-Ya basta... No más dolor...- suplicó con lágrimas corriéndole por los ojos -Ya es... suficiente...-
-¿Un esclavo diciendo que es suficiente?- se sorprendió el capataz -Vuelve a la fila, ponte a trabajar, apártate de mi camino y quizá esta noche vuelvas a casa aunque sea faltándote dedos en la mano por esta interrupción, viejo-
-No más... por favor...-
-Jeziel...- Ishmael estaba sorprendido por lo que estaba viendo. Jeziel, ese anciano afable, tenía la mirada perdida ¿Acaso, él ya...?
-Mi Señor, óyeme, pues tu humilde servidor te está suplicando...- musitó con voz quebrada
-Malditos seais, sucios extranjeros...- el capataz agarró a Jeziel y lo arrojó al suelo con furia. El resto de esclavos hacía lo posible por presenciar lo que ocurría
-¡Déjalo!- gritó Ishmael, horrorizado, desesperado por ayudar al anciano, pero el látigo le golpeó la mano cuando la extendió hacia Jeziel y fue tan repentino y letal, que el dedo meñique se le destrozó en pedazos, en una posición antinatural. Ishmael gritó de dolor
-Elohim... Señor... Padre...- mascullaba Jeziel bajo el sol de la mañana, que cada vez más se alzaba y comenzaba a abrasar -Acógeme, acógenos, salva a tu pueblo, que muere de hambre y dolor...- los latigazos resonaban casi al compñas de sus palabras. Uno tras otro, adornaban la espalda, los brazos, los hombros, el cuello y las piernas de Jeziel con marcas rojas y supurantes de sangre. Sin embargo, el anciano no parecía mostrar dolor alguno. Estaba ido, completamente ido. Estaba saturado de sufrimiento, abotargado de ansiedad y pesar. Su mente ya ascendía al reino de Dios, mientras que su cuerpo aguardaba su turno -Oh, Señor nuestro...- cerró los ojos despacio -Libéranos...- y así, no dijo nada más. Jeziel exhaló su último aliento bajo el yugo de los latigazos, que no cesaban, aunque su corazón había dejado de latir. El capataz se excedía de forma monstruosa, cebándose con el cuerpo del difunto. Ishmael montó en cólera. No podía soportarlo más. Había llegado el día en el que por fin, no había muerto un hermano por ancianidad o por sobreesfuerzo: Jeziel había sido asesinado. Ishmael se puso en pie, ignorando el dolor del meñique, haciendo acopio de fuerzas para propinar un puñetazo al capataz y derribarlo al suelo. El escándalo no tardó en formarse. Todos los esclavos que estaban cerca de Ishmael corrieron hacia él mientras él tomaba el fragmento de piedra del suelo y lo alzaba
-¡Este es el último día en que la tiranía de Faraón es consentida por nuestro pueblo!- estuvo a punto de abrirle la cabeza al muchacho con la piedra, pero para sorpresa desagradable de Ishmael, el resto de hebreos no acudieron para ayudarle, sino para detenerle. Entre varios lo aferraron de los brazos y lo apartaron de encima del capataz, que se puso en pie ipso facto. Un soldado de la guardia acudió, khopesh en mano, dispuesto a impartir justicia. Ayudó al capataz a levantarse y éste, con mirada furiosa, miró a Ishmael
-¿Quién ha sido?- preguntó el soldado -Malditos esclavos, os enseñaré cual es vuestro lugar-
-¡No, por favor, clemencia!- se arrodilló un hebreo, otro de los ancianos, a los pies del capataz -El sufrimiento es más que suficiente ¡Por favor, piedad! ¡El sol es inclemente, quema nuestra piel, hiere nuestros pensamientos! ¡El cansancio nos impulsa a cometer errores! ¡Por favor, no más muertes! ¡Trabajaremos de sol a sol, pero no más dolor!- lloraba el viejo, incapaz de ablandar el corazón del soldado. Fue el capataz el que lo detuvo, asegurando que antes de hacer nada, quería hablar con Faraón. El soldado asintió, de modo que acompañó al capataz hasta palacio, donde intentarían tener una audiencia con el monarca. Otro de los capataces que había cerca se encargaría de vigilar al grupo de Ishmael, quienes mantenían un ojo encima del hombre en todo momento para que no volviera a cometer una locura. No podían odiarle, pues hizo algo que todos estaban deseando hacer, pero había sido apresurado y podían pagar todos por el error de uno. La mayoría era silenciosa y sabían que Jeziel e Ishmael junto a otros llevaban tiempo intentando detener el maltrato que recibían a pesar de que trabajaban sin descanso y en horribles condiciones. Ishmael había tenido una grandísima suerte de que no le hubiesen cortado la cabeza ahí mismo, y lo sabía. El hombre lloraba desconsolado mientras trabajaba sin permitirse desfallecer. Cruelmente, el soldado había dejado el cuerpo de Jeziel ahí tirado, muerto y embarrado, como recordatorio.
