en temblores. Ella pasó la mano por su rostro. Estaba ardiendo -No... Rajay... ¡Vamos!- no obtuvo demasiada respuesta, más que quejidos. -No... no me hagas esto, no me abandones ahora, por favor- musitó, a la par que tomaba a Haim con un solo brazo -Rajay, colabora, por favor. Escúchame, ¿De acuerdo? Voy, voy a cogerte y vas a apoyarte en mi. Me vas a decir hacia donde hay que ir y nada más. Vamos... vamos a guiar... nos van a ayudar a llegar. Tengo fe. Vamos- Con enormisimo esfuerzo de ambos, Shira consiguió cargar el costado del Medjay sobre su hombro. Ahora, carhaba al crío y al hombre. Sería un enormísimo esfuerzo, más que el que ya hacía, pero debían llegar a ese poblado. Rajay alzó ligeramente la mano y señaló hacia el frente. -¿Por allí? Vale, vamos allí. Mantente despierto, por favor. Aguanta- Las pisadas se quedaron marcadas durante segundos tras sus pasos, hasta que la arena las hizo desaparecer, y ellos, desaparecieron con la arena.

Shira no supo cuantas horas continuó caminando. Sólo supo, que poco a poco, Rajay dejaba de responder con gestos o jadeos, y que tanto ella como Haim, cada vez aguantaban menos la situación. El niño no dejaba de llorar. Sus llantos y gritos eran un martillo en los oídos y una asfixia en el corazón por no poder hacer nada. Finalmente, Shira cayó al suelo mientras escalaba una duna. Rajay resbaló arena abajo, pero ella, consiguió sostenerse con Haim. Tenía los labios secos, no sentía apenas la lengua, más que un grave dolor en la garganta, la cual sentía llena de arena. Casi no podía respirar. -¡Ra...Rajay!- sentada sobre la arena, de deslizó duna abajo hasta llegar donde él estaba. Intentó ponerse en pie para volver a sostenerle, pero no pudo. El hombre estaba inconsciente. -¡Rajay!- Shira colocó su cabeza sobre su pecho, el cual apenas se movía -No...- las lágrimas que cayeron sobre su rostro, limpiaron el polvo y la piel quemada por el sol. Falta de esperanzas, se sentó junto al hombre y se observó los pies, quemados, llenos de pústulas, a causa de pisar descalza la arena ardiente. -Haim...- lo tomó de nuevo entre sus brazos y lo abrazó -Lo siento... lo siento muchísimo- el niño ya no lloraba. Estaba medio adormilado, fiebroso. No iba a soportar la calor mucho más. La mujer se recostó boca arriba en la duna, mirando al cielo y al sol abrasador. Ya está. Todo había terminado. Los dos morirían y ella lo haría poco después. -¿Y qué he hecho yo...?- murmuró -¿Que he hecho yo para que este sea el final que me tenías deparado?- le habló al cielo. Nadie sabría decir si era delirio o una muestra de última confianza -Yo... yo confiaba en ti. No me quejé... no te maldije por hacerme vacía- lloró -Pero no merecíamos esto... ¡¡¡Nadie merecía esto!!!- sus ojos se hundían en lágrimas, se ahogaba en llanto -¡¡¡Nos has abandonado!!! ¡¡¡Has abandonado a tu pueblo!!!- tras gritar, tosió. Quizás fue su sensación, pero sintió que tosía auténtica arena, de ahí a que apenas pudiese respirar más -Tú... tú no eres un Dios bondadoso... No eres el Dios de nadie...- terminó por decir. Los ojos le pesaban. Tenía sueño. Sentía que si cerraba los ojos, dejaría de sentir calor. Por ello, se dejó abandonar, abrazando a Haim siendo lo único que en su vida tenía ya. Lo cubrió con sus ropas, se lo apegó a la piel de su pecho y le dio un último beso. Lo último que vio fue un halcón, surcando los cielos sobre sus cabezas. Después, ya no había nada más.


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