Hor disfrutaba de la música, la comida, el vino y la cerveza, mientras deleitaba sus ojos con el sensual baile de dos hermosas muchachas muy jóvenes que contoneaban sus cuerpos al son de una música enigmática y atrapante. Eran nuevos regalos de un comerciante que aseguraba venir de Memphis en busca del favor de Faraón para establecer sus negocios en Tebas también. Las dos chicas eran sus hijas, de 14 y 15 años cada una. Habían sido favorecidas por Isis, pensaban todos, pues a pesar de su edad, eran tan atractivas en lo físico como una mujer de 20, desarrolladas, de piel suave y dorada por el sol. Bailaban moviendo las cadernas, las piernas y rozándose las una con la otra, prácticamente desnudas. El baile concluyó con ambas besándose y tocándose los cuerpos como muestra de efusividad, sensualidad y entrega, una simple muestra de lo que Faraón obtendría del trato de ambas muchachas. Ambas terminaron mirando a Faraón, que aplaudía con una carcajada de entusiasmo. Las dos sabían que podían ganar mucho si lo satisfacían, pues habían oido que Hor no era como los demás. Era un Faraón joven, entusiasta y que desafiaba las leyes antiguas. Se rumoreaba que si le parecía lo bastante atractiva, era capaz de hacer esposa a la mujer más común y corriente aún sin tener ninguna clase de sangre real, pues él era Horus en la tierra y podía hacer cuanto quisiera -Espléndido, realmente maravilloso. Un espectáculo que sin duda espero volver a ver muy pronto- sonrió Hor
-Si Faraón quisiera, esta misma noche- dijo una de las hermanas
-O en unos minutos- comentó la otra
-En privado- dijeron ambas a la vez
-Uthetom... te has ganado de sobra mi beneplácito- se carcajeó Hor, obviando que en todo momento, a su lado en pie, estaba Nefer, manteniendo el rostro estoico y fingiendo que no se sentía gravísimamente insultada por ese comportamiento de su hermano -Que las lleven a preparar, coman y beban algo y dentro de un rato las atenderé- cuando las chicas y el padre de ambas se retiraron con su victoria, los siguientes fueron el capataz y el soldado, que se aventuraron a toda prisa hacia Faraón
-Faraón, tenemos problemas con los esclavos- aseguró el soldado
-Se están revelando. Uno de ellos ha muerto hoy al resistirse a los latigazos. Cada vez son más agresivos y trabajan menos. Uno de ellos llegó a agredirme- su labio sangrante atestiguaba por él
-¿Creen que pueden reclamar algo que no les pertenece, entonces?- aseveró -Bien. Entonces me temo que tendremos que enseñarles una lección que no olvidarán- miró a uno de sus sacerdotes -Envía un mensaje a los Medjay de Somu He y reclama uno de sus servicios para cuando caiga la noche. No volverán a tener el valor de intentar revelarse- sonrió, sin más, con la sangre fría que le caracterizaba.
Y así fue, tal y como Faraón ordenó. El sol se ocultaba ya en el horizonte preparando la llegada de la noche. La ciudad mayormente se mostraba silenciosa y no muchas eran las luces que decoraban sus calles. En especial, en el barrio donde los hebreos vivían, más alejados del nilo y del palacio de Faraón, los esclavos llegaban a sus maltrechas casas con el alma deshecha y los cuerpos molidos. Ishmael entró en su hogar con lágrimas en los ojos. Haim corrió a sus brazos pero el hombre pasó de largo como un espectro. Hadassa no mostró atención, pero diferente fue el caso de Shira. La esposa del hebreo se acercó a él con prisa para tomarle del brazo ¿Qué le pasaba? Ishmael la miró a los ojos, le acarició la mejilla y le besó la frente con dulzura -Shira... tú, Hadassa y Haim...- suspiró -Debéis marcharos- Shira no entendía qué quería decir. Hablaba triste, ceniciento, apagado -Idos... tomad lo que necesitéis, algo de pan y agua y fugaos. Ahora, a estas horas, quizá logréis escapar si lleváis cuidado- Shira realmente no comprendía a qué venía ese plan. Además, los soldados... -Los soldados... ya vienen- sonrió desgarrado a la vez que derramaba lágrimas -Es culpa nuestra, de Jeziel, mía... de todos, realmente- alzó la mirada -Y también tuya... por no oirnos...- Shira quiso preguntar de nuevo a qué clase de juego jugaba Ishmael o si se estaba volviendo loco simplemente por el arduo trabajo, hasta que se oyeron los primeros gritos. Haim se asustó y empezó a llorar
-¿Qué pasa?- Hadassa salió al exterior por un instante para ver que efectivamente, eran hebreos, vecinos, no muy lejos, gritando de terror y dolor. Humo, olor a quemado. Fuego -Santo Señor... no...-
-Marchaos, ahora. Ya- ordenó Ishmael, tomando un pañuelo con el que hizo una suerte de bolsa y metió pan con un odre de agua -¡Corred!- se lo entregó a Shira -¡Corred lo más rápido que podáis!- casi las empujó a ambas y al niño al exterior -Tomad este camino, callejead, manteneos en las sombras, nunca sabremos cuando...- el cielo comenzó a iluminarse conforme la última luz del sol se apagó por completo en el horizonte. Flechas llameantes comenzaron a llover por doquier. Los gritos se intensificaron, ya no sólo eran hebreos heridos, sino soldados de Faraón. Era a todas luces una invasión a su pequeño barrio humilde y esclavizado -¡Huid!- Shira quiso saber qué pasaría con él ¿Cómo iba a dejarlo atrás? -¡Serviré como distracción! Todo esto es culpa mía y del resto de hombres... Shira, confía en mí ¡Obedece a tu esposo!- aguantando las lágrimas y con la barbilla encogida, asintió
-Shira, vamos- exigió Hadassa -Por favor- se llevó la mano al vientre para apelar a su corazón. La chica asintió y por fin, con el niño, echaron a correr lo más sigilosamente posible. Ishmael se quedó ahí, en la puerta, mirando al cielo, las estrellas primeras en brillar
-Si de verdad te importamos lo más mínimo Señor, cuida de ellas. Cuida de Haim. Cuida de mi próximo hijo...-
-Aquí estás...- dijo la voz reconocida del capataz, que venía con varios soldados pasando a través de las calles, peinándolas. Ishmael se giró para mirarle, para ver cómo a sus vecinos los sacaban a rastras de las casas y los apaleaban vivos con mazos y látigos, mientras que a los niños los degollaban delante de sus padres con khopesh, sin piedad alguna. Quemaban sus casas y sus pocos enseres. Las mujeres a las que dejaban vivas también eran menos que los hombres -¿Preparado para pagar por tus crímenes, hebreo?- llevaba un mazo en la mano
-No hay mayor crimen que asesinar al prójimo, pues todos somos hermanos, hijos de un único Dios...- masculló
-Veo que aún tienes ganas de rebelarte contra la realidad...- el capataz se acercaba
-Señor, Elohim, mi Dios...- alzó la mirada al cielo -Por favor, atiende a mi plegaria...- su visión se oscureció en cuanto el pesado mazo del capataz se estrelló contra su cabeza.
Shira, Hadassa y el pequeño Haim serpenteaban entre las estrechas calles del barrio hebreo evitando a los soldados, pero cada vez se hacía más difícil. El ligero viento ayudaba a propagar el viento entre las viviendas y los hombres de Faraón tenían rodeado el barrio. No tardaron en ver con sus propios ojos las monstruosidades que estaban llevándose a cabo. Encontraron cuerpos ensangrentados sin cabeza, cabezas sin cuerpo. Niños y niñas calcinados entre las llamas, rostros que antaño fueron amigos ahora irreconocibles. Shira podía oir a esos monstruos, a esos soldados, reirse y burlarse mientras hacían toda clase de troperías. Una mujer pedía ayuda mientras era arrastrada hacia el exterior de la casa, arrojada contra la pared, apaleada y posteriormente violada. El corazón de las jóvenes se encogía mientras buscaban la forma de que Haim no hiciese ruido al llorar. El pequeño estaba conmocionado. Su mente infantil no procesaba ni un ápice de lo que estaba ocurriendo, pero el fuego, los gritos, los lamentos... -¡Alto!- gritó la voz de un soldado, que las encontró -En nombre de Faraón, vosotros los habreos, debéis de ser castigados por enfrentaros a las leyes sagradas y divinas de nuestro rey ¡Osais agredir a los hombres de nuestro señor!- Shira se interpuso ante Hadassa y Haim, caminando hacia atrás, hasta que toparon con una pared. El soldado se acercaba amenazante khopesh en mano, que goteaba una pesada y ennegrecida sangre casi coagulada ¿A cuantos habría matado ya? Shira suplicó que no les hiciera daño -No debisteis creeros con poder para rebelaros contra un imperio que os da de comer, zorras hebreas- entonces el soldado alzó la vista -Ah, el asesino- Shira alzó la mirada por instinto para ver la figura sombría recortada contra la luz roja de los incendios. Un hombre encapuchado con la capa al viento los observaba desde el tejado
-Te encontré- dijo, simplemente
-¿Me buscabas?- preguntó extrañado el soldado. El llamado asesino saltó del tejado hacia el suelo con agilidad, cayó flexionando las rodillas, desenvainó velozmente su propia espada khopesh y segó el cuello del soldado de una rápida y limpia pasada. El hombre no pudo ni gritar. Cayó fulminado al suelo, impregnándolo de sangre. Cuando volteó el asesino, se quitó la capucha, para ver el sorprendido rostro de Shira
-Sí... soy yo- la mujer quiso saber qué era lo que estaba pasando -No hay tiempo, debemos huir. Yo os cubriré, vamos- el Medjay comenzó a dirigir el camino -Seguidme de cerca. Ese soldado no estaría solo. No perdáis ni por un momento mi rastro- ante la confusión, Shira decidió seguirle ciegamente, mientras que Hadassa no tardó en quejarse ante la idea de seguir a un egipcio, dado lo que estaban haciendo -Si quieres vivir, muchacha, calla y síguenos- Rajay se conocía las calles de tanto visitarlas en solitario y de camino a buscar a Shira, había hecho un mapa mental de las calles que ya no estaban frecuentadas por los soldados, aunque sí regadas de cadáveres. Continuaron serpenteando entre calles buscando la salida y, gracias al Medjay, eludieron a varios soldados. Ya estaban cerca de la salida, Rajay lo sabía. Pronto darían con la gran puerta al exterior de Tebas y podrían huir con Senua y robar quizá otro caballo más. Estaban cerca. Muy cerca, sólo era cuestión de minutos...
[Ancient Egypt Music (Hymn to the sun) - Hino ao sol - Marcus viana -]
Rajay se detuvo en una esquina para observar si el camino estaba despejado y así fue -Vamos- indicó a las mujeres, siendo el primero en pasar. Pero fue al torcer del todo la esquina cuando un soldado se interponía. Los había estado siguiendo desde otra calle. Lanzó un espadazo que Rajay interceptó con su khopesh y entablaron un rápido duelo del que el Medjay salió victorioso al cortarle cruzando el pecho, pero ese soldado consiguió que bajaran la guardia. Un grito ahogado se oyó desde la espalda del Medjay. Al girarse, tanto él como Shira comprobaron cómo una lanza perforaba y atravesaba a Hadassa, que con rostro repleto de dolor, agarraba la lanza saliente de su estómago. El espectáculo fue sangriento y sobrecogedor. Demasiada sangre. Demasiada sangre y carne sesgada para ser sólo una mujer. La lanzada mató al bebé, destrozó las tripas de la mujer y puso fin a la vida de la chica. Shira gritó de horror y Rajay de rabia. Una flecha voló directa al ojo del soldado que asesinó a Hadassa de manos de Rajay -¡CORRED!- ordenó a Shira, que afortunadamente, era quien llevaba a Haim de la mano. La chica se quedó helada sin embargo y el niño lloraba -¡MUJER!- gritó Rajay, agarrándola del hombro para apartarla a ella y al niño, al tiempo que una flecha llameante se clavaba en el hombro del Medjay -¡Ugh...!- el daño recibido por el muchacho hizo que Shira reaccionara -¡A las puertas, vamos!- Shira tomó al niño en brazos y corrió todo lo aprisa que podía mientras Rajay se arrancaba la flecha que le quemaba la piel. Preparó sus propias flechas y disparó una y otra vez a los soldados que había sobre los tejados antes de que consiguieran alcanzar a Shira. El Medjay fue retrocediendo tanto como podía, mientras irremediablemente, sufría el daño de alguna que otra flecha que le arañaba los brazos y el torso, aunque no lo suficiente para impedir su huida. Parapetándose con los muros y las viviendas ya de los civiles egipcios, consiguieron salir del barrio y huir al exterior de Tebas, pero Senua no estaba allí -Maldita sea... Senua... ¿Dónde...?-
-¡Huyen, atrapadlos!- se oían las voces de los soldados
-Maldición...- agarró a Shira del brazo, que estaba completamente asustada y ausente, para arrastrarla a una caballeriza cercana junto a las puertas. Robaron un caballo donde afortunadamente cabían los tres gracias a que Haim era pequeño. Rajay dejó que la mujer estuviera delante para rodearla con los brazos e impedir que ni ella ni el niño cayeran debido a la conmoción -¡Vamos, vamos!- azoró al caballo, que ranqueó y relinchó antes de romper a cabalgar , dejando atrás la ceniza, el fuego y el humo, mientras más flechas volaban hacia ellos desde todas direcciones. Seguir el curso del nilo era peligroso, de modo que Rajay decidió huir hacia su propio hogar, rumbo al desierto salvaje. Debían llegar antes de que amaneciera o estarían en serios problemas, porque ponía en duda que Shira y el niño pudiesen llegar a resistirlo. Tras ellos, dejaron la estela de la muerte y la desesperación. El miedo y el poder de Faraón. Columnas de humo negro se alzaban desde ese area de Tebas. Aún se oían gritos apagados desde la distancia, movidos por el viento. Mientras, desde un balcón de palacio, una mujer que aspiraba a cambiar egipto observaba con ojos apagados la desolación que había desatado su hermano, al que escuchaba reir y gemir de placer a través de su habitación con aquellas dos hermanas. Nefer se aferró a la baranda del balcón con furia, apretó los dientes y aguardó ahí, inherte, hasta que llegó el alba y se apagaron los fuegos. Las dificultades que aguardaban, eran para los tres fugitivos en el desierto...
